Tras la fábrica: Historias de vida y trabajo en la España industrial

Tras la fábrica

El calor del verano se mantenía en la ciudad, aunque al atardecer el sol desaparecía tras las líneas de los edificios de nueve plantas y el aire se volvía más fresco. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y en el alféizar había un cuenco con tomates y pepinos cortados el aroma del mercado frescor impregnaba la casa. Desde fuera llegaban voces: alguien discutía junto al portal, unos niños jugaban al fútbol en el asfalto y, desde el piso de al lado, se escuchaban risas apagadas.

Lucía Serrano, ingeniera con veinte años de experiencia, estaba sentada a la mesa de la cocina mirando su viejo móvil. Desde la mañana, los grupos de WhatsApp del barrio no hablaban de otra cosa: ¿qué pasaría con la fábrica? Los rumores se multiplicaban unos decían que habría despidos, otros que la empresa se vendería. Pero hoy la inquietud se sentía más fuerte que nunca. Su marido, Alejandro, cortaba pan en silencio. Siempre había sido un hombre de pocas palabras, sobre todo cuando el tema era el trabajo.

¿Crees que de verdad la cerrarán? Lucía intentó mantener la voz serena, pero le tembló.

Alejandro se encogió de hombros. No sabía mentir, ni siquiera para calmarla.

Si no quisieran cerrarla, ya lo habrían anunciado. Los retrasos con el sueldo no son casualidad

Lucía se dio cuenta de que contaba los días de una nómina a otra. Hacía apenas un mes hablaban de reformar el baño, y ahora la casa estaba llena de preguntas: ¿llegaría el dinero para la compra? ¿Cómo pagarían las facturas?

Por la noche llegaron los hijos: la mayor, Marina, tras su turno en la farmacia, y su hijo Hugo, que acababa de volver de Madrid, donde estudiaba logística. Trajo bolsas de la compra y una carpeta con papeles.

En el SEPE dicen que si cierran la fábrica, habrá cursos para los nuestros. Ya están haciendo listas

A Lucía le molestó ese «para los nuestros». Como si ahora todos fueran un número más y tuvieran que aprender a vivir de nuevo.

La cocina se llenó de voces: cada uno hablaba de sus cosas, interrumpiéndose. Marina se quejaba de los precios en la farmacia, Hugo proponía buscar trabajo en un nuevo almacén al parecer necesitaban gente para gestionar el inventario.

En ese momento, la televisión emitió el jingle de las noticias locales. Todos enmudecieron. En la pantalla apareció la alcaldesa:

La fábrica suspende su producción. En sus terrenos se construirá un centro logístico

El resto de las palabras se perdieron en un zumbido. Lucía solo veía las caras de su familia: Alejandro apretó los labios, Marina miró por la ventana, Hugo se quedó inmóvil con la carpeta en las manos.

Alguien cerró de golpe la puerta del portal las noticias ya corrían más rápido que los comunicados oficiales.

Esa noche, Lucía dio vueltas en la cama sin dormir. Recordaba su primer día en la fábrica: el miedo a equivocarse con la máquina, el orgullo de su insignia como «empleada ejemplar». Ahora todo parecía parte de otra vida. Por la mañana, sacó sus documentos el título de ingeniería, la vida laboral y fue al SEPE. Afuera hacía un calor abrasador incluso para junio; el aire olía a hierba y polvo del camino.

En la cola reconoció caras conocidas: el antiguo encargado, Martínez, la contable del edificio de al lado. Todos intentaban mostrarse optimistas bromeaban sobre «empezar de cero», pero sus ojos estaban igual de cansados.

Ofrecen cursos de logística o de operario de almacén También hay uno de informática para los que quieran Martínez hablaba alto, como si tratara de convencerse a sí mismo.

Lucía se apuntó a logística. No porque fuera su sueño, sino porque quedarse en casa sin hacer nada le daba más miedo que reinventarse.

Alejandro llegó por la noche con un folleto: «Trabajo en turnos en la construcción de un gasoducto». El sueldo era casi el doble que en la fábrica. Pero dos semanas en casa, un mes lejos de la familia.

La discusión en la cena estalló de repente:

¡Me voy al norte! ¡Aquí no hay nada que hacer! Alejandro alzó la voz por primera vez en años.
¡Podemos unirnos al nuevo proyecto! La ciudad está cambiando Hugo dice que necesitan gente para el centro logístico Lucía intentaba mantener la calma.
¡Ya hemos oído muchos proyectos! ¡El dinero hace falta ahora!

Los hijos se miraron: Marina apoyó a su madre, Hugo intentó explicar las oportunidades. La familia se dividió en dos en cuestión de minutos.

Más tarde, las ventanas seguían abiertas; el olor a patatas fritas llegaba de otros pisos, y los adolescentes charlaban en la calle. Lucía se sentó en el balcón con el móvil, quiso llamar a Alejandro pero él había salido a caminar solo.

El conflicto pesaba como un muro entre ellos: él decidido a irse, ella pensando por primera vez en quedarse por el nuevo proyecto. Cada uno había elegido su camino, y ninguno estaba dispuesto a ceder.

Alejandro se marchó tres días después. La noche antes, guardó su ropa en una maleta en silencio, mirando de vez en cuando al balcón, donde Lucía permanecía de pie, observando la calle. Hugo le ayudó a doblar la ropa de abrigo y las botas de trabajo, aunque el calor no amainaba. Marina bromeó sobre «la nueva vida», pero su voz sonaba forzada. Sobre la mesa había folletos de rutas, una oferta del centro logístico y los papeles del SEPE.

Por la mañana, Lucía acompañó a Alejandro hasta el autobús. En la plaza se reunió mucha gente algunos viajaban con él, otros despedían a familiares. Él la abrazó con fuerza, torpemente, como siempre. Sus ojos estaban cansados, pero la determinación no flaqueaba. El autobús arrancó con un ruido seco y ella se quedó allí, inmóvil, viéndolo desaparecer tras una cortina de calor. Regresó a casa caminando despacio, con el sol ya alto sobre los tejados. Al abrir la puerta, el olor a café recién hecho la recibió. Hugo estaba en la cocina, revisando un plano del nuevo centro logístico. Mamá, empiezan las inscripciones hoy dijo sin levantar la vista. Ella asintió, se quitó los zapatos y se sirvió una taza. Luego sacó su carpeta, la abrió sobre la mesa y marcó con un círculo rojo la fecha del primer curso. Afuera, los niños seguían jugando al fútbol, y en el alféizar, los tomates empezaban a madurar.

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