Querido diario,
Hoy cumplo treinta años y, pese a mi edad, peso ciento veinte kilos. No sé si es culpa de alguna enfermedad, un desajuste metabólico o simplemente la vida que me ha tocado. Vivo en el pueblo olvidado de Torres de la Hoya, enclavado en la meseta castellana, donde el tiempo parece seguir su propio ritmo: la nieve persiste en el invierno, la primavera se vuelve lodo, el verano asfixia y el otoño llueve con melancolía. En esa lentitud cotidiana se hunde la existencia de Candelaria, a quien todos llaman simplemente Cande.
Cande tiene treinta años y siente que su cuerpo es un pantano del que no puede salir. Los ciento veinte kilos son más que una cifra; son una muralla que la separa del resto del mundo, una barrera de cansancio, soledad y silencioso desespero. Ella sospecha que la causa está en su interior, alguna avería o dolencia, pero acudir a los hospitales de la capital le parece imposible: demasiado lejos, demasiado caro y, sobre todo, parece inútil.
Trabajo como cuidador en la guardería municipal Campanilla. Mis jornadas huelen a polvo de pañales, a gachas de avena y a suelos eternamente mojados. Mis manos, grandes y delicadas, saben consolar a un niño que llora, cambiar diez cunas en un abrir y cerrar de ojos y limpiar los charcos sin que el pequeño sienta culpa. Los niños me adoran, buscan mi ternura y mi calma; sin embargo, esa dulzura no llena el vacío que los espera más allá del patio.
Cande vive en un bloque de ocho viviendas que quedó de los años de la posguerra. La casa cruje de noche, sus vigas protestan con cada ráfaga de viento. Hace dos años su madre, una mujer cansada y silenciosa, se marchó, llevándose consigo los sueños que había guardado entre esas paredes. El padre de Cande es solo un recuerdo difuso, una fotografía amarillenta y polvo de recuerdos.
El agua del grifo es fría y oxidada; el baño está fuera, convirtiéndose en una cueva helada en invierno y en una estufa de vapor en verano. La peor tortura es la vieja estufa de leña, que en enero devora dos fardos de madera y se lleva los últimos céntimos de su salario. Por las noches, Cande se sienta frente a la puerta de hierro, mirando las llamas como si el fuego consumiera no solo la leña sino también sus años, su energía y su futuro, dejando tras de sí sólo ceniza fría.
Una tarde, cuando la penumbra llenaba la habitación, escuché unos pasos suaves en el corredor. Era la vecina Nerea, con sus botas gastadas, portando dos billetes recién doblados.
Cande, perdona la molestia, por Dios. Aquí tienes veinte euros. No he olvidado la deuda, lo siento murmuró, ofreciendo el dinero.
Cande los miró, incrédula, pues hacía mucho tiempo había borrado esa deuda de su memoria.
No hace falta, Nerea, no te preocupes respondió con una sonrisa forzada.
¡Sí que hace! replicó Nerea, encogiéndose de hombros. Ahora tengo plata, escucha
Bajó la voz, como si compartiera un secreto oscuro, y me contó una historia que parecía sacada de una película. Dijo que unos obreros de origen uzbeko habían llegado al pueblo y que uno de ellos, al verla con una escoba, le propuso un trabajo un trabajo de quince mil rublos.
Necesitan nacionalidad urgentemente, buscan novias ficticias explicó. Ayer firmé papeles. No sé cómo lo arreglan en el Registro Civil, pero todo es rápido. Mi hermano, Rafi, está para que valga, y pronto se irá. Mi hija, Marta, también aceptó; le hace falta un abrigo para el invierno. ¿Y tú? Mira la oportunidad, el dinero ¿Quién te casará?
Sus palabras no tenían ira, pero sí una amarga realidad. Cande sintió un pinchazo familiar y, por un instante, consideró la propuesta. No había posibilidad de un matrimonio verdadero; no había pretendientes y no la había. Su vida se limitaba al jardín, al mercado y a la habitación con la estufa devoradora. Entonces, el dinero parecía una salida: quince mil rublos, equivalentes a unos ciento ochenta euros, bastarían para leña, para arreglar paredes y para comprar ropa nueva.
De acuerdo susurró Cande, aceptando.
Al día siguiente, Nerea trajo al candidato. Cuando Cande abrió la puerta, un frío intenso la hizo retroceder al interior de la casa
La escena se repite cada otoño: Cande, al abrir la puerta, se estremece y retrocede, intentando ocultar su corpulencia bajo la sombra del recibidor. Allí, en el umbral, se encontraba un joven alto y delgado, con el rostro aún sin las marcas de la dureza, y unos ojos oscuros y melancólicos que parecían haber visto demasiado.
¡Dios mío, todavía es un niño! exclamó Cande.
