Todo empezó con un breve mensaje en la red: una foto de un hombre y el pie de foto «Desaparecido en el monte, se necesita ayuda». Yo, Alejandro, de cuarenta y ocho años, lo miré fijamente como esperando alguna señal especial. Tengo un trabajo estable, un hijo adulto que vive en Valencia y la costumbre de no meterme en los problemas ajenos. Pero esa noche algo cambió: la inquietud no me soltaba, como si fuera un pariente mío. Decidí pulsar el enlace y escribí al coordinador del equipo de búsqueda «MencíaAlerta».
La respuesta llegó al instante, tono cortés y órdenes claras. En el grupo de novatos nos explicaron el plan: reunirnos en la entrada del pueblo de El Pinar a las siete de la tarde, llevar linterna, agua, comida y ropa abrigada. Insistían en la seguridad por encima de todo. Metí en la mochila una termo vieja con té, la botiquín, calcetines de repuesto. Sentí un temblor leve en los dedos, no es habitual sentirse parte de algo mayor.
En casa el ambiente se hizo más tranquilo: la tele apagada, el olor a pan recién horneado en la cocina. Revisé el móvil y el coordinador me recordaba la hora del encuentro. Me pregunté: ¿por qué voy? ¿Quería probarme a mí mismo, demostrar algo a mi hijo, o simplemente no podía quedarme de brazos cruzados? No hallé respuesta.
Ya estaba oscureciendo. Los coches en la autopista se llevaban las preocupaciones de los demás. El frescor de la noche se colaba por el cuello de mi chaqueta. El encuentro con los voluntarios fue sobrio: caras jóvenes, otras más mayores. La coordinadora, una mujer de corte corto, nos dio la orden de no separarnos, de escuchar la radio y mantenernos unidos. Asentí con los demás.
Avanzamos hacia el monte siguiendo una valla baja. En el crepúsculo los árboles se alzaban más altos y tupidos; al borde del pueblo ya se oían los cantos de los pájaros y el susurro de la hojarasca bajo los pies. Las linternas destellaban manchas de hierba húmeda y pequeños charcos de la lluvia matutina. Yo me quedaba en el medio de la fila, ni al frente ni al final.
Dentro crecía la alarma: cada paso en la oscuridad era un nuevo umbral de miedo. El bosque hacía su propio ruido, ramas que se raspaban entre sí con el viento, y de repente se oyó una rama romperse a la derecha. Alguien bromeó a media voz sobre entrenar para una maratón. Yo guardé silencio, escuchándome a mí mismo: la cansancio se imponía más rápido que la costumbre a la penumbra.
Cada vez que la coordinadora detenía al grupo para comprobar la señal de la radio, mi corazón latía con más fuerza. Temía equivocarme, no oír la orden o perderme por falta de atención. Pero todo seguía el guion: órdenes breves por la radio, pase de lista. Discutíamos la ruta, algunos proponían rodear el charco del lado derecho.
Una hora después habíamos penetrado tanto en el monte que incluso las luces del pueblo desaparecían tras los troncos. Las linternas apenas iluminaban un círculo bajo los pies; más allá, una pared de sombras. Sentí el sudor escurrirse por la espalda bajo la mochila y mis botas mojándose en la hierba húmeda.
De pronto la coordinadora alzó la mano y todos se quedaron quietos. En la oscuridad se escuchó una voz tenue:
¿Hay alguien?
Las linternas se enfocaron en un punto: entre los arbustos alguien estaba agachado. Yo avancé con dos voluntarios.
A la luz de la linterna apareció un anciano delgado, con sienes canosas y manos sucias. Miraba asustado y desorientado, los ojos saltando entre los rostros.
¿Usted es Juan Antonio? preguntó la coordinadora en voz baja.
El viejo negó con la cabeza:
No Me llamo Pedro Me perdí durante el día Me duele la pierna No puedo seguir
Hubo un breve silencio en el grupo: buscábamos a una persona y hallamos a otra. La coordinadora informó por radio:
Hemos localizado a un hombre mayor, no es nuestro objetivo, requiere evacuación en camilla a las coordenadas actuales.
Mientras ella afinaba los datos con el cuartel, yo me acerqué al anciano, saqué del saco una manta y le cubrí los hombros con delicadeza.
¿Llevaba mucho tiempo aquí? le pregunté bajo la voz.
Desde la mañana Salí a buscar setas Perdí el sendero Y ahora la pierna
Su voz destilaba cansancio y alivio a la vez.
Sentí que la tarea había cambiado en un instante: de buscar a alguien a ayudar a quien ninguno esperaba encontrar.
Comprobamos la pierna del anciano: estaba inflamada en el tobillo, evidentemente no podía caminar. La coordinadora ordenó que todos permanecieran en sitio hasta la llegada del equipo principal con camillas.
El tiempo se alargó: el crepúsculo cedió al noche. Mi móvil mostraba una sola barra, la radio se apagaba poco a poco por la batería fría. Pronto la señal desapareció por completo. La coordinadora intentó llamar al cuartel sin éxito. Según el protocolo, debíamos quedarnos y hacer señales luminosas cada cinco minutos.
