¿Qué es esto? La voz de Marina era serena, pero llevaba un filo de acero. José, dime, ¿qué significa?
Él estaba junto al portal, reluciendo como un coche recién salido del concesionario, apoyado contra el capó de un brillante sedán negro azabache. Nuevo, de fábrica. El olor a cuero caro y plástico se colaba hasta el tercer piso, atravesando la ventana abierta de la cocina.
¡Sorpresa! exclamó José, abriendo los brazos como si abrazara al mundo entero. Un regalo. Para nosotros. Por nuestro aniversario. Casi… lo he anticipado. ¿Te gusta?
Marina descendió lentamente. No recordaba cómo había bajado las escaleras, cómo había abierto la pesada puerta del portal. Sus piernas se movían solas, mientras en su cabeza resonaba un único pensamiento, frío y punzante como una aguja: el dinero. Ese mismo dinero que habían ido guardando durante casi cinco años, centavo a centavo, para el pago inicial de la hipoteca de Aitana, su hija. Querían que la niña tuviera su propio rincón cuando ingresara a la universidad.
José, ¿estás cuerdo? se acercó, rozando el frío metal del capó. El coche era elegante, ajeno, casi depredador. Teníamos el acuerdo de que esos ahorros fueran inalcanzables.
Marina, ¿qué dices? su sonrisa se desvaneció un poco. Ganaremos más. Ahora soy jefe de departamento, el sueldo es mayor. Ya me da vergüenza seguir conduciendo nuestro viejo coche. ¡Mira qué belleza!
Abrió la puerta del vehículo. El interior, tapizado en cuero claro, invitaba al confort y al lujo. Marina sintió por un instante el impulso de sentarse, inhalar ese aroma a nueva vida, pero se obligó a contenerlo.
¿Vergüenza? ¿Te avergonzaba conducir el coche que nos ha servido fielmente diez años? ¿Y a mí me avergonzará mirar a mi hija y no poder ayudarla con la vivienda?
¡Aún faltan dos años para que Aitana entre a la universidad! desestimó José. Ahorraremos a tiempo. No seas amargada, disfruta. ¡Vamos a dar una vuelta y lavar el coche!
Trató de abrazarla, pero Marina se apartó. En sus ojos surgió una chispa de irritación; no estaba acostumbrado a que sus gestos amplios encontraran una pared de hielo.
No voy a ningún sitio le cortó. Tengo la cena por preparar.
Se dio la vuelta y volvió al portal, sintiendo su mirar perdido y furioso. Ya dentro, removiendo la sopa, miró por la ventana. José seguía junto al coche, dio un puntapié al neumático con desdén, se sentó al volante y arrancó rugiendo. No le importaba a ella a dónde fuera a lavar el coche solo; la molestia era tan amarga que le picaba el corazón, pero no había lágrimas, solo un vacío helado. Veinte años de matrimonio, veinte decisiones conjuntas, cada gran gasto debatido. Y ahora él le imponía una realidad sin escucharla.
Regresó tarde, ya pasada la medianoche, algo callado, algo avergonzado. Dejó sobre la mesa de la cocina una bolsa con sus pasteles favoritos.
Marina, perdóname. Me dejé llevar. Pero entiende, también es para ti, para que viajes con comodidad.
Yo no sé conducir, José. Y no pienso aprender.
¡Aprenderás! Yo te enseñaré se sentó a su lado, tomó su mano. No te enfades. El coche es una cosa. Nosotros somos una familia. Lo importante es que estemos juntos.
Marina exhaló. Tal vez tenía razón. Tal vez reaccionaba con exceso. El dinero era material, él estaba allí, intentando reparar el daño. Esbozó una débil sonrisa y José, animado, comenzó a contar con entusiasmo la potencia del motor, el sofisticado sistema de navegación y la calefacción de última generación. Marina escuchaba medio dormida, asentía y pensaba que quizá esa era la postura de la esposa prudente: soportar, perdonar, apoyar.
Al día siguiente, sábado, José insistió en una excursión familiar. Aitana, su hija de diecisiete años, chillaba de emoción al explorar los mandos y perillas del nuevo habitáculo. Marina, sentada en el asiento delantero, fingía satisfacción. El coche deslizaba suavemente, casi silencioso. Por la ventana pasaban pueblos de la Comunidad Valenciana, bosques y campos. Se detuvieron junto a un lago pintoresco y montaron un picnic. José, atento, le servía té en termo y le cubría con una manta. Marina se fue descongelando, casi creyendo que todo volvería a estar bien.
Al volver, mientras José aparcaba el coche, Marina decidió ordenar el interior. Sacó la alfombra, quitó las migas de galleta. Al abrir el guantera para colocar unas toallitas húmedas, sus dedos toparon con algo duro bajo el manual de usuario: un ticket. Un ticket de compra de una juguetería.
