Un paso hacia el cambio

El salón de facturación estaba iluminado, pero la luz parecía cansada: las lámparas del techo emitían un resplandor blanco y uniforme que no aportaba calidez. Tras los amplios ventanales, un cielo gris y monótono del final del invierno; en el cristal de la entrada se distinguían las marcas secas de gotas de lluvia. La fila serpenteaba entre las cintas de separación. La gente avanzaba lentamente, mirando de vez en cuando los paneles digitales y los relojes sobre los mostradores.

Ángela estaba a mitad de la cola, sosteniendo una maleta pequeña y un bolso al hombro. Tenía cuarenta y cinco años, una edad de frágil equilibrio: mucho ya quedaba atrás, y lo que venía era incierto. Estaba acostumbrada a decidir por sí misma, aunque últimamente le costaba. Hoy no volaba por casualidad: la mudanza llevaba tiempo planeada, pero ahora había llegado el momento en el que dar marcha atrás era imposible. En la nueva ciudad la esperaba un piso alquilado vacío y un contrato temporal; aquí dejaba calles conocidas y algunos rostros de su vida pasada.

La fila avanzaba a trompicones: alguien discutía con la empleada del mostrador por el equipaje, detrás se oían conversaciones sobre horarios y escalas. Ángela revisó el móvil sin pensarun mensaje del agente inmobiliario seguía sin leer desde hacía horas.

Detrás de ella había una mujer algo mayor, quizá de unos sesenta. Llevaba una chaqueta oscura abrochada hasta el cuello, una bufanda bien ajustada y una bolsa de viaje con la etiqueta de la aerolínea. Intentaba mantenerse serena: su mirada iba de los paneles a los rostros de los demás en la fila.

Los ojos de Ángela se encontraron con los suyos justo cuando la cola se detuvo otra vez.

Disculpe ¿Va usted al mismo vuelo?preguntó la mujer en voz baja, señalando el panel.

Ángela bajó la vista a su billete:

A Zaragoza Vuelo doscientos cuarenta y ocho, salida nocturna. ¿Y usted?

Yo también. Pero no me acostumbro a todo este protocolorespondió la mujer, con una sonrisa tensa.

Ambas callaron: suficiente para un primer contacto entre extraños en medio de la espera. Pero la fila era compacta, sin prisa; a su alrededor, rostros cansados o indiferentes.

A la derecha, alguien ajustaba la correa de su maleta; a la izquierda, un joven se quejaba por teléfono a sus padres del retraso del vuelo anterior. La mujer detrás de Ángela se acercó un poco:

Soy Pilar Perdone la intrusión, es que siempre me pierdo en estas colas

Ángela esbozó una sonrisa leve:

No se preocupe Aquí todos estamos un poco perdidos. Yo misma aún me siento fuera de lugar cada vez

El silencio fue breve; a ambas les alivió el simple intercambio de palabras en medio de la masa anónima de pasajeros.

La fila avanzó otros treinta centímetros; dieron un paso al unísono, arrastrando sus pertenencias sobre la moqueta. Fuera, anochecía más rápido de lo deseado: marzo parecía ceder sin resistencia a abril.

En el panel apareció un anuncio: otro vuelo comenzaba a facturar. El suyo seguía en amarillo, sin cambios. «Toca esperar más», pensó Ángela, y las palabras se le escaparon.

Pilar respondió con suavidad:

Siempre me pongo nerviosa antes de volar Más ahora, con motivos extras para preocuparme.

Miró por encima de las cabezas de la gente, como buscando algo entre las siluetas.

Ángela, captando su mirada, se atrevió a preguntar:

¿Le espera alguien allí?

Pilar asintió, desviando la vista:

Mi hijo. Hace años que no nos vemos No sé cómo me recibirá. Pensaba que quizá era mejor no entrometerme en su vida, pero aquí estoy, volando. El corazón me late como si tuviera quince años.

Ángela escuchó sin interrumpir. Dentro de ella resonaba algo parecidono miedo, sino la expectativa de lo desconocido. De pronto, sintió que podía decir más de lo que solía permitirse con desconocidos:

Me mudo. También da miedo. Lo dejo todo aquí: costumbres, gente. Ni sé si podré empezar de nuevo.

Pilar sonrió con ironía:

Las dos dejamos algo hoy. Tú el pasado, yo quizá el orgullo. O el rencor.

Ángela asintió, sintiendo un hilo invisible entre ellasno de lástima, sino de reconocimiento.

Entonces, los altavoces anunciaron un retraso de veinte minutos. Un murmullo de quejas recorrió la sala; algunos buscaron asiento.

