15 de octubre de 2025
Hoy me he sentado a escribir porque la vida parece haberme arrojado una de esas situaciones que solo aparecen en las novelas de la sobremesa. Hace veinte años partí de mi pueblo natal, el pueblito de Valdeolivas, en la provincia de Teruel, para estudiar en la Escuela Naval de San Fernando. Me fué imposible volver mientras servía en la Armada; la vida en alta mar y las vueltas a los puertos me dejaron sin un centímetro de tierra firme bajo los pies. Cuando por fin terminé el curso y me dieron el título de mecánico de buques, pensé que ya podía regresar y reencontrarme con mis padres, Diego Pérez y María Miguelina, y con la mujer que, según los rumores del pueblo, había quedado embarazada de mí antes de mi partida.
Me subí al autobús que me llevaría a la estación de Córdoba, y en la parada de Andújar un joven de aspecto desgarbado, llamado Pablo, me saludó como si nos conociéramos de toda la vida. ¡Andrés! ¡Cuánto tiempo! gritó, dándome la espalda y dándome un puñetazo de buena voluntad antes de lanzarse a la calle. Fue una escena tan disparatada que, cuando el autobús arrancó, el muchacho se acercó, me escupió en la cara y salió corriendo como un gato asustado. Yo, aturdido, apenas lo vi pasar.
Al llegar al aparcamiento de la casa familiar, Diego, que siempre ha sido un hombre de carácter férreo y de cinturón siempre apretado, me recibió con una voz que parece sacada de un grito de guerra:
¡Ha llegado el traidor que no esperábamos! exclamó, levantando el puño como si fuera a darme una paliza. ¡Puedes volver al mar ahora mismo!
Yo, sin embargo, apenas había puesto un pie dentro del umbral y ya me sentía como un poste de sal. Mi madre, María, intervino con voz temblorosa:
¡Basta! dijo, poniendo una mano sobre el hombro de mi padre. No hay necesidad de tantas barbaridades. ¡Andrés, déjame que te escuche!
El ambiente se cargó de una tensión que recordaba a los veranos calurosos en los que el zurrón de la feria se rompía bajo el peso de las discusiones familiares. Diego, con el ceño fruncido, respondió:
Si hubiese sido mi voluntad, te habría recibido con una correa. Pero ahora lo arreglaremos a nuestra manera.
Yo traté de calmar la situación y, con la voz temblorosa, pregunté:
Papá, ¿por qué este enfado? Llevo veinte años sin estar en casa y ahora me acusas de ser un traidor. Si alguna culpa quedó en mi haber, el tiempo la habrá borrado.
¡Claro que sí! repuso Diego. ¡Quiero que todos te perdonen! Pero a mí no me la vas a conceder.
Yo, que siempre había sido obediente, respondí que en la escuela militar no se me permitió regresar a casa y que nunca recibí respuesta a mis cartas, mientras que mi madre, con la mirada fulminante, señaló el punto bajo mi ojo como si fuera una cicatriz de la que no podía olvidar:
¡Mira lo que te ha dejado el tiempo! exclamó. Si Dios me diera la fuerza, te habría agarrado del cuello y te habría arrancado de aquí mismo. Pero parece que el destino ya ha puesto la señal.
Al final, Diego, con una sonrisa torcida, añadió:
¡Qué buen chico eres! dijo. ¿Quieres una mano? (Se refirió a su propio brazo con ironía).
Yo, sin saber cómo reaccionar, grité:
¡¿Qué estáis haciendo?! ¿Habéis perdido la cabeza? No he estado veinte años, ¿por qué me tratáis como a un forastero?
Diego, con la paciencia de un santo, contestó:
¿Quién te ha avisado? Lo que sea, lo expulsaremos y le daremos las gracias después.
Yo, aún más confundido, dije:
¡Yo no sé quién es ese tal! Estaba en el autobús, volví a casa y de repente el vecino Pablo me reconoció y se lanzó a saludarme. Cuando el autobús se detuvo, un jovenzuelo apareció, me cruzó la vista, me escupió y se escapó. Cuando me recuperé, el rastro se había borrado.
