20 de octubre de 2025
Querido diario,
¿Qué haces aquí? preguntó Lucía, recelosa, al verme aparecer en la entrada de nuestro edificio.
He vuelto, como ves le respondí, sonriendo mientras señalaba las maletas que llevaba.
¿De repente? arqueó la cabeza, como quien no entiende. Hace seis meses que nos separamos.
Lucía, no puedo seguir así suspiré con peso. Cada vez que pienso que te he abandonado, mi alma se desgarra. Siento el corazón a punto de romperse, y me duele verte sufrir.
¿Y yo sufro? replicó ella.
Al menos no tendrás que fingir delante de los demás, diciendo que mi marcha no significó nada y que tú sigues perfectamente bien.
Yo sé lo dura que es la situación: una madre sola y un niño.
Mmm murmuró pensativa Lucía.
¿Has cambiado la cerradura? lancé, sacudiendo un manojo de llaves. Seguro que se ha roto. Esa es la prueba de que no la lubricé a tiempo.
Lucía guardó silencio. La incomodidad del momento se vio interrumpida por el sonido del ascensor que se detuvo en nuestro piso.
¿Papá? preguntó nuestro pequeño Santiago, desconcertado.
Sí, hijo me senté y abracé a los dos. Voy a volver a vivir con vosotros. Ven, dame un abrazo.
Santiago dudó, miró a su madre, y ella asintió con la cabeza, dándole su permiso.
Vale dijo Lucía entra, que ya verás.
Yo entré como quien vuelve a su casa, pero llegué a la cocina como invitado.
En el recibidor había una nueva repisa para las llaves y una cómoda para los zapatos. El foco de la entrada era otro, y las puertas interiores lucían renovadas.
Cuando Lucía pasó por el baño siguiendo mis pasos, pulsó el interruptor de la luz.
¿Qué es esto? pregunté.
¿Recuerdas que siempre estaba húmedo? recordó ella. Instalé una extracción para no tener que dejar la puerta abierta.
Son unos veinte minutos no importa desechó Lucía. ¿Quieres té o café?
Prepara el café, por favor me senté en un taburete nuevo.
Lucía sacó una cápsula del frasco, la colocó en la máquina y pulsó el botón.
Me cambio de ropa sonrió.
No hay problema le respondí con un gesto tranquilo.
En la cocina no solo había taburetes y cafetera; las ollas también eran distintas, el azulejo decoraba la encimera en vez del adhesivo que yo había pegado años atrás, y junto al fregadero colgaban nuevos ganchos para las toallas.
Cuando Lucía regresó vestida con chándal deportivo, yo noté que su ánimo había cambiado respecto a cuando llegó por primera vez.
¿Y ese hombre? le lancé con tono acusador.
¿Quién? no entendió Lucía.
¡Dime quién es el tipo que has traído a casa! ¡Necesito saber quién cría a mi hijo! Además, ¡todavía no estamos divorciados!
Bebe tu café respondió Lucía con una sonrisa.
¡Mira a ella! exclamé. La he compadecido, he vuelto, y ella está ocupada con ¡y todo con un marido vivo! ¡Lucía!
¡Bebe el café! se escuchó mi voz como orden.
¡Te verteré este café sobre la cabeza! salté de un brinco. ¡Exijo respuestas!
—
Hace seis meses Lucía decidió que su vida había acabado. Fue un golpe que no pudo encajar en otra cosa.
Lucía, creo que nuestro matrimonio se ha agotado dije entonces. Ya no quedan los sentimientos ni el calor de antes.
Nada nos unía ya. Vivir juntos solo por el hijo me parecía una gran sacrificio.
¿Divorciarnos? preguntó ella temblorosa.
Propongo que no precipitemos nada respondí. Puede que esté equivocado, pero por ahora vivamos por separado. No prometo visitas, pero si lo necesitas, llámame.
Solo te pido que no insistas en llamarme constantemente; quizás ya tenga una nueva vida.
Ese fue otro golpe. El silencio de Lucía lo interpreté de otra forma.
No solicites la pensión alimenticia oficialmente, no necesitamos esa burocracia. Te asignarán al menos quince euros al mes.
Así que te daré esa cantidad ahora, y luego la transferiré cuando llegue mi sueldo. Todos somos adultos, cada uno debe sustentarse. Yo cubriré mi parte para el hijo, así que no te ofendas.
Lucía se sentía perdida entre el cielo y la tierra. Nueve años de matrimonio, que ella consideraba feliz, se desmoronaron en un instante.
No encontraba razones concretas; todo parecía estar bien.
¿Por qué tomó Lucía la decisión de que su vida había terminado? Porque, en su vida adulta, sólo existía el matrimonio. Su independencia comenzó cuando terminó la universidad y, con la ayuda de mi familia, organizamos la boda.
Yo la acompañaba a entrevistas, ayudaba con los trámites y a la comisión médica para conseguir trabajo. La llevé al hospital cuando estaba embarazada y asistía a la consulta prenatal. Incluso estuvimos en un parto compartido, aunque no era obligatorio, yo insistí.