Ángela y Pilar siguieron de pie. Pilar se ajustó la bufanda, como reuniéndose con sus pensamientos:

Dudé mucho en venir. Mi hijo no escribía, y no sabía qué sentiría por mí ahora. A veces parece más fácil no cambiar nada que arriesgarse a otro rechazo.

Ángela sintió el impulso de apoyarla, aunque fuera con una mirada. Susurró:

A veces, el cambio es lo único que nos hace sentir vivos. Yo también temo no poder, que todo sea en vano. Pero si no lo intento, solo quedará el arrepentimiento.

Un silencio breve. El frío se intensificaba; la gente se abrigaba en bufandas, alguien sacó una manta. Fuera, ya era casi de noche, los reflejos en el cristal más nítidos.

Pilar habló, algo más fuerte:

Siempre creí que debía ser fuerte. No pedir, no molestar. Ahora veo que la fuerza quizá sea atreverse a dar el primer paso, aunque dé miedo.

Ángela la miró agradecida:

Yo siempre temí parecer débil. Pero quizá la debilidad sea negarse al cambio. Gracias por decirlo.

La cola adelgazaba, pero la tensión entre mostradores y pasajeros persistíaahora cansina, casi resignada. Ángela y Pilar seguían juntas: el silencio entre ellas ya no pesaba, sino que las unía. Ángela apretó la correa de su bolso, sintiendo la tela áspera. Pensó en lo fácil que había sido verbalizar sus miedosy en el alivio que traía.

Pilar miró el panel: el vuelo seguía igual. Respiró hondo y sonrió a Ángelaesta vez, sincera.

Gracias Por escuchar. A veces un extraño está más cerca que nadie.

Ángela asintiólo entendía hasta la médula. Un ruido sordo de maletas sobre el suelo rompió el momento: alguien corría hacia otro mostrador.

Los altavoces anunciaron: «Pasajeros del vuelo doscientos cuarenta y ocho a Zaragoza, puerta de embarque nueve». La sala se agitó: murmullos, el crujir de bolsas. Ángela miró su tarjeta de embarque y sintió un temblor en los dedosno de miedo, sino de anticipación.

Pilar sacó su móvil: en la pantalla, un mensaje sin enviar a su hijo. «Llego pronto», decía. Miró a Ángela:

Quizá deba dar yo el primer paso.

Añadió: «Si quieres recibirme, estaré contenta». Dudó un instante, luego lo envió y guardó el móvil. Su rostro se suavizó; Ángela casi la vio rejuvenecer.

La fila se movió hacia el control de seguridad. Voces y anuncios se mezclaron; alguien bostezó, envolviéndose en la bufanda.

Ángela alzó la vista al panel: Zaragoza seguía en amarillo, pero ya no la asustaba. Soltó el ancla de su pasadoquizá por las palabras de Pilar, quizá por su propia determinación, ahora más clara.

Llegaron al control de pasaportes. El flujo se dispersó: algunos pasajeros eran llamados para revisión; otros buscaban nerviosos sus documentos.

¿Nos veremos allí?preguntó Pilar, su voz temblándole de cansancio o emoción.

Ángela sonrió cálidamente:

¿Por qué no? Si quiere llamar o escribir

Sacó un boli y un folleto de la aerolínea, anotando su número:

Por si acaso.

Pilar lo guardó en su móvil en silencio; luego abrazó brevemente a Ángela:

Gracias por esta tarde

Ángela le apretó la manolas palabras sobraban en el bullicio previo al embarque.

Al separarse en la puerta nueve, ambas frenaron solo un instante: no había tiempo para mirar atrás. Otros pasajeros avanzaban hacia la pasarela; alguien corría con la mochila abierta.

Ángela se detuvo junto al cristal. Más allá de los reflejos, la aeronave brillaba bajo las luces de la pista. Respiró hondo: el aire era seco, frío por la corriente de la puerta de personal.

Sacó el móvil. Abrió el chat con un viejo amigo de su ciudad y escribió: «Me voy». Punto final, sin vacilaciones. Luego, otro mensaje al casero: confirmaba su llegada para mañana.

Pilar pasó el torniquete última en su fila. El viento de la puerta le desordenó la bufanda; se la ajustó antes de entrar al tubo de embarque. Su rostro se iluminósu hijo había respondido: «Te espero». Dudó un segundo, luego siguió adelante, sin mirar atrás, con la cautelosa seguridad de quien elige, pese a los años de silencio.

A sus espaldas, la sala se vaciaba. Las luces se apagaban en los mostradores; los últimos pasajeros cruzaban los controles. Solo quedaba el ruido lejano de la maquinaria en la pista, los pasos de los empleados en el suelo pulido.

Ambas mujeres se disolvieron entre los viajeros, llevando consigo su alivio, más allá de la luz artificial, hacia el nuevo día que aguardaba tras los cristales nocturnos del aeropuerto.

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