Todo claro, lo entiendo contesto Víctor con un suspiro. ¡Nos echan de la propia casa!
¡Víctor, vamos a ir a tu casa con mamá! dice Begoña por teléfono a las tres de la madrugada.
No hace falta que vengáis, responde adormilado Víctor, ¡estamos durmiendo!
Víctor, no estamos de broma. Necesitamos una cama para mamá y una litera para mí, ¡busca una! reclama Begoña, visiblemente molesta.
No tenemos literas y todas las camas están ocupadas dice él, bostezando contagiosamente.
¿Estás de broma? grita su hermana al otro lado del auricular.
Hermana, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué llegáis a mitad de la noche? Tenéis vuestro propio piso, ¡id a dormir allí!
¡Víctor! corta Begoña con voz áspera. ¡Tienes que dejarnos pasar! ¡No tenemos a dónde ir!
¿Qué ha pasado? pregunta Víctor inocente, empujando a su esposa.
Cubre el teléfono con la mano y dice: Alicia, ¡mamá y la hermana están aquí! ¡Quieren venir de visita!
¿No pudieron venir en otro momento? pregunta Alicia medio dormida.
Me alegra que pensemos lo mismo sonríe Víctor.
Begoña sigue insistiendo, intercalando sus palabras con suspiros y gritos.
¡Y ahora, claro y rápido! exige Víctor.
Víctor, ¡las puertas se han atascado!
¿Mucho? pregunta él.
Primero la cerradura se pegó, luego la puerta se torció y no quería cerrar, y cuando la empujé con el hombro, quedó completamente trabada, ¡la cerradura no gira! responde Begoña, empezando a sollozar. ¡Estábamos con mamá en el portal en pijama! Somos vecinas, ¿sabes lo problemáticas que son?
Qué interesante ríe Víctor de buen humor. ¡Las retribuciones de la puerta os han alcanzado!
Su esposa, que escucha la charla, sacude la cabeza teatralmente, tapándose la boca para no bostezar. En realidad quiere reírse en voz alta, pero no interrumpe al marido.
Víctor, tendremos que esperar al amanecer y luego llamar al cerrajero. Llama un taxi y paga con tarjeta, que el dinero está en el piso.
Entonces, ¿vais a esperar o a ir? aclara VíVictor.
¡No seas tonto! grita Begoña. ¡Estamos sentadas como dos gallinas bajo estas malditas puertas!
En la infancia los padres aman a sus hijos por igual y les dan todo lo que pueden. Cuando crecen, aparecen los favoritos, unos reciben más y otros menos. Lo mismo ocurre con los cuidados.
Cuando Víctor se dispone a casarse, su hermana menor Begoña levanta inmediatamente el tema de que él y su joven esposa no deban vivir en el piso compartido.
Víctor, para ti ella es esposa y para mí tía ajena. Yo, por cierto, tengo mi propia casa y quiero caminar, hablar y hacer lo que me apetezca.
¿Y quién te lo impide? sorprende Víctor.
Solo el hecho de que haya otra persona bajo el mismo techo me incomoda comparte Begoña, citando alguna sabiduría de internet.
¿Incomodidad? frunce el ceño Víctor. Alicia y yo vamos a la oficina todos los días. Por la mañana todavía dormís, por la noche ya hemos cenado y nos vamos a nuestra habitación.
Claro, claro murmura Begoña. ¿Y no vais al baño, haréis tus cosas en el bolsillo? Yo quizás esté en el gimnasio en ese momento.
Créeme, no habrá nada emocionante para nosotros aquí comenta Víctor. ¿Y quién te va a observar?
¡Víctor! grita Begoña, llamando a su madre. ¡Dile! ¿Para qué necesitamos a una mujer ajena en la casa?
Begoña dice Doña Carmen, la madre , ella es la esposa de Víctor, pero para nosotras es una nuera. Y eso es casi familia.
Es familia lejos, pero por la ley es una extraña. ¡Mamá, no quiero vivir como en una comunidad!
Doña Carmen, como siempre, muestra más cariño a su hija porque le recuerda al esposo que la abandonó con sus dos hijos. Se pone del lado de Begoña, aunque con delicadeza:
Víctor, te queremos, pero a Alicia casi no la conocemos. Nos conoceremos, pero iniciar la relación con una convivencia es algo raro. Además, ¡eres hombre! No puedes vivir colgado del cuello de tu madre. Tenéis hijos y Begoña sigue joven. Puede que de noche llegue gente o que organice una reunión en casa, y entonces los niños provocarán discusiones.
Todo claro, lo entiendo repite Víctor, melancólico. ¡Nos echan de la propia casa!
Víctor, nadie te echa dice su madre. Simplemente no queremos problemas cuando pueden evitarse.
Puedes vivir sin esposa afirma Begoña, pero con ella, ¡seguí tu propio camino!
Alicia percibe enseguida que algo no cuadra entre Víctor, su madre y su hermana, pues después de la boda habían pensado en vivir con ellos para ahorrar el pago inicial del piso. Tres semanas antes del enlace, Víctor traslada sus cosas a un piso alquilado y lleva allí a su joven esposa.
Alicia comprende la situación pero no interviene. Ella tampoco está entusiasmada con la idea de convivir con la familia del marido, aunque por Víctor está dispuesta a aguantar lo necesario.
No salió como esperábamos, y bien comenta a su amiga. Víctor anda triste.
Alicia, no te metas en esos asuntos aconseja su amiga Carla. Así no te agobias y te mantienes sana.
Yo lo haré, pero a Víctor le cuesta mucho.
Por eso eres esposa, para apoyarle. Ahora eres su familia, y los demás solo son parientes.