El joven, con voz clara y tono casi cantado, respondió:
Tengo veintidós años.
Nerea, riéndose, comentó:
El mío tiene quince años menos, pero la diferencia es mínima: ocho años. ¡Un hombre en la flor de la vida!
Sin embargo, en el Registro Civil le negaron el matrimonio al instante. La oficial, con traje severo, les explicó que la ley exige un mes de espera, para que tengan tiempo de pensar.
Los obreros uzbecos cumplieron su parte y se marcharon, pero antes de partir, Rafi así se llamaba el joven pidió el número de teléfono de Cande.
Estoy solo en una ciudad extraña explicó, y en sus ojos Cande vio la misma confusión que ella sentía.
Rafi empezó a llamarla cada noche. Al principio fueron llamadas breves y torpes, luego más largas y sinceras. Resultó ser un conversador increíble: hablaba de sus montañas, de un sol diferente, de su madre a quien adoraba, y de por qué había venido a España para apoyar a su familia. Se interesó por la vida de Cande, su trabajo con los niños, y ella, sorprendentemente, empezó a contarle historias de la guardería, del olor a tierra húmeda en primavera, de la casa que crujía. Rió en el auricular con una voz juvenil, olvidando su edad y su peso. En ese mes aprendieron más el uno del otro que muchas parejas en años de matrimonio.
Pasó el mes y Rafi volvió. Cande, con su único vestido plateado, que le quedaba justo, sentía un temblor: no miedo, sino una extraña emoción. Testigos fueron sus compañeros uzbecos, altos y serios. La ceremonia en el Registro fue rápida y rutinaria, pero para Cande fue un destello: el brillo de los anillos, las palabras oficiales, la sensación de irrealidad.
Después del registro, Rafi la llevó a casa. Al entrar en la familiar habitación, le entregó un sobre con el dinero acordado. Cande lo tomó, sintiendo el peso del papel como el peso de su elección, de su desesperación y, a la vez, de una nueva responsabilidad. Entonces, sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo negro con un delicado collar de oro.
Es para ti dijo en voz baja. Quise comprar un anillo, pero no sabía la talla. No quiero irme. Quiero que seas realmente mi esposa.
Cande quedó paralizada, sin palabras.
Durante este mes escuché tu alma por teléfono continuó él, con los ojos encendidos de una llama adulta. Es buena y pura, como la de mi madre. Mi madre murió; fue la segunda esposa de mi padre y él la amó con locura. Te he querido, Candelaria, de verdad. Permíteme quedarme aquí, contigo.
No era un matrimonio de conveniencia. Era una propuesta de corazón. Cande, al ver esos ojos sinceros y tristes, descubrió lo que hacía mucho dejó de soñar: respeto, gratitud y ternura naciendo ante sus propios ojos.
Al día siguiente, Rafi volvió a su trabajo en la capital, pero ahora su partida no era despedida, sino el inicio de una espera. Los fines de semana regresaba. Cuando Cande supo que llevaba un hijo, Rafi dio un paso decisivo: vendió parte de su empresa, compró una segunda mano Mercedes y volvió al pueblo para siempre. Empezó un negocio de transporte de personas y mercancías al centro, y el éxito llegó rápido gracias a su esfuerzo y honradez.
Con el tiempo nacieron dos hijos, dos niños morenos con los ojos de su padre y la dulzura de su madre. La casa se llenó de risas, gritos y el olor a verdadera felicidad familiar. Él no bebía ni fumaba, la religión lo prohibía, y trabajaba con una pasión que hacía envidiar a las vecinas. La diferencia de ocho años se desvaneció en el amor, se volvió insignificante.
Lo más sorprendente fue la transformación de Cande. El embarazo, el matrimonio feliz y el cuidado de su familia hicieron que su cuerpo cambiara. Los kilos de más se fueron desvaneciendo día a día, como si una capa innecesaria cayera, dejando al fin al ser delicado y amable que siempre estuvo dentro. No siguió dietas; simplemente la vida la inundó de movimiento, tareas y alegría. Su mirada brillaba, su paso era firme y seguro.
A veces, sentada junto a la estufa que ahora Rafi alimenta con cuidado, observa a sus hijos jugar y percibe la mirada cálida y admirada de su esposo. Entonces pienso en aquella noche extraña, en los veinte euros, en Nerea y en cómo el milagro más grande no llega con truenos, sino con el suave golpeteo de una puerta. Un desconocido de ojos tristes, que una vez me ofreció no un matrimonio fingido, sino una vida real.
He aprendido, querido diario, que a veces la oportunidad se presenta bajo la forma más inesperada y que el valor de la dignidad y el amor supera cualquier cifra. La verdadera riqueza no está en el dinero, sino en la capacidad de abrir el corazón, aun cuando todo parece sombrío.
Hasta mañana.







