Querido diario,
Hoy he vuelto a escuchar el crujido de la cama al bajar los pies de la abuela María, que ya lleva 87 inviernos sobre sus hombros. Hace tiempo que ella ha dejado de sentir lo que es envejecer, pero el nieto y el bisnieto no dejan de recordarle con sus insistentes golpes de bastón: «Si te quedas con el calcetín azul, acabarás recordándonos a todos, pero será demasiado tarde».
Esta mañana la abuela se ha puesto melancólica y ya no se levanta de la cama, se queja a manos llenas de los que viven bajo el mismo techo «¿Qué, que los escorpiones los he criado para que duerman hasta el mediodía?» y a las siete y media de la madrugada se oyen cacerolas chocando en la cocina. Todo el clan ha levantado la guardia.
«Abuela», me preguntó mi bisnieta de cinco años, Almudena, «¿por qué ya no nos sueltas los improperios?».
«Es que estoy a punto de partir, niña, es mi hora», suspiró María, hablando de esa partida como si fuera una tristeza por la vida que se escapa o una esperanza de algo más que este caldo de garbanzos que ya no saben cocinar. Almudena corrió a la cocina donde la familia se re reunía en silencio.
«¡El marmota de la abuela ha muerto!», anunció, entregándonos el informe de la última misión de reconocimiento.
«¿Qué marmota?», replicó Víctor, el hijo mayor y cabeza de la familia, alzando las cejas como un personaje de los cuentos de la zona norte.
«Seguramente era vieja», respondió Almudena con un encogimiento de hombros. No sabía siquiera qué era esa criatura, pero la abuela nunca se la había mostrado.
Al día siguiente llegó al hogar el médico, siempre solemne y contenido.
«La abuela está enferma», diagnosticó sin rodeos.
«¡Niño! exclamó Víctor golpeándose las piernas, cómo no lo veremos!». El doctor, con la mirada pensativa, miró a Víctor y luego a su esposa, Carmen.
«Es una cuestión de edad», afirmó sin titubeos. «No observo alteraciones graves. ¿Cuáles son los síntomas?».
«Ya no me dice cuándo el almuerzo o la cena deben estar listos», dijo Carmen con voz cansada. «Todo el día me ha dicho que mis manos no son buenas, y ahora ni siquiera entra a la cocina».
En la reunión familiar con el médico coincidimos en que era una señal alarmante. El agotamiento nos venció y nos fuimos a la cama como si cayera sobre nosotros un velo.
A la medianoche, Víctor se despertó por el crujido familiar de las pantuflas. Esta vez no había prisa, no había órdenes de levantarse y trabajar.
«¿Mamá?», susurró mientras salía al corredor.
«¿Qué pasa?», le contestó una voz sin ceremonia desde la oscuridad.
«¿Qué ocurre?».
«Pues creo que, mientras duermen, me escapo a una cita con el primo Miguel», pareció decir la abuela, recuperando un poco de lucidez. «¿A dónde? Al baño, ¿a dónde más?».
Víctor encendió la luz de la cocina, puso la tetera a hervir y se sentó, abrazando su cabeza con las manos.
«¿Tienes hambre?», le preguntó la abuela, parada en el pasillo.
«Te estoy esperando. ¿Qué fue eso, mamá?».
María se acercó a la mesa.
«Llevo cinco días encerrada en mi cuarto y de pronto una paloma se estrelló contra el cristal ¡pum!. Pensé que era señal de muerte. Me acosté, esperé el día, el segundo, el tercero, y ahora, a mitad de la noche, me pregunto: «¿Y si esa señal se fuera al bosque a buscar al duende, y yo pasara la vida bajo las sábanas?». Sirve un té, fuerte y caliente. Tres días contigo, hijo, no hemos hablado mucho; pondremos al día lo que falta.
Víctor se fue a descansar alrededor de las cinco de la madrugada, mientras María quedó en la cocina preparando el desayunoporque alguien tiene que hacerlo, y no son esas manos temblorosas las que alimentarán a los niños.
Así concluye otro día en nuestra casa, donde el tiempo parece detenerse entre cacerolas, recuerdos y el murmullo de una abuela que, pese a todo, sigue intentando cocinar el último plato de su vida.