Diego, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, comentó:
¡Qué héroe desconocido! Tendremos que preguntarle a Pablo quién te ha atropellado.
Yo, sin paciencia, respondí:
Papá, ¿esto es lo único que te interesa? ¿Acaso crees que porque he estado veinte años fuera, puedo no volver?
María, sin perder el tino, replicó:
¿Y a qué te sirve aquí, traidor?
Yo, sin saber a quién responder, exclamo:
¡¿Quién es ese valiente?!
De pronto, una figura emergió de la cocina, un chico de veinte años, delgado y con la mirada de quien ha visto demasiado. Diego, con la voz ronca, gritó:
¡Ese mocoso me ha puesto una bofetada!
Yo, señalando al joven, dije:
¡Ese chico!
Mi padre, con una carcajada que solo él podía permitirse, exclamó:
¡Bien hecho, nieto!
Yo, desconcertado, replicó:
¿Nieto? No tengo nietos.
María, cubriéndome con su cuerpo, respondió:
¡Tu hijo! ¡El que dejaste atrás!
Yo, con la ira en la garganta, dije:
¡No tengo hijos! Nunca los he tenido. Si los tuviera, lo sabría.
Diego, en un arranque de voz, recordó mi fuga de la aldea veinte años atrás. Me recordó que había salido corriendo, pero la verdad era que mi marcha había sido planeada: necesitaba ahorrar, encontrar trabajo y evitar que la inestabilidad de la aldea me atrapase. Los rumores de novias y novias no deseadas circulaban, y yo, con el sueño de vivir cerca del mar, había abandonado la granja para enlistarme en la Armada. Después de varios años en alta mar, volví con una beca para la escuela naval, pero antes de empezar los estudios, quise dar una escapada, como hacen muchos jóvenes al terminar el servicio, para que el cansancio no los consumiera.
Así, cuando regresé, encontré la casa desordenada por los años de ausencia, una familia que me había escrito pocas veces, y unas cartas que, al abrirlas, solo contenían insultos: ¡Que te ahogues, traidor! ¡Cobarde! Firmadas por Diego y María. No había explicación alguna, solo la certeza de que ya no había un lugar para mí allí.
Al final, acepté un contrato con la compañía naviera y me interné de nuevo en el mar. Cada seis meses subía a tierra firme, enviaba una carta a la familia y volvía al océano, sin esperar respuesta. Cuando cumplí cuarenta años, decidí que era hora de averiguar quién había sido la mujer que, según el rumor, había quedado embarazada de mí veinte años atrás. Al preguntar, la única pista fue que se llamaba Carmen. Pero la verdad salió a la luz cuando descubrimos que el hijo que supuestamente era mío nunca lo fue: la prueba de ADN resultó negativa.
Con la evidencia en mano, me presenté ante mis padres y dije:
Todo está claro. Carmen nunca fue mi pareja, y el niño no es mío. Lo que vosotros habéis hecho es creer en una mentira y acusarme de traidor y cobarde.
María, con lágrimas en los ojos, respondió:
Creímos en la verdad de la que éramos dueñas.
Yo, con una voz firme, cerré la conversación:
No necesito vuestro perdón. Lo que siento es lástima por haberme convertido en el villano de vuestra historia.
Y así, dejé la casa con el corazón más ligero. Me subí al barco, y mientras el viento golpeaba la cubierta, pensé en todo lo que había sucedido. He aprendido que el tiempo no cura todas las heridas, pero sí revela la verdadera naturaleza de las personas. No importa cuántas cartas se escriban o cuántos años pasen; la dignidad se mantiene cuando uno actúa con la verdad.
**Lección personal:** No dejes que los silencios y los rumores definan tu vida; enfrenta la verdad con coraje y verás que, al final, la única autoridad que importa es la que tienes sobre ti mismo.