«Constructor Estación Espacial, 1 uds. 78»
«Pulsera con charms Hada, 1 uds. 35»
La fecha era de una semana atrás. Ese día José había estado de viaje de negocios en la capital, a ciento veinte kilómetros de su ciudad, supervisando una nueva obra. Marina frunció el ceño. ¿Quién compraba esos juguetes tan caros? El constructor parecía para un niño de diez a doce años, la pulsera para una niña o quizás para una mujer. Sus amigos y colegas no tenían hijos de esa edad. ¿Un regalo para el hijo de algún jefe? ¿Y por qué no lo había mencionado?
Guardó el ticket en el bolsillo de su bata. Su corazón latía con fuerza. Algo no encajaba, todo parecía falso, como la repentina decisión del coche.
Esa noche no durmió. Junto a su marido dormido, contempló el techo y recordó los últimos años. Sus viajes de trabajo se habían vuelto más frecuentes. Antes llamaba cada noche, describiendo su día con detalle. Ahora solo enviaba mensajes breves: «Todo bien, cansado, a dormir». Lo atribuía al nuevo cargo, a la responsabilidad. Pero, ¿y si no fuera así?
A la mañana siguiente, mientras José se duchaba, Marina tomó su teléfono. La contraseña era el cumpleaños de Aitana. Recorrió los contactos: jefes, colegas, amigos. Sólo uno llamó su atención: «Sergio Pérez Fontanero». ¿Por qué José tendría el número de un fontanero de otra ciudad? Abrió la conversación y sintió un escalofrío.
Los mensajes eran breves, pero ciertos matices la sobresaltaron.
«Sergio, ¿llegaron los tubos?» escribía José.
Respuesta: «Sí, todo listo. Kiko está encantado, lleva dos días armando todo».
¿Quién es Kiko? ¿El hijo del fontanero?
Otro mensaje: «¿Cómo está el tiempo? ¿Frío?»
Respuesta: «Hace sol. Te echo de menos mucho».
Sol. Así llamaba José a Marina en los primeros años de su romance. Y a Aitana cuando era pequeña. Ahora sólo le llamaba «Marina», «hija». Ese apodo en aquel mensaje sonaba cálido, vivo. Marina sintió náuseas.
Seguidamente: «¿Vendrás el sábado? Kiko tiene competición de natación». «Haré lo posible». «Compra por el camino un pastel, mi favorito, de miel».
Ese fontanero no era un hombre, era una mujer. Tenía un hijo llamado Kiko. José compraba pasteles, asistía a competiciones y regalaba costosos constructores.
Marina devolvió el móvil a su sitio segundos antes de que José saliera de la ducha. Sus manos temblaban.
¿Qué te pasa? Te ves pálida comentó él, secándose el pelo con una toalla.
Me duele la cabeza mintió. Tal vez la presión.
Todo el día estuvo en una niebla, preparando la comida, conversando con Aitana, respondiendo a José. Pero en su cabeza resonaba una pregunta: ¿quién era esa mujer que se hacía llamar «Sergio Pérez Fontanero» y pedía pastel de miel? ¿Cuánto tiempo llevaba?
Decidió averiguarlo, no para armar un escándalo, sino para entender. Necesitaba que su mundo volviera a tener contornos claros, antes de que se desvanecieran como acuarela bajo la lluvia.
El plan se formó solo. El lunes llamó a su trabajo y dijo que estaba enferma. Luego a su hermana, que vivía en la capital.
Lena, hola. Voy a pasar por allí hoy, una cuestión rápida.
¡Claro! ¿Todo bien? preguntó su hermana, preocupada.
Sí, nada serio. Solo asuntos.
Se subió al coche nuevo, odiado, y tomó el volante. Aquel volante le resultaba ajeno, aunque José le había enseñado a conducir años atrás. El GPS, tan alabado por él, guardaba historial de rutas: «Casa», «Trabajo» y varios destinos en la ciudad vecina. Uno se repetía con frecuencia: Calle Verde, 15. Un típico barrio residencial.
El viaje duró una hora y media. Marina conducía sin fijarse en nada, sin saber qué haría al llegar. No llamaría a la puerta, no armaría un escándalo; simplemente observaría. Necesitaba ver.
Calle Verde era tranquila, con edificios de nueve plantas. Aparcó el coche a la sombra de un esquina para que no se viera desde los ventanales. Casa 15, portal 2. Se sentó en un banco frente al edificio, se puso gafas de sol y esperó.
Pasó una hora, luego otra. Salían madres con cochecitos, ancianos, adolescentes apresurados. Marina se sentía ridícula. ¿Qué hacía allí? ¿Qué sentido tenía seguir vigilando? Tal vez todo fuera un error, quizá allí vivía alguien importante para el trabajo de José.
