**Un Paso hacia el Cambio**
El vestíbulo de facturación estaba iluminado, pero la luz parecía cansada: las lámparas del techo emitían un brillo blanco y uniforme que no aportaba calidez. Tras los amplios ventanales, un cielo gris y monocromático anunciaba el final del invierno; en el cristal de la entrada, las huellas secas de la última lluvia. La fila serpenteaba entre cintas divisorias, avanzando a trompicones. La gente miraba los paneles digitales o sus relojes, impaciente.
Carmen aguardaba en mitad de esa cola, con una maleta pequeña y un bolso al hombro. A sus cuarenta y cinco años, la vida era un frágil equilibrio: mucho quedaba atrás, y lo que venía era incierto. Siempre había tomado sus propias decisiones, aunque últimamente le costaban más. Hoy no viajaba por placer: la mudanza llevaba meses planeada, pero solo ahora sentía que no había vuelta atrás. En su destino la esperaba un piso vacío y un contrato temporal; aquí dejaba calles conocidas y algunos rostros del pasado.
La fila avanzaba a empujones. Delante, un hombre discutía con la empleada por el equipaje; detrás, murmuraban sobre conexiones perdidas. Carmen revisó el móvil sin pensar: un mensaje sin leer de la agencia inmobiliaria llevaba horas ahí.
Detrás de ella, una mujer de unos sesenta años, impecable con su abrigo oscuro y bufanda ajustada, sostenía un bolso de viaje con la etiqueta de la aerolínea. Su mirada iba de los paneles a los desconocidos que la rodeaban, intentando mantener la calma.
Sus ojos se encontraron cuando la fila se detuvo de nuevo.
Disculpe ¿Va al vuelo de las ocho? preguntó la mujer, señalando el panel con un gesto discreto.
Carmen bajó la vista a su tarjeta de embarque:
A Sevilla El IB-248. ¿Y usted?
El mismo. Aunque no termino de acostumbrarme a todo este lío respondió la mujer, con una sonrisa tensa.
Callaron. Habían cruzado las palabras justas para romper el hielo entre extraños. Pero la espera era larga, y el murmullo de la terminal envolvía sus silencios. A un lado, un joven se quejaba por teléfono de un retraso; al otro, alguien ajustaba las correas de su maleta.
La mujer detrás de Carmen se inclinó levemente:
Soy Luisa Perdone la intrusión, es que estos aeropuertos me pierden
Carmen esbozó una sonrisa:
No se preocupe. Aquí todos nos sentimos un poco perdidos.
El breve intercambio alivió la tensión. Avanzaron otros pasos, arrastrando sus maletas por la moqueta. Fuera, el atardecer se apresuraba; marzo cedía sin resistencia a abril.
En el panel, un anuncio nuevo: otro vuelo comenzaba facturación. El suyo seguía en amarillo, sin cambios. *»Toca esperar»*, pensó Carmen, y la frase se le escapó en voz baja.
Luisa asintió, suave:
Siempre me pongo nerviosa antes de volar Más ahora, con razones de sobra.
Miró por encima de las cabezas, como si buscara algo entre la multitud.
Carmen, siguiendo su mirada, se atrevió a preguntar:
¿Le espera alguien allí?
Luisa bajó los ojos:
Mi hijo. Hace años que no nos vemos No sé cómo me recibirá. Pasé tanto tiempo pensando que no debía entrometerme en su vida, y ahora aquí estoy. El corazón me late como si tuviera quince años.
Carmen escuchó sin interrumpir. Dentro de ella resonaba algo similar: no miedo, sino la inquietud de lo desconocido. De pronto, sintió que podía hablar más de lo habitual con una desconocida:
Me mudo. También da miedo. Dejo atrás todo lo mío: costumbres, gente Ni siquiera sé si podré empezar de nuevo.
Luisa sonrió con ironía:
Supongo que ambas dejamos algo hoy. Usted, su pasado. Yo, quizá el orgullo. O el rencor.
Carmen asintió. Entre ellas se tendía un hilo invisible, tejido de reconocimiento, no de lástima.
Un anuncio por los altavoces: el vuelo se retrasaba veinte minutos. Un murmullo de quejas recorrió la sala.
Luisa se ajustó la bufanda, como ordenando sus pensamientos:
Dudé mucho en venir. Mi hijo no escribía, y no sabía qué pensar. A veces parece más fácil no mover nada, que arriesgarse a otro rechazo.
