Tras examinar a su hija, Lucía vio los rasguños rojos dejados por el cinturón. Algo se rompió dentro de ella. Apartó con cuidado a los niños y se irguió.
Lucía caminaba de vuelta del trabajo con paso lentos, arrastrando los pies. El viento otoñal jugueteaba con el dobladillo de su abrigo, y las nubes grises parecían aplastarle los hombros. Pero no era el tiempo lo que la agobiaba. Un visitante inesperado había aparecido en su casa esa tarde.
A media jornada, durante una reunión clave con un cliente, Javier le llamó:
«Lucía, no te enfades, pero he recogido a mamá de la estación. Echaba de menos a los nietos. Se queda un par de días.»
Esas palabras le helaron la sangre. Su suegra, Rosario Martínez, era una espina clavada en su costado. En diez años de matrimonio, Lucía nunca había logrado conectar con ella.
«Javier, lo acordamos,» dijo, conteniendo la irritación. «Me avisas con antelación.»
«Lo siento, cariño. Llamó de repente, diciendo que necesitaba unas pruebas en el hospital regional. Y de paso nos visitaba. No podía decirle que no.»
Lucía soltó un suspiro profundo. Claro que no podía. Javier siempre había sido demasiado blando con su madre, a pesar de sus desplantes.
«Vale, me quedaré hasta tarde en el trabajo. Tengo que terminar el proyecto para mañana.»
«No te preocupes, mamá cuidará de los niños. Les ha traído regalos, y yo tengo que ir a ver al cliente urgentehay un fallo en el sistema.»
Así que Lucía retrasó su regreso lo máximo posible. Ante ella se extendía la perspectiva insoportable de pasar la noche con la mujer que una vez la echó a ella y al pequeño Pablo bajo la lluvia, culpándola de todos los males habidos y por haber.
El teléfono vibró en el bolsillo de su abrigo. Un mensaje de Javier:
«Sigo con el cliente. Llegaré tarde. ¿Cómo estás?»
Lucía suspiró y respondió:
«Ya casi llego a casa. Me las arreglaré.»
Los recuerdos de los primeros años de matrimonio desfilaron por su mente. Entonces vivían en la casa de su suegraamplia, pero tan fría como el corazón de su dueña.
Seis años atrás.
La joven Lucía estaba frente al fogón, removiendo la sopa. Arriba, el pequeño Pabloapenas cinco meseslloraba. Se secó las manos en el delantal y estaba a punto de subir cuando Rosario entró en la cocina.
«¿No oyes llorar al niño?» le espetó su suegra.
«Iba a por él ahora mismo,» respondió Lucía con calma.
«Siempre ‘vas ahora mismo’,» resopló Rosario. «Y nunca haces nada bien. Mi Javi dormía como un ángel a su edad. Debe ser cosa de tus genes.»
Lucía apretó los dientes. Oía comentarios así casi a diario.
Rosario miró dentro de la olla.
«¿Y esto qué es? Javier no come esta porquería.»
«Es su sopa favorita,» replicó Lucía. «Me la pidió él.»
«Tonterías. Yo soy su madre. ¡Sé mejor que tú lo que le gusta!»
Agarró la olla y vació el contenido en el fregadero. A Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas.
«¿Por qué has hecho eso? ¡He pasado dos horas cocinando!»
«No exageres. Ve con el niño, y yo misma haré una cena decente para mi hijo.»
Cuando Javier llegó esa noche, su madre lo recibió en el recibidor:
«Hijo, ¿te lo puedes creer? ¡Tu mujer no ha hecho nada en todo el día! El niño lloraba y ni siquiera fue a verlo. Menos mal que estaba yo.»
Javier miró a su madre con cansancio.
«Mamá, estoy seguro de que Lucía cuida de Pablo.»
«¡Claro, tú a defenderla!» Rosario levantó las manos. «Te tiene comiendo de su mano y tú encantado. ¡Y yo ya no soy nada para ti!»
Sollozó teatralmente y se encerró en su habitación. Javier miró a Lucía con disculpa en los ojos.
«Lo siento, es que se preocupa»
«Javier, tira la comida que hago,» susurró Lucía. «Le dice a Pablo que soy una mala madre. Es insoportable.»
«Aguanta un poco más,» suplicó él. «Pronto nos mudaremos, te lo prometo.»
Pero las semanas se convirtieron en meses, y todo empeoró.
Un coche que pasaba la sacó de su ensimismamiento. Lucía reaccionó y aceleró el paso. Ya casi estaba en casa.
Sin darse cuenta, llegó al portal y entró en el ascensor, apoyando la frente contra la pared fría.
«Todo irá bien,» susurró. «Solo un par de días»
Al abrirse las puertas, escuchó algo que le heló la sangreel llanto desgarrador de una niña. Era la voz de Marta.
Corrió hacia el piso. Sus manos temblaban mientras intentaba meter la llave. Al fin, la puerta cedió.
Lo que vio la dejó paralizada.
En el salón estaba Rosario. En su manoun cinturón, con el que azotaba a la pequeña Marta. La niña, acurrucada, sollozaba en un rincón. Pablo intentaba proteger a su hermana, con lágrimas rodando por sus mejillas.
«¡Te voy a enseñar a no tocar las cosas de la abuela!» gritaba la suegra, alzando la mano para otro golpe.
Lucía sintió el rostro arder.
«¡¿Qué estás haciendo?!» gritó, lanzándose hacia los niños. Se interpuso entre la niña y el cinturón, recibiendo el latigazo en el antebrazo. Sin dudar, agarró a Marta y la abrazó con fuerza mientras Pablo se aferraba a su cintura. Rosario retrocedió, sorprendida. No te atrevas a ponerles una mano encima, dijo Lucía con voz temblorosa pero firme. Esta es mi casa. Y tú te vas ahora. No hubo gritos, no hubo escena. Solo una mirada seca, una decisión hecha pedazos y rehecha en un instante. Rosario abrió la boca, pero ante los ojos húmedos pero inquebrantables de su nuera, no encontró palabras. Solo silencio. Y luego, la puerta al cerrarse.