De pronto se abrió la puerta del portal. Apareció él, José, con vaqueros y una camiseta sencilla, sin traje. Reía mientras hablaba con una mujer rubia, de su edad. En brazos llevaba a un niño de unos diez años, de pelo claro y sonrisa de José.
Se dirigieron al parque infantil. José tomó al chico en brazos, lo hizo girar; el niño soltó una carcajada. Los tres se sentaron en los columpios. La mujer le arreglaba el pelo, hablaba animada, y José le miraba con una ternura que Marina no había visto en años. Parecían una familia normal, feliz, de paso, en un día cualquiera.
Marina no podía respirar. El aire le faltaba. Sacó el móvil y, sin saber bien por qué, tomó una foto. Tres figuras en los columpios, borrosa por el temblor de su mano, pero claramente evidencia.
No recordaba cómo volvió al coche. El paisaje fuera del parabrisas se volvió un borrón. Llegó a casa y se desplomó en el sofá, mirando al vacío. La vida que había construido durante veinte años resultó ser una fachada de cartón. Su amor, su lealtad, su existencia, todo una mentira.
José volvió del trabajo a la hora habitual, alegre, con una chocolatina para Aitana, y le dio un beso en la mejilla.
¿Cómo estás, mi niña? preguntó, entrando en la cocina.
Marina le entregó el móvil con la foto abierta.
Él la miró, la sonrisa se desvaneció y su rostro se volvió pálido. Se quedó unos segundos en silencio, pensando.
No es lo que piensas dijo finalmente.
¿Qué pienso, José? su voz parecía extrañamente tranquila. Pienso que tienes una segunda familia. Pienso que tienes un hijo. Pienso que me has mentido durante años. ¿Me equivoco?
Marina, es complicado.
¿Complicado? esbozó una sonrisa amarga. Complicado es criar a un niño en los noventa con un solo sueldo. Complicado es cuidar a una madre enferma y dividir el tiempo entre casa y hospital. Esto no es complicado. Es vil.
Aitana entró en la sala.
Mamá, papá, ¿qué pasa? Tenéis esas caras
Vete a tu habitación, hija dijo Marina, sin alzar la voz. Estamos hablando.
José se sentó, con la mirada cansada y caída.
No quería lastimarte.
¿No querías? replicó ella. Compraste el coche con el dinero que ahorrábamos para el futuro de nuestra hija, para llevar a otra mujer y a otro niño. No solo me hieres, me matas. Ahora solo quiero saber una cosa: ¿cuántos años?
Él quedó en silencio, la cabeza gacha.
¡José!
Doce susurró él.
Doce años. Aitana tenía entonces cinco. José había fundado otra familia cuando su hija aún era una bebé. Marina cerró los ojos. Vio toda su vida: ella y Aitana en el parque, él empujándola en los columpios; la playa, él enseñándole a nadar. Y en otro lugar, en otra ciudad, otro niño, otra mujer, él también empujando a otro pequeño en los columpios, tal vez enseñándole a nadar.
Conocí a Sofía Sofía en una obra. Era ingeniera. Todo se complicó No lo planeaba. La verdad es que me quedé embarazada. No podía abandonarla.
¿Y a mí? ¿A Aitana?
¡Yo nunca los abandoné! ¡Los quiero! ¡Los quiero a los dos! dijo, los ojos llenos de lágrimas. Marina, no sé cómo ha pasado. Me he enredado.
Vete murmuró ella.
¿Adónde?
Allá señaló con la cabeza, hacia la dirección de la otra vida. Donde no es tan difícil. Donde te esperan y te aman. Recoge tus cosas.
Marina, hablemos. No lo hagas de golpe. Ya…
Ya lo hemos dicho todo, José. Vete.
Él se levantó, empacó una mochila con lo indispensable y, al despedirse, intentó decir algo, pero Marina lo apartó. Cuando la puerta se cerró tras él, salió en su coche reluciente, probablemente rumbo a la Calle Verde.
Aitana entró, con los ojos rojos de llanto.
¿Papá se ha ido? ¿Para siempre?
Marina la abrazó con fuerza, hasta que le dolían los huesos.
No lo sé, niña. No sé nada.
Se quedaron allí, abrazadas, en el silencio del apartamento vacío. Afuera, la noche caía. Marina miró el patio oscuro; el coche negro ya no estaba, pero el vacío que dejó parecía aún más aterrador. Quedó sola, a los cuarenta y cinco años, con una hija universitaria y una vida hecha pedazos. No sabía qué hacer, pero por primera vez en años sintió, no dolor ni rabia, sino una extraña y fría serenidad. Un capítulo había terminado. Ahora le tocaba escribir el siguiente, con sus propias manos.
Al final, comprendió que la verdad, por dolorosa que sea, es la única brújula que permite seguir adelante. Sólo aceptando la realidad y aprendiendo de ella se puede volver a encontrar la paz y la fortaleza para construir un nuevo camino.







