**Diario de un hombre con una lección aprendida**
No podía creer lo que estaba viendo. Todo había comenzado unos días antes, cuando mi mujer, Lucía, me contó que su mejor amiga, Carmen, se casaba en Madrid.
No, no y mil veces no protestó Lucía, levantando las manos en señal de desesperación. No puedo ir, Marta. Sabes que Javier lleva meses planeando esa salida de pesca con Rafa. Han comprado cañas nuevas, han reservado el refugio… No puedo cancelar a última hora.
Pero es la boda de Carmen replicó Marta, dejando la taza de café con un gesto de indignación. ¡Tu amiga de la universidad! Nunca te lo perdonará. ¿Qué pesca es más importante que esto?
Para él, sagrada suspiró Lucía. Rara vez hace planes sin mí. Lleva toda la primavera hablando de esto. No puedo fallarle.
¿Y a Carmen sí? Marta negó con la cabeza. Eligió la fecha pensando en ti, para que pudieras venir desde Toledo. Ya pagaron vuestra mesa y todo.
Lucía se arregló un mechón rebelde detrás de la oreja. La decisión la atormentaba desde hacía días. Por un lado, la boda de su amiga de toda la vida. Por otro, el viaje de pesca que tanto había ilusionado a Javier.
¿Y si voy sola? propuso con timidez. Le explico la situación, Carmen lo entenderá.
Claro que sí bufó Marta. Y te guardará rencor para siempre. ¿Te acuerdas de cuando no fuiste a su cumpleaños hace tres años?
Eso fue distinto replicó Lucía. Se me olvidó, pero ahora hay una razón de peso.
Sí, la pesca ironizó su amiga. Bueno, tú verás. Pero no digas que no te lo advertí.
La conversación dejó a Lucía intranquila. Al llegar a casa, Javier la recibió en la entrada, oliendo a colonia fresca y a la paella que había preparado.
Cena lista anunció con una sonrisa. ¿Qué tal el día?
Normal respondió ella, dándole un beso en la mejilla. Estuve con Marta, te manda saludos.
Durante la cena, surgió el tema del fin de semana.
¿Seguro que no te importa que vaya a pescar? preguntó Javier, observándola. Si la boda es tan importante, puedo quedarme.
No, no se apresuró a decir Lucía. Ve, lo habíais planeado desde hace meses. Lo entiendo.
¿De verdad? él aún parecía preocupado. Rafa dice que allí no hay buena cobertura. Intentaré enviar mensajes cuando pueda.
No te preocupes lo tranquilizó ella. Disfruta del viaje. Yo iré a la boda, no puedo fallarle a Carmen.
Javier asintió, pero Lucía notó algo parecido a alivio en su mirada.
El viernes fue un caos. Javier revisaba el equipo una y otra vez, llamando a Rafa para confirmar detalles.
Que no se te olvide la caña, pescador de pacotilla bromeó Lucía, viéndolo correr de un lado a otro.
Gracias, cariño la abrazó con fuerza. Cuídate, y felicita a Carmen de mi parte.
Al cerrarse la puerta, Lucía sintió una extraña soledad. Tres días sin él. No estaban acostumbrados a separarse.
Por la noche, habló con Carmen, que se mostró comprensiva.
Lo importante es que vengas tú dijo. Sin ti no sería lo mismo. Javier casi nunca viene, no pasa nada.
Al día siguiente, Lucía se arregló con esmero: vestido azul, peinado elegante, maquillaje discreto. Un mensaje de Javier llegó por la mañana: *«Llegamos bien, montando el campamento. La cobertura es mala. Besos, que tengas un buen día.»*
La boda era en un lujoso restaurante del centro de Madrid. Lucía llegó un poco tarde el tráfico en la capital es inexorable y la ceremonia ya había terminado.
¡Lucía! Carmen, radiante en su vestido blanco, corrió hacia ella. ¡Por fin! ¡Pensé que tampoco vendrías!
¿Cómo iba a perderme este día? respondió, abrazándola. Estás preciosa. David es un afortunado.
La animada reunión con los amigos de la universidad alivió un poco la ausencia de Javier. Hasta que, en medio de la fiesta, alguien comenzó una transmisión en directo.
¡Eh, Lucía! Saluda a los que nos ven dijo una chica, apuntándola con el móvil.
Lucía sonrió incómoda hacia la cámara. De pronto, la chica giró el teléfono y exclamó:
¡Oye, ese de ahí no es Javier?
Lucía vio a un hombre junto a la barra. La misma estatura, el mismo movimiento al bailar, incluso la misma camisa azul que él solo usaba en ocasiones especiales.
No puede ser murmuró. Él está pescando. A cien kilómetros de aquí.
Pero en la pantalla del móvil apareció su rostro, claro como el día.
¡Javier! gritó, con la voz quebrada.
Él se volvió, palideció y salió corriendo hacia la salida. Ella lo siguió, el corazón a mil por hora.
Puedo explicarlo dijo él, agarrándole el brazo en el pasillo. No es lo que piensas.
¿Entonces qué? ¿Me mentiste con lo de la pesca para venir a la boda de mi mejor amiga? ¿Y quién es esa chica?
Él respiró hondo.
Era un regalo para nuestro aniversario. Quería cantarte esa canción, la de nuestro primer baile. La chica es una cantante profesional, me estaba ayudando con los ensayos. Carmen y David me dejaron practicar aquí.
Lucía lo miró, entre la rabia y la incredulidad.
¿Inventaste todo esto… para un regalo?
Sí asintió, avergonzado. Pero soy un pésimo mentiroso.
Carmen apareció entonces, riendo.
¡Vaya manera de arruinar la sorpresa, Javier!
Minutos después, él estaba en el escenario, cantando torpemente pero con el corazón en la mano. Y Lucía, entre lágrimas, supo que lo perdonaba.
**Lección aprendida:** A veces, las mejores intenciones se estrellan contra la torpeza. Pero el amor verdadero no necesita mentiras, por muy bienintencionadas que sean. Y, sobre todo, jamás digas que vas de pesca en abril.