Un padre debe aceptar a su hijo en este mundo le dije, cuando la llevé a casa con nuestro pequeño después del parto.
Los arreglos y la nueva decoración fueron bien recibidos; no teníamos hipoteca, pues los padres de Lucía le dejaron una vivienda heredada de una tía, con lo que pudimos financiar la reforma y el mobiliario.
En cuanto a los roles sociales, todo era normal. Yo le permitía encargarse de la casa, pero también hacía tareas cuando ella me lo pedía. Mis padres y los de Lucía se llevaban bien, y cada fiesta reunía a toda la familia alrededor de una gran mesa sin discusiones.
Cuando nuestro hijo creció, Lucía volvió al trabajo y yo cambié mi horario, dejándola ir y volver sola. Mi padre le regaló su coche y pagó sus clases de conducir. Si había algún problema con el vehículo, ella me pedía que lo llevara al taller, aunque yo prefería evitar los talleres por los recargos excesivos.
Lucía siempre resolvía los asuntos domésticos por sí misma; yo intervenía sólo cuando era imprescindible. En el trabajo, ella había escalado dos peldaños en cinco años, y yo celebraba sus logros.
Así que mi ausencia fue un vacío que la dejó desorientada. Buscó en mí una guía que ya no estaba.
Mis padres notaron su decaída; mi madre se preocupó y mi padre, Antonio, tomó la iniciativa de hablar con ella.
Hija, la vida trae muchas cosas me dijo Antonio cuando escuchó su tristeza pero no es motivo para perder la ilusión. No es fácil entenderlo, pero la vida no se detiene.
Papá, todo se me cae de las manos sollozó Lucía. No tengo fuerzas ni ganas de nada.
Lucía, mamá y yo siempre te apoyaremos. Eres lista y valiosa; no nos decepciones.
Sus palabras me calmaron y, poco a poco, Lucía empezó a reorganizar su vida.
Como en una ecuación, borró a Víctor del problema y empezó a resolverla sola. Descubrió que no necesitaba limpiar todos los días; el orden se mantenía entre cuatro y siete días. La ropa sucia disminuyó, el detergente duraba más. Ya no necesitaba cocinar tres veces al día; bastaba con una comida cada dos días, mucho menos que antes.
Financieramente, aunque había perdido mi sueldo, los quince euros de la pensión y mi salario sobraban; al final del mes quedaban veinticinco euros de sobra.
¿Habrá alguna cosa que haya pasado por alto? me pregunté.
Todo encajaba, y la casa tenía lo necesario.
Con el dinero sobrante pude cambiar las puertas de los cuartos; los instaladores llegaron sin problemas y, tras retirar las antiguas, dejaron todo limpio. Pensé en cuánto me habría costado hacerlo yo mismo, pero la solución fue rápida y barata.
Compré una repisa para las llaves, un nuevo foco para el recibidor y una cómoda para los zapatos. Por un momento consideré invitarte a ti, Víctor, a que nos ayudaras a montar todo, pero recordé que me habías pedido no insistir.
¿Un hombre por una hora? me pregunté. ¿Por qué no?
Un reparador llegó, escuchó la tarea, y en una hora dijo:
Todo listo. He limpiado la humedad del baño, ¿no temes que aparezca moho?
Es un problema eterno contesté. Solo dejo la puerta abierta.
Podemos instalar una ventilación sugirió. Con el conducto que ya tienen, bastaría una extracción y un interruptor. Media hora y pocos euros.
¿Lo puede hacer usted? pregunté.
Mañana por la tarde le viene bien?
Así, sin lamentos, la mejora se hizo fácil y barata.
Los vacaciones de Santiago estaban próximas, y decidí llevarlo a casa de mi madre, no a la de Lucía, pues aun no había rencores con mi suegra. Pasamos un buen rato, charlando sin levantar polémicas, incluso la hermana de mi madre estuvo presente, y comentamos las últimas noticias del espectáculo.
Tres días después, regresé con la determinación de decir: «¡He vuelto!»
Podías demandarme cuando eras mi esposa contestó Lucía. Ahora solo toma tu café y lárgate.
¡No me iré! grité. Sigo siendo tu marido. Volví, volví a casa, y te tuve piedad para que no desaparecieras sin mí.
Como ves sonrió Lucía no he desaparecido. Eres mi marido solo en papel, pero eso se puede arreglar pronto.
Yo la miraba sin comprender cómo podía ser eso posible.
Si no quieres café, vete le di la espalda, como quien sacude una mosca. Tengo que ayudar a mi hijo con los deberes.
Al final de todo, comprendí que el orgullo y la rabia solo nos hacían daño.
**Lección personal:** A veces el regreso no basta; hay que acompañarlo con acciones que demuestren cambio real, y aceptar que el amor se construye día a día, no con palabras vacías.