Carmen sintió el impulso de sostenerla con la mirada:
A veces el cambio es lo único que nos hace sentir vivos. Yo también temo no estar a la altura, que todo salga mal. Pero si no lo intento, solo me quedará el arrepentimiento.
Callaron un instante. El aire se enfriaba; algunos viajeros se envolvían en mantas. La noche se adueñaba de los ventanales, y los reflejos en el cristal se hacían más nítidos.
Luisa habló, firme:
Siempre creí que ser fuerte era callar, no pedir nada. Ahora entiendo que la verdadera fuerza es dar el primer paso, aunque dé miedo.
Carmen la miró con gratitud:
Yo temía parecer débil. Pero quizá la debilidad es quedarse quieta. Gracias por decirlo.
La fila adelgazaba, pero la tensión persistía, ahora teñida de cansancio. El silencio entre ellas ya no pesaba: era un puente. Carmen apretó la correa de su bolso, sintiendo la textura áspera bajo los dedos. Hablar de sus miedos en voz alta la había aliviado, como quitándose un peso.
Luisa miró el panel: el vuelo seguía sin cambios. Respiró hondo y sonrió a Carmen, esta vez sin reservas:
Gracias Por escuchar. A veces un extraño entiende más que nadie.
Carmen asintió. Lo sabía demasiado bien. Un ruido de maletas les recordó que el mundo seguía girando.
Por los altavoces: *»Pasajeros del vuelo IB-248 a Sevilla, procedan a la puerta nueve para embarcar»*. La terminal cobró vida: murmullos, prisas, bolsas que crujían. Carmen miró su tarjeta de embarque y sintió un temblor en los dedos. Ya no era miedo, sino anticipación.
Luisa sacó el móvil. En la pantalla, un mensaje sin enviar a su hijo: *»Llego pronto»*. Miró a Carmen de reojo:
Supongo que debo dar yo el primer paso.
Añadió con determinación: *»Si quieres esperarme en la salida, me hará feliz»*. Dudó un segundo antes de pulsar *enviar*. Su rostro se suavizó; Carmen casi creyó verla más joven.
La fila se movió. Voces y anuncios se mezclaban; alguien bostezó, envolviéndose en su bufanda.
Carmen alzó la vista al panel: el destino seguía en amarillo, pero ya no la asustaba. Sintió que soltaba amarras: quizá las palabras de Luisa le dieron fuerzas, o su propia decisión se hizo más tangible ahora que no había vuelta atrás.
Llegaron al control de seguridad. El flujo de pasajeros se dispersaba: algunos eran requeridos para revisión; otros buscaban el pasaporte con nerviosismo.
¿Quizá nos volvamos a ver? preguntó Luisa, su voz temblorosa por la fatiga o la emoción.
Carmen sonrió con calidez:
¿Por qué no? Si quiere escribir o llamar
Rebuscó en su bolso un boli y un folleto de la aerolínea:
Ahí tiene mi número. Por si acaso.
Luisa lo guardó en su móvil en silencio. Luego, inesperadamente, la abrazó con un gesto rápido pero sincero:
Gracias por esta tarde
Carmen respondió con un apretón de manos. Las palabras sobraban en medio del bullicio.
Al separarse en la puerta de embarque, ambas frenaron el paso solo un instante. No había tiempo para mirar atrás. Más adelante, los viajeros se apresuraban hacia la pasarela; alguien corría con la mochila abierta.
Carmen se detuvo junto al cristal. Más allá de los reflejos, las luces de la pista parpadeaban en la noche. Respiró hondo: el aire olía a frío y a metal.
Sacó el móvil. Abrió el chat con un viejo amigo de su ciudad y escribió, sin dudar: *»Me voy.»* Un punto final, no puntos suspensivos. Nada de incertidumbre. Luego, un mensaje rápido al casero: confirmaba su llegada al día siguiente.
Luisa pasó el torniquete con calma. El viento de la puerta le desordenó la bufanda. Su móvil vibró: la respuesta de su hijo era breve. *»Te espero.»* Se demoró un segundo al borde de la pasarela, luego entró sin mirar atrás. En sus pasos había una seguridad nueva, frágil pero firme.
A sus espaldas, la terminal se vaciaba. Las luces se apagaban una a una; solo quedaban los pasos de los empleados y el rumor lejano de los motores.
Ambas se perdieron entre la multitud, llevando consigo su alivio, más allá de la luz artificial, hacia el nuevo día que aguardaba tras los cristales nocturnos del aeropuerto.







