Los padres se detienen frente a la puerta de la casa y el motor del coche sigue ronroneando un momento más en el fresco aire de septiembre. Juan está parado en el camino descolorido entre los macizos de flores y lleva en la mano su vieja mochila con un parche de avión. A su alrededor crujen las hojas amarillas, se adhieren a sus botines y se enredan bajo sus cordones.
Don Antonio sale al portal, se ajusta la boina y sonríe: las arrugas alrededor de sus ojos se hacen más marcadas. Juan siente que ahora empieza algo importante, distinto a lo habitual.
María le da un beso en la coronilla y le acaricia el hombro.
No andéis despistados, ¿vale? Y escuchad al abuelo.
Claro contesta Juan, algo avergonzado, mirando por la ventana donde ya se ha asomado Doña Carmen.
Cuando los padres se marchan, el patio queda en silencio. Don Antonio invita a su nieto al granero: juntos eligen dos cestas para la excursión, una más grande para él y otra más pequeña para Juan. Cerca hay una vieja tienda de campaña y los botines de goma; el abuelo revisa que nada se filtre tras la lluvia nocturna. Examina la chaqueta de Juan, cierra todas las cremalleras y acomoda la capucha.
Septiembre es la época de los hongos dice Don Antonio con confianza, como quien abre un calendario secreto de la naturaleza. Ahora los boletus se esconden bajo las hojas y las chanterelles adoran el musgo junto a los pinos. Los setas de chopo ya aparecen.
Juan escucha atentamente; le gusta la sensación de prepararse para algo real. Las cestas crujen al moverlas; los botines le quedan un poco grandes, pero el abuelo asiente: lo esencial es que los pies no se empapen.
El patio huele a tierra húmeda y a restos de humo de hogueras pasadas. El vapor matutino se posa sobre los charcos al borde del cercado; cuando Juan pisa las hojas mojadas, se pegan a la suela y dejan huellas en el empedrado.
Don Antonio cuenta sus excursiones anteriores: cómo una vez él y Doña Carmen hallaron un claro lleno de setas bajo un viejo abedul, y la necesidad de mirar no solo bajo los pies, sino a su alrededor, pues los hongos a veces se esconden justo al lado del sendero.
El camino al bosque es corto: una carretera de campo que atraviesa un campo de hierba amarillenta. Juan camina al lado del abuelo; él avanza despacio pero con paso firme, sujetando la cesta contra la cadera.
En el bosque el olor cambia: frescura de madera húmeda y aroma ácido del musgo entre las raíces de los pinos. La hierba bajo los pies rebota suavemente mezclada con hojas caídas; de vez en cuando se oye el goteo de la rocío sobre las ramas.
Mira, ese es un boletus se inclina el abuelo y señala un hongo de sombrero claro. ¿Ves el pie? Está cubierto de escamas oscuras
Juan se sienta a su lado, toca el sombrero con el dedo; está frío y liso.
¿Por qué se llama así? pregunta.
Porque le gusta crecer junto a los abedules contesta el abuelo, sonriendo. Recuerda el sitio.
Desenrollan el hongo con cuidado; el abuelo muestra el corte del pie: interior blanco, sin manchas.
Más adelante encuentran una pequeña chanterelle amarilla entre la hierba.
Las chanterelles siempre tienen el borde ondulado explica Don Antonio. Y su perfume es especial
Juan la huele; el aroma recuerda a nueces.
¿Y si hay una similar? indaga.
Las falsas pueden ser más brillantes o carecer de olor dice el abuelo. Pero nunca las cogemos.
Poco a poco las cestas se llenan: a veces un boletus robusto, a veces un racimo de setas chopo sobre un tocón, con tallos finos y sombreros pegajosos de borde claro.
Don Antonio diferencia los setas verdaderas de las falsas:
Las falsas son de color amarillo intenso o naranja por debajo señala. Las auténticas son blancas o ligeramente cremosas bajo el sombrero
A Juan le entusiasma encontrar los hongos él mismo; cada hallazgo lo llama al abuelo para que lo revise; si se equivoca, el abuelo lo corrige con paciencia.
A los lados del sendero aparecen amanitas rojas, grandes y con manchas blancas en la cubierta.
Qué bonitas dice Juan. ¿Por qué no se recogen?
Son venenosas responde serio Don Antonio. Sólo para admirarlas.
El abuelo rodea la amanita con cautela. Juan comprende que no todo lo bonito sirve para la cesta.
A veces el abuelo pregunta:
¿Recuerdas la diferencia? Si dudas, no la tomes.
Juan asiente, quiere estar atento, siente la responsabilidad de su cesta y de caminar junto al abuelo.
En el interior del bosque el sol se filtra entre las ramas bajas, dibujando largas franjas de luz sobre el suelo húmedo. Allí hace más fresco, los dedos a veces se entumecen al sujetar la cesta. El entusiasmo de la búsqueda calienta más que los guantes. Una ardilla cruza velozmente, los pájaros charlan entre las ramas. De vez en cuando se rompe una rama más adelantequizá un conejo o algún otro recolectory el bosque parece un laberinto vivo de troncos, musgo, hojas susurrantes y sonidos apagados. El abuelo indica dónde pisar mejor para no mojar los pies. Juan sigue su paso, observa todo, busca nuevos rincones para sorprender a Doña Carmen en casa con su captura. Se siente como ayudante, casi un acompañante adulto, aunque a veces aún quisiera agarrar la mano del abuelo para asegurarse cuando el viento aúlla o la sombra se vuelve más densa, como si el bosque revelara sus secretos solo a ellos dos.
