Simplemente pruébalo

La familia de los Delgado vivía en un bloque de pisos de los años 70 en las afueras de Madrid. El padre, Francisco, después de quedarse en paro de la fábrica, se hizo camionero, pasando meses en la carretera. La madre, Carmen, trabajaba en dos empleos: de día como cajera en un supermercado y por las noches limpiando oficinas.

Su hija mayor, Laura, de 22 años, era el orgullo de la familia. Madura para su edad, había estudiado contabilidad en un módulo para poder trabajar pronto y ayudar en casa. Toda su vida giraba en torno a un solo objetivo: que su hermano pequeño, Pablo, pudiera ir a la universidad. Desde primaria, el chico destacaba en mates. Era el «proyecto familiar», su única esperanza de ascender socialmente.

Laura trabajaba como auxiliar administrativa para un autónomo, pero por las noches, cuando la casa se quedaba en silencio, abría su portátil viejo, comprado de segunda mano. Escribía cuentos. Historias tiernas, melancólicas, llenas de luz, sobre gente que soñaba, amaba y buscaba su sitio en el mundo. Era su escape de la rutina y el cansancio.

Un día, su mejor amiga del instituto, su única lectora fiel, la convenció de mandar un relato a un concurso literario. Para su sorpresa, Laura ganó el primer premio: algo de dinero y una beca para hacer prácticas en la redacción de un periódico de Barcelona.

Decidió contárselo a sus padres durante la cena, mientras Pablo hacía deberes en su cuarto.

Mamá, papá… dijo, apartando el plato de macarrones. Me han ofrecido unas prácticas. En el diario *La Voz*. Es una oportunidad.

¿Qué *Voz* ni qué nada? gruñó Francisco, frotándose los ojos cansados. Tú estás bien donde estás, con el tío Manolo. Es un trabajo fijo.

Papá, esto es diferente. Yo… escribo cuentos. Y me han seleccionado.

Carmen dejó de fregar los platos. Se secó las manos en el delantal y la miró fijamente.

¿Cuentos? su voz sonó incrédula. Laura, ¿cuándo has tenido tiempo? ¡Necesitas descansar, tienes trabajo! Y Pablo necesita ayuda con mates.

Lo sé. ¡Pero es mi oportunidad! la voz de Laura tembló. Podría hacer lo que me gusta… ¡Aunque sea probar!

¿Lo que te gusta? Francisco se levantó, y su sombra cubrió a su hija. ¿Y quién va a mantener a la familia, artista? ¿Crees que yo vivo en ese camión por amor al arte? ¿Crees que tu madre se mata a trabajar por gusto? ¡No! ¡Por obligación! Y tú pensando en tonterías. Hasta que Pablo no entre en la universidad, no quiero oír más pamplinas.

¡No es una pamplina! gritó Laura, levantándose. ¿Por qué Pablo puede soñar con la Autónoma y yo no con trabajar en un periódico?

¡Porque Pablo es un hombre! Él tendrá que mantener una familia rugió el padre. ¡Y tú lo tuyo es casarte y no dar vergüenza! ¿Escribiendo cuentos en vez de buscar novio?

Esas palabras le dolieron más que todo. Dio un paso atrás, mirando sus caras cansadas y amargadas. Sus padres no la veían como una persona, solo como una ayuda para ellos y una hermana para Pablo. Discutir era inútil.

Vale susurró. Vale.

A la mañana siguiente, dejó casi todo el dinero del premio y una nota (*»Para las clases particulares de Pablo»*) sobre la mesa. Se fue con una mochila, su portátil, ropa limpia y sus cuentos impresos.

Las prácticas no eran remuneradas así es como el periódico buscaba nuevos talentos. Escribir artículos no era tan emocionante como crear sus historias. El periodismo no era el paraíso creativo que imaginaba, sino una cadena de producción. Pero a Laura le encantaba: la gente, el ambiente, descubrir personajes nuevos y ver la realidad desde otro ángulo.

Vivir en Barcelona era caro. Se instaló en un hostal cerca del trabajo y consiguió un turno de noche como camarera. Día: entrevistas, redacción, correcciones. Noche: servir copas. Vivía cansada, comiendo mal casi solo bocadillos y café.

Una noche, Carmen la llamó. Su voz sonaba ronca:

Lauri… Tu padre está en el hospital. El corazón. Le dio un mareo en el trabajo… Ha estado… muy preocupado por ti. ¿Al menos estás bien? ¿Comes algo?

Laura miró su cena un bocadillo reseco. Le ardía el pecho. De pena por sí misma, de culpa hacia sus padres.

Estoy bien, mamá mintió. ¿Y Pablo?

Te echa de menos. Se ha desmotivado en clase, hace los deberes sin ganas… Y yo no le puedo ayudar.

Ya se acostumbrará, mamá. Dale recuerdos. Y a papá… dile que iré a verle pronto.

Pero no fue. Envío la mitad de su sueldo a casa, quedándose solo con lo justo para sobrevivir. Sí, era duro, pero por primera vez era libre. Las historias brotaban en su cabeza, escribía casi cada noche. Un nuevo cuento suyo salió en una revista literaria juvenil. No le pagaron casi nada, pero cuando vio su nombre en el índice, lloró de alegría en el quiosco.

Pasaron seis meses. La contrataron en el periódico, alquiló una habitación diminuta en un piso compartido con goteras, y se sentía la persona más feliz del mundo.

Hasta que un día, Pablo apareció en su puerta. Más alto, más serio.

Hermana dijo, sin entrar. He decidido no ir a la universidad.

Laura se quedó helada.

¿Cómo? Pero tú…

Voy a hacer un ciclo de cocina. Mamá y papá están histéricos. Su sueño se ha roto la miró con reproche. ¿Sabes por qué? ¡Porque odio las mates! Siempre quise ser cocinero. Pero hasta que no te fuiste, no tuve valor para decirlo.

Se dio la vuelta y se marchó. En ese momento, Laura entendió que su huida no había sido solo por ella. Le había dado a Pablo el valor para rebelarse contra un plan familiar que parecía inamovible.

***

Un año después, recibió una carta de su padre. Corta, escrita a lápiz en un cuaderno:

*»Hija. Tu madre me dijo que escribes en el periódico. Estaba de ruta, en un bar, y vi tu apellido en una revista. Se lo enseñé a los compañeros. Dije: ‘Esa es mi sangre’. No se lo creían. Cuídate. Te echo de menos. Pa.»*

Laura leyó esas pocas palabras una y otra vez. No era un perdón. Era un reconocimiento. De que existía. De que su voz se escuchaba.

Salió al balcón de su piso. Llovía. El tejado goteaba, los vecinos discutían, pero ella miraba los tejados mojados de su nueva ciudad y sentía que su vida con toda la pobreza, el cansancio y la culpa era SU vida. Ya no era «el apoyo» ni «la función». Era Laura. Autora de cuentos y de su propia vida. Y eso era lo más valioso que tenía.

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Simplemente pruébalo
¡Ay, hijo, has llegado! — se alegró Evdokiya.