**Ver oportunidades**
El día comenzó con el sonido familiar del despertador, que rompió el silencio de la habitación a las siete y media. Laura se desperezó, sintió el fresco matinal y buscó torpemente las zapatillas bajo la cama. La luz del día se filtraba por la ventana, clara pero sin brillo, como si solo marcara el inicio de otra jornada más. Caminó hacia la cocina, pasando junto al sillón con una manta doblada con cuidado, y encendió la tetera eléctrica sin pensar, como si sus movimientos los controlara alguien más.
Mientras el agua hervía, abrió el teléfono: su pantalla se llenó de caras conocidas, logros ajenos, invitaciones a eventos que parecían no ser para ella. La fría superficie de la mesa bajo su palma le recordó que la calefacción ya estaba apagada algo habitual en primavera, cuando el sol aún no calienta lo suficiente. El tazón de avena de siempre, el que comía cada mañana con la misma cuchara de cerámica, se enfrió más rápido de lo normal. Sin sabor, sin placer.
El último mes había sido igual. La ducha matutina sin prisa. El teletrabajo: llamadas con compañeros, correos breves al jefe, pausas esporádicas para el café junto al balcón. Desde la ventana se oían las risas de los niños en el patio, tan libres y despreocupadas que parecían pertenecer a otra vida. Por la tarde, a veces salía a caminar alrededor del edificio o compraba algo en el supermercado de la esquina. Todo formaba parte de un ciclo monótono, sin color ni emoción.
Las últimas semanas, la sensación de estancamiento se había vuelto casi física. Ni la gente a su alrededor ni su propia fatiga la irritaban; lo que la consumía era la certeza de que nada cambiaba. Recordaba sus intentos fallidos: cursos online abandonados a las dos semanas, rutinas de ejercicio dejadas tras tres sesiones. Todo le parecía demasiado difícil o simplemente no era para ella. A veces, una pregunta la asaltaba: ¿y si siempre sería así?
Esa mañana, mientras desayunaba, se sorprendió mirando fijamente por la ventana. En el patio, un hombre de mediana edad ayudaba a un niño a montar en patinete. El pequeño rio con una carcajada contagiosa; el padre lo miró con una alegría tan sincera que algo dentro de Laura se estremeció. Apartó la mirada: esos momentos siempre le parecían ajenos, como postales de la vida de otra persona.
La jornada laboral transcurrió como siempre: informes, llamadas sin sentido ni resultados. Después de comer, salió a enviar unos documentos a Hacienda. Hacía más calor del que esperaba; el asfalto ardía bajo sus pies, y el aire temblaba con el calor. En los bancos de la urbanización, mujeres mayores comentaban las últimas noticias, alguien alimentaba a las palomas con migas de pan. Madres jóvenes y adolescentes con móviles ocupaban el resto de las zonas comunes.
De regreso, una mujer con un ramo de lilas brillantes le sonrió con tanta calidez que parecían conocerse de toda la vida. Laura le devolvió el gesto casi sin pensar. Al alejarse, esa sonrisa le dejó un eco cálido en el pecho, una sensación inesperadamente agradable.
Por la noche, entre mensajes de trabajo, encontró una invitación: «¡Laura! Este sábado hay un taller de collage con revistas cerca de tu casa. ¿Vienes? Llevaremos café». Era de Marta, una excompañera de la universidad con la que apenas hablaba. Antes, Laura lo habría rechazado sin dudar. Pero esta vez su dedo se detuvo sobre la pantalla un instante más.
Las excusas habituales asomaron: «Será incómodo decir que no», «Seguro que todos se conocen», «No tengo ni idea». Pero también una débil chispa de curiosidad. El taller era gratis podría ir solo para observar.
Más tarde, salió al balcón. El aire olía a hierba recién cortada, y alguna fiesta lejana ponía música de fondo. En las ventanas de enfrente, la gente cenaba bajo la luz de las lámparas, sacaba la basura o hablaba por teléfono. La ciudad despertaba tras el invierno: más voces, más ventanas abiertas.
Laura se quedó allí mucho rato, preguntándose cuándo había dejado de aceptar invitaciones. ¿Había cambiado el mundo, o era ella? La sonrisa de la desconocida y el mensaje de Marta parecían conectarse, como señales en una misma dirección.
Al día siguiente, el trabajo la consumió hasta la noche. Todo le resultó gris, incluso la voz de su jefe por videollamada. Decidió salir a caminar sin rumbo.
En una esquina, se topó con un antiguo compañero de la facultad Javier. «¿Laura? ¿Vives por aquí? ¡Qué casualidad!», dijo sorprendido. Hablaron un rato. Javier estaba entusiasmado con un nuevo proyecto de voluntariado: organizarían charlas gratuitas en los patios del barrio.
«¿Tú sabes escribir, no? Nos falta alguien con experiencia en redacción. ¡Ven mañana a la reunión!». Laura se rio nerviosa: «Hace años que no escribo para otros…». Pero Javier insistió: «¡Pues es el momento de retomarlo!».