Tal vez Víctor sea conciliador, pero el resentimiento se desvanece rápidamente porque la vida familiar le arrebata el tiempo. Necesitan organizarse, y Alicia le regala un hijo.
No hay a dónde correr dice él, abatido. No vamos a reunir nada más. Solo iremos a ratos, pero no podremos ahorrar.
Yo pienso igual replica Alicia. Cuando llegue el pago obligatorio, sea que quieras o no, tendrás que hacerlo.
Solicitan una hipoteca a treinta años. Querían veinte, pero una cuota más larga les robaría cualquier ocio. Cuatro años después del nacimiento de su primer hijo, Tomás, la alegría se desvanece. El segundo, Rodrigo, llega con un grito de bienvenida.
¡Nada! dice Víctor. ¡Lo superaremos!
Claro, cariño responde Alicia. ¿A dónde nos iremos?
Cuando el hijo menor cumple cinco años, Víctor consigue dos entradas para un club de vacaciones. Rara vez se van de vacaciones, apenas a la aldea de los familiares, y el trabajo en el huerto tampoco se considera ocio.
¡Alicia! Hay piscina, tratamientos, discoteca para mayores de treinta, cinco comidas al día, ¡todo de lujo!
¿Y los niños?
Por un pequeño suplemento se pueden llevar, aunque tal vez prefiramos descansar sin ellos.
¿Los dejamos encerrados en una cámara o los llevamos a la casa de mi madre? pregunta Alicia con una sonrisa.
Esa broma sobre cámaras y llevar a la madre al pueblo es solo humor, porque ella no vigilaría a los niños; el trabajo, el huerto y la casa la ocupan. Los encerraría en una habitación con televisor y les daría la comida a horario.
Mamá pide Víctor, ¿puedo llevar a los niños a tu casa una semana? Alicia y yo queremos irnos de vacaciones.
¿Y a dónde vais? pregunta Begoña, sin dejar que su madre abra la boca.
Al sanatorio fuera de la ciudad contesta Víctor. Llevamos ocho años sin descansar de verdad.
Entonces, ¿nos tocamos los niños a los bandidos mientras vosotros estáis en el sanatorio? se indigna Begoña. ¡Qué perspectiva!
Mamá insiste Víctor, dirigiéndose a ella y no a su hermana son chicos tranquilos. Solo hay que alimentarlos, comprobar que vayan bien vestidos y acostarlos a la hora. Por lo demás se arreglan solos.
Vaya, reflexiona Doña Carmen.
¡No, Víctor! responde Begoña por su madre. Hace poco terminamos la reforma, cambiamos los muebles, ¡y eso cuesta un ojo de la cara!
¿Y ahora mis hijos van a destrozar todo? ¿Y tendrás que compensar? Además, a veces viene un hombre a mi casa. ¡Aquí siempre faltan niños!
¡Mamá! exclama Víctor, perdiendo la última esperanza.
Hijo, la reforma es reciente y Begoña está arreglando su vida. Vosotros sois una familia, decidid vuestros asuntos.
Gracias, mamá dice Víctor despacio.
Se van al sanatorio con los niños y, durante un tiempo, Víctor no menciona a su familia. Se herida.
Una crisis inesperada les obliga a acudir a sus parientes.
Mamá, Begoña, Alicia y yo nos han retenido el sueldo. Necesitamos pagar la cuota de la hipoteca urgentemente. ¿ Nos prestáis para tres o cuatro días? pide Víctor.
Hijo, no tenemos responde Doña Carmen, mirando a su hija.
Sí que tenemos dice Begoña, palmeando a su madre. ¡No te preocupes!
¡Me habéis salvado! suspira Víctor aliviado.
¡No! dice Begoña con firmeza. Tendrás que salvarte tú mismo; ese dinero lo hemos reservado para la puerta del edificio. El instalador llega en una semana; hay que adelantar el pago de la puerta y del trabajo.
Begoña, ¿qué pretendes? pregunta Víctor. ¡Solo pido cuatro días!
No sabemos cómo lo vas a pagar. Yo tengo que darle el dinero a la persona en una semana, y en cinco días él instalará la puerta y habrá que liquidar todo.
¡Tú pagarás, Begoña! se indigna Víctor. La situación es urgente, el crédito hay que pagarlo mañana y el sueldo llega pasado mañana. Lo llevo ahora mismo, o lo pongo en la tarjeta.
Hablas bonito, pero no voy a volar con la puerta. Si te retrasan, ¿qué hago?
Vamos al notario ahora y lo formalizamos, aunque tengas que firmar multas del mil por ciento.
Mientras tanto, tus multas llegan y la oferta de la puerta caduca, hermano, ¡adiós!
Víctor, como siempre, se las ingenia: lleva a su viejo amigo notario, paga antes de la fecha y, sin embargo, su madre y su hermana caen en la lista negra de su círculo.
Cuenta todo a Alicia, quien le responde con una frase que una vez leyó:
La persona sabia no se venga, sino que espere a que la vida la vengue por ella.
La espera no tarda mucho
¡Pues allí está! dice Víctor. No tengo dinero en la tarjeta y no me apetece buscar ayuda para los familiares.
¡Estás loco! ¿Somos tu familia?
Y la puerta comenta Víctor. Vuestra puerta ha sido el acorde final; ahora ya no tengo ganas de hablar con vosotros.
¡Qué vergüenza, hijo, tan bajo para vengarte! reprocha su madre.
No me estoy vengando replica Víctor. Finalmente empiezo a devolver deudas.
¿No nos habías quitado nada? pregunta Begoña, sin entender la indirecta.
Me habéis quitado vuestro trato, vuestra cariño y vuestra atención, lo que me dabais. Ahora os lo devuelvo en la misma medida.
Cuelga el teléfono. No era una venganza, sino una deuda que saldó.