Yo me encontré cara a cara con el miedo: el bosque se hacía más denso y ruidoso, cada sombra parecía una amenaza. Pero a mi lado estaba el anciano temblando bajo la manta, susurrando algo para sí.
Los voluntarios se dispusieron en semicírculo alrededor, sacaron el té del termo y le ofrecieron un bocadillo de los víveres. Noté que sus manos temblaban más por el frío y el agotamiento.
No pensé que alguien nos encontrara Gracias
Yo lo miraba sin decir nada; algo dentro de mí se había desplazado, el miedo dio paso a una calma firme. Ahora mi deber no era solo sobrevivir, sino permanecer al lado de otro.
Los vientos traían el olor a tierra húmeda y hojas podridas; la humedad se posaba en mi ropa. A lo lejos, un búho ululó, como si la noche se alargara aún más.
El tiempo perdió sentido. Escuché las historias del anciano: su infancia en la guerra, su mujer, su hijo que ya no volvía. Aquella conversación tenía más confianza y vida que muchas de mis reuniones en los últimos años.
La radio seguía sin señal; la batería parpadeaba débilmente en rojo. Revisaba el móvil una y otra vez, en vano. Sabía una sola cosa: no podía marcharme bajo ninguna circunstancia.
Cuando el primer rayo de linterna cruzó la niebla entre los árboles, dudé, parecía parte de una espera interminable. Pero de la oscuridad surgieron dos figuras con chalecos amarillos y, tras ellas, más gente con camillas. La coordinadora llamó por mi nombre, y su voz transmitió alivio, como si no solo al anciano lo salvaran esa noche.
Los voluntarios evaluaron rápidamente al hombre, completaron el informe en papel, inmovilizaron la pierna con una férula y lo colocaron delicadamente en la camilla. Yo lo ayudé a levantarlo; sentí los músculos trabajar, pero también una extraña ligereza: la responsabilidad ahora era compartida. Un joven me guiñó el ojo, como diciendo «aguanta, todo bien». Yo asentí sin buscar palabras.
La coordinadora explicó brevemente: la señal se había restablecido media hora antes, el cuartel había enviado dos grupos, uno a nuestro sitio y otro al norte siguiendo rastros recientes del desaparecido. Transmitió por radio: «Grupo doce, anciano mayor listo para evacuación, estado estable, regresamos». Un crujido en la radio, luego la voz clara: «Objetivo principal localizado por otro equipo. Vivo, en pie. Todo abortado».
Contuve el aliento. El anciano, en la camilla, apretó mi mano con fuerza, como sin querer soltarla.
Gracias susurró apenas audible.
Lo miré a los ojos y, por primera vez esa noche, me sentí parte de algo importante, no un simple espectador.
El camino de regreso fue más largo de lo que parecía en la noche. Alternamos el porte de la camilla: primero los jóvenes, luego yo sujetaba la manija, sintiendo cómo la hierba temblaba bajo los pies y el aire húmedo me helaba la cara. En el bosque ya se escuchaban los primeros cantos de los pájaros, y sobre mi cabeza cruzó la silueta de un petirrojo. Cada paso me devolvía al cansancio físico, pero la mente permanecía extrañamente serena.
Al borde del bosque, el alba acarició con finas nubes de niebla. Los voluntarios hablaban bajo voz baja, comentando los detalles de la evacuación, alguno bromeaba sobre el «fitness nocturno». La coordinadora se mantenía ligeramente adelante, revisando la radio y marcando el punto de salida para el cuartel. Yo caminaba al lado del anciano hasta la ambulancia, cuidando que la manta no se deslizara.
Cuando la ambulancia cerró sus puertas tras el anciano, la coordinadora agradeció a cada uno. Me estrechó la mano con más fuerza que a los demás:
Hoy ha hecho más de lo que pudo imaginar esta mañana.
Sentí rubor bajo su mirada, pero no aparté la vista. Dentro de mí surgió la sensación de un cambio: la barrera entre mi vida y los problemas ajenos se había vuelto más delgada.
Al volver al pueblo, el camino parecía distinto: la grava estaba húmeda por el rocío, mis botas chapoteaban en la hierba. Las franjas rosadas del amanecer rasgaban el cielo gris sobre los tejados. El aire era más denso por la humedad y el cansancio, pero mi paso se hacía más firme.
El pueblo me recibió en silencio: las ventanas aún oscuras, siluetas escasas en la parada del bus. Me detuve frente a la verja de mi casa, dejé la mochila, me apoyé un momento en la cerca. Un temblor leve recorrió mi cuerpo por el frío y la tensión vivida, pero ya no parecía debilidad.
Saqué el móvil: un nuevo mensaje de la coordinadora brilló en la pantalla «Gracias por la noche». Debajo, otro: «¿Podemos contar con usted si surge otra necesidad?». Respondí corto: «Sí, claro».
Pensé en cómo antes esas decisiones me parecían ajenas, imposibles. Ahora todo parecía distinto. El cansancio no empañaba la claridad interior: sabía que podría dar otro paso adelante cuando fuera necesario.
Levanté la vista: el amanecer se expandía, tiñendo árboles y tejados de un rosa intenso. En ese momento comprendí que participar aquí y ahora era la respuesta a mi propia cuestión de utilidad. Ya no era un observador al margen.