De pronto, entre dos pinos, Juan ve varios puntos rojizos entre el musgo. Se aleja un poco del sendero, se sienta y examina: es un grupo entero de chanterelles, tal como las que el abuelo había elogiado antes. La alegría lo invade; recoge hongo tras hongo, los va colocando en su cesta y se olvida de mirar a los lados. Al levantarse, solo ve los altos troncos alrededornadie, ningún rostro familiar, ningún paso audible, solo el susurro de las hojas y algún crujido lejano de ramas. Juan se queda inmóvil; su corazón late más rápido que de costumbre. Es la primera vez que se encuentra solo en medio del bosque otoñal, aunque sea por un momento. El miedo surge de inmediato, pero también recuerdan las palabras del abuelo: quedarse quieto, si lo pierdes, gritar fuerteél siempre responde. Juan intenta llamar, su voz apenas supera el aliento.
¡Abuelo, ¿dónde estás?! grita.
Una niebla ligera se cuela entre los troncos, haciendo que los árboles parezcan iguales; los sonidos se vuelven amortiguados. Desde la izquierda, una voz conocida retumba:
¡Eh, aquí estoy! Ven hacia mí, sigue mi vozdice Don Antonio con calma.
Juan respira hondo, avanza hacia el llamado, vuelve a gritar, escuchando para ser escuchado. Sus pasos se vuelven más firmes, la tierra bajo sus pies se siente familiar, y el temor se disipa cuando delante aparece la figura del abuelo. Este está apoyado contra un viejo roble, sonríe tranquilamente, como si nada hubiera pasado. Los sonidos del bosque vuelven a su ritmo, y el corazón de Juan vuelve a latir tranquilo. Comprende que puede confiar en las palabras del adulto, así como confía en sí mismo.
Ya te encontré dice Don Antonio, dándole una palmada en el hombro sin reproche, solo con una alegría serena. Juan contempla la arrugada cara del abuelo, tan familiar como su propia habitación. El corazón aún late rápido, pero la respiración se normalizaestar junto al abuelo vuelve a darle seguridad.
¿Te asustaste? pregunta el abuelo bajando la cesta al suelo.
Juan asiente, breve y sincero. El abuelo se agacha para estar a su altura.
Yo también me perdí una vez en el bosque, cuando tenía un poco más de tu edad. Creí que buscaría el camino todo el día, pero pasó apenas diez minutos Lo importante es no correr a ciegas. Mejor detenerse y gritar. Hiciste bien.
Juan mira sus botas de goma, cubiertas de tierra y musgo. Siente el orgullo del abuelo. El resto del temor se ha retirado al fondo; ahora es solo un recuerdo.
Vamos, se está oscureciendo. Tenemos que volver al camino antes de que anochezca dice Don Antonio, enderezándose, ajustándose la boina y tomando la cesta de nuevo. Juan da un paso al lado, casi pegado a él. Cada crujido bajo sus pies parece ahora familiar. Caminan juntos; Juan disfruta sentirse parte de la tarea, aunque sea una decisión sencilla.
Al salir del bosque el aire se vuelve más fresco: el viento de la tarde arrastra hojas secas por el sendero entre los árboles; al lejos ya se vislumbra el tejado de la casa entre los arbustos de retama. Las correas de las cestas llevan una raya oscura de hierba húmeda; sus manos tiemblan ligeramente por la larga caminata, pero la alegría de volver calienta más que cualquier taza de té caliente.
La casa les recibe con la luz tenue de las ventanas y el olor a pastel recién horneado. Doña Carmen los espera en el portal, con una toalla sobre el hombro:
¡Ay, qué buen trabajo! Pues muestras lo que habéis conseguido.
Les ayuda a quitarse los botines en la entradalas suelas están cubiertas de hojasy toma la cesta del abuelo, colocándola al lado de su propia cesta para limpiar los hongos.
En la cocina el calor del fogón se siente acogedor; el cristal de la ventana empaña con finas rayas, dejando ver destellos de la farola del patio y siluetas de los árboles. Juan se sienta cerca de la mesa; Doña Carmen separa los hongos por tiposlos boletus en un bol, las chanterelles en otromientras Don Antonio saca su cuchillo plegable para despiezar con delicadeza las setas de chopo.
El anochecer avanza rápido, pero el hogar se siente especialmente cómodo. Juan narra su aventura, describe los hongos encontrados y cuenta cómo llamó al abuelo en el bosque. Los mayores escuchan atentos, sin interrumpir, y Juan siente que ahora forma parte de esa tradición familiar. Sobre la mesa reposa una tetera humeante, el aroma de los hongos y el pastel llena la estancia. Afuera se oscurece, pero dentro reina la luz, la calma y la satisfacción de haber superado una pequeña prueba, juntos.