Se marchó rápido, dejándole una mezcla de vergüenza y una esperanza que no esperaba sentir.
En casa, las ideas no la dejaban quieta. Dos días seguidos de pequeñas coincidencias: la sonrisa de la desconocida, el mensaje de Marta, el reencuentro con Javier. Como si la vida le susurrara que saliera de su burbuja.
Abrió el chat con Marta y escribió «¡Voy!», enviándolo antes de arrepentirse. El corazón le latía más rápido, las manos le temblaban levemente.
Esa noche no podía dormir. En lugar de ansiedad, sentía anticipación. Imaginaba el taller, la reunión de voluntarios…
Por la mañana, el sol brillaba con fuerza sobre el asfalto. En la parada, una mujer llevaba macetas; un niño sujetaba globos de colores. Laura volvió a casa con prisa tenía trabajo, pero su mirada cayó en una libreta vacía junto al portátil. Tomó un bolígrafo y escribió:
*¿Qué pasaría si lo intento? ¿Adónde me llevaría este paso?*
Esas palabras le parecieron más importantes que todo lo demás en meses.
Marta confirmó el taller: quedaban en la biblioteca junto al parque. Javier recordó la reunión de voluntarios. El corazón de Laura se aceleró, pero esta vez no quiso esconderse.
Antes de salir, se miró al espejo. Optó por unos vaqueros claros y una camisa beis, el pelo recogido con naturalidad. Lo importante era no sentirse fuera de lugar.
Al caer la tarde, salió de su edificio. El aire olía a tierra mojada y a algo dulce, quizá helado derretido. En el patio del sexto edificio, el grupo de voluntarios ya debatía en voz alta. Javier la saludó como si su presencia fuera lo más normal. Eso la tranquilizó.
Escuchó las ideas para las charlas. Un chico con barba pelirroja le preguntó su opinión sobre los títulos de los carteles. Al principio, dudó, pero dio un par de sugerencias. «Claro y directo así me gusta», dijo alguien.
Cuando llegó el turno de asignar tareas, Javier preguntó: «Laura, ¿podrías escribir una nota sobre el primer evento?». Asintió, sorprendida por su propia decisión. Hacía años que no publicaba nada, pero el miedo se desvaneció ante el apoyo del grupo.
La velada se alargó entre risas y anécdotas. Laura se descubrió riendo sin filtros. Ya de noche, caminó de vuelta bajo farolas que dibujaban sombras alargadas. La ciudad respiraba tranquilidad.
A la mañana siguiente, se despertó temprano, con frases para el artículo dando vueltas en su mente. Redactó un borrador rápido y se lo envió a Javier. La respuesta llegó al instante: «¡Genial! Justo este tono nos faltaba». Sonrió: sus palabras importaban.
Por la tarde, se reunió con Marta en la biblioteca. Los participantes del taller cortaban revistas, compartían tijeras. Marta la presentó: «Mi compañera de la uni ¡es supercreativa!». La halagó, aunque le dio vergüenza.
Al principio, le temblaban las manos al recortar imágenes. Pero pronto se sumergió en las historias de los demás: viajes, planes de verano… Eligió fotos de un parque florecido, una frase que decía «Cambia tu mirada» y gente sonriendo. Su collage quedó imperfecto, pero lleno de vida.
«¡Qué energía tiene el tuyo!», comentó una mujer. Marta propuso fotografiarlos para el grupo. Por primera vez, Laura compartía algo suyo.
Quedaron en repetir el taller para hacer postales veraniegas. «¿Vendrás?», preguntó Marta. «Claro», respondió sin dudar.
Esa noche, con una taza de té caliente, anotó en su libreta: «Escribir el segundo artículo», «Hacer otro collage», «Quedar con Marta». Afuera, una lluvia ligera oscureció el asfalto.
Pensó en lo rápido que todo podía cambiar si uno dejaba de ver obstáculos y empezaba a ver oportunidades. Agradeció a Marta, al equipo de voluntarios, a sí misma por dar el paso.
Escribió una última nota:
*No esperar a que llegue la inspiración. Crearla.*
Esa frase sería su brújula.
El verano llegaba cargado de planes: el artículo para el portal local que Javier le propuso, un curso de diseño gráfico online… Por primera vez en mucho tiempo, Laura se sentía parte de algo.
Cuando anocheció, abrió la ventana de par en par. El aire cálido entró sin prisa, llevándose consigo el olor a tierra mojada y a vida que empezaba a renacer. Las luces del barrio titilaban como si celebraran su decisión, y en la distancia, alguien reía, una guitarra sonaba. Laura respiró hondo, apoyó las manos en el alféizar y sonrió. No tenía todas las respuestas, pero ya no las necesitaba. El mundo seguía, y esta vez, ella iba con él.







