Se recuerda que, hace ya muchos años, la abuela Marta, que llevaba ya ochenta y siete primaveras, se levantaba de la cama con voz rasposa y decía: «Hay que parir lo antes posible». La propia Marta había olvidado ya cómo era eso, pero su nieto y bisnieto le insistían y, de vez en cuando, la azotaban con una caña de bambú: «Si te quedas con el calcetín azul, te vas a acordar de la anciana y será demasiado tarde».
Ahora la anciana se había entristecido, dejó de ponerse en pie, comenzó a gruñir a todos los domésticos«¿Qué he hecho yo, serpientes, para que durmiérais hasta el mediodía?»y hacía sonar las ollas a la mitad de la séptima de la mañana. La familia se puso en guardia.
Abuela preguntó su bisnieta de cinco años, Inés: ¿por qué ya no nos lanza más improperios?
Que voy a morir, niña, que el momento está cerca suspiró Marta, pensando en el final, con una mezcla de melancolía por la vida que se escapa y una leve esperanza de algo más que el caldo de verduras que hoy ya no saben preparar.
Inés corrió a la cocina donde se ocultaba el resto de la parentela. ¡Se ha muerto la marmota de la abuela Marta! exclamó, entregando los detalles de la reciente investigación que había llevado a cabo.
¿Qué marmota? alzó las cejas pobladas el patriarca de la familia, el mayor hijo de Marta, llamado Alonso Ildefonso, mientras se parecía un instante a un personaje de los cuentos de la Tierra de los Sueños, donde el viento recorre los callejones.
Será una anciana, quizá encogió de hombros Inés. No sé siquiera qué marmota, si la abuela nunca me la mostró.
Los mayores se miraron entre sí. Al día siguiente llegó a la casa el médico, serio y mesurado. Parece que la abuela está decaída diagnosticó.
¡Claro que sí! exclamó Alonso Ildefonso, golpeándose los muslos. ¡Y cómo no la llamaremos! el médico, pensativo, lo miró a él y después a su esposa. Se trata de la edad, sin duda prosiguió sin titubeos. No percibo desviaciones graves. ¿Cuáles son los síntomas?
Ha dejado de indicarme cuándo hay que cocinar el almuerzo y la cena respondió la esposa de Alonso, ya anciana también, con voz cansada. Siempre me ha dicho que mis manos no son de aquí, pero ahora ni entra a la cocina.
En la reunión familiar con el médico se concluyó que era una señal de alarma. Cansados por la preocupación, se acostaron como si fueran a hundirse en el sueño.
Durante la noche, Alonso se despertó al crujir familiar de unas pantuflas. Pero aquella vez no era el estrépito que obligaba a levantarse de inmediato para desayunar y trabajar. ¿Mamá? susurró al salir al corredor.
Pues se oyó una voz sin rodeos desde la oscuridad. ¿Qué te pasa? respondió la abuela, como quien retomaba sentido. Mira, mientras ustedes duermen, pienso escaparme a una cita con Miguelañadió, pareciendo que la señora empezaba a recobrar el ánimo. ¿A qué debo ir? al baño, a dónde más.
Alfonso encendió la luz de la cocina y el hervidor, y se sentó a la mesa, llevándose las manos a la cabeza. ¿Hambriento? le preguntó la abuela, apareciendo en el corredor. Sí, te espero. ¿Qué fue eso, mamá?
Marta se acercó a la mesa. Llevo ya cinco días en la habitación comenzó, y de pronto una paloma se estrelló contra el cristal¡pum! pensé que era una señal de muerte. Me acosté esperando el día, luego el segundo, el tercero, y hoy, en mitad de la noche, desperté pensando: «¿Y si esa señal se la llevara el duende al prado, y yo me quemara la vida bajo las sábanas?». Sirve un té más caliente y fuerte. Tres días a tu lado, hijo, sin conversar bien; tendremos que ponernos al día.
Alfonso se echó a dormir alrededor de la mitad de la quinta hora de la madrugada, mientras Marta quedó en la cocina preparando el desayunoporque había que hacerlo una sola vez, y no había otra manera; si no, esas manos pálidas no podrían alimentar a los niños como corresponde.







