Noche antes del alba
Cuando a Begoña comenzaron los dolores, el reloj marcaba la una menos cuarto. El apartamento estaba sumido en una penumbra húmeda: fuera caía una llovizna fina, los faroles dibujaban sobre el asfalto manchas borrosas. Julián se había levantado del sofá antes que ella; no había dormido casi nada, se retorcía en la silla de la cocina, revisaba el bolso junto a la puerta y asomaba la cabeza por la ventana. Begoña yacía de lado, con la mano presionando el vientre, contando los segundos entre una ola y otra: siete minutos, luego seis y medio. Trataba de recordar la respiración del tutorial: inhalar por la nariz, exhalar por la boca, pero su ritmo se volvía irregular.
¿Ya? preguntó Julián desde el pasillo, la voz apagada porque la puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Parece se sentó con cautela al borde de la cama y sintió el frío del suelo bajo sus pies descalzos. Los dolores vienen más a menudo.
Todo el mes pasado se habían preparado para este momento: compraron una gran mochila azul para el hospital, metieron en ella todo lo de la lista que habían impreso de Internet. DNI, tarjeta sanitaria, tarjeta de intercambio, pijama de repuesto, cargador del móvil y hasta una tableta de chocolate por si acaso. Pero ahora ese orden parecía un castillo de arena. Julián revolvía papeles junto al armario, buscando los documentos.
El DNI está conmigo La tarjeta Aquí la tengo ¿Y la tarjeta de intercambio? ¿No la trajiste ayer? musitó rápidamente, como temiendo despertar a los vecinos a través de la pared.
Begoña se levantó con esfuerzo y se dirigió al baño; necesitaba al menos lavarse la cara. Allí olía a jabón y a toallas ligeramente húmedas. En el espejo se reflejaba una mujer con ojeras marcadas y el pelo despeinado.
¿Llamamos ya al taxi? gritó Julián desde el pasillo.
Vale Solo revisa una vez más la mochila
Los dos eran jóvenes: Begoña tenía veintisiete años y Julián acababa de cumplir treinta. Él trabajaba como ingeniero de proyectos en una fábrica de la zona, ella, antes del permiso de maternidad, impartía inglés en una escuela primaria. El piso era pequeño: cocinasalón y dormitorio con vista a la Gran Vía. Todo recordaba el cambio que se avecinaba: la cuna ya estaba montada en una esquina, con una pila de pañales al lado; una caja con juguetes de los amigos reposaba cerca.
Julián solicitó el taxi por la aplicación; el familiar icono amarillo apareció en la pantalla al instante.
El coche llegará en diez minutos
Trató de hablar con calma, pero los dedos temblaban sobre el móvil.
Begoña se abrigó con una sudadera sobre la camisón y buscó el cargador: el indicador mostraba dieciocho por ciento. Metió el cable en el bolsillo de la chaqueta junto a una toalla facial, por si lo necesitaba en el camino.
En el vestíbulo se percibía el olor a calzado y a la chaqueta ligeramente húmeda de Julián, todavía secándose tras el paseo de la tarde anterior.
Mientras se preparaban, los dolores se intensificaban y aparecían con mayor frecuencia. Begoña evitaba mirar el reloj; prefería contar inhalacionesexhalaciones y pensar en la carretera que les esperaba.
Salieron al hall cinco minutos antes de la hora prevista: la luz de vigilancia proyectaba una mancha pálida junto al ascensor, de donde surgía una corriente de aire que subía desde el suelo. En la escalera hacía fresco; Begoña se encogió la chaqueta y apretó contra el pecho la carpeta con los papeles.
En la calle, el aire era húmedo y frío, aun siendo mayo; las gotas de lluvia corrían por el alero de la puerta, los pocos transeúntes se apresuraban, cubriéndose con abrigos o encogiendo los capuchas. Los coches del patio estaban aparcados al azar; a lo lejos se escuchaba el retumbar sordo de un motor, como si alguien estuviera calentando el coche antes de una madrugada de trabajo. El taxi ya llevaba cinco minutos de retraso; el punto de llegada en el mapa se desplazaba lentamente: el conductor parecía dar vueltas entre callejones o esquivar algún obstáculo.
Julián revisaba el móvil cada treinta segundos:
Escribe: Dos minutos. Pero da la vuelta a una cuadra extra ¿Tal vez hay obras?
Begoña se apoyó en la barandilla del portal e intentó relajar los hombros. De pronto recordó la tableta de chocolate: metió la mano en el bolsillo lateral de la mochila y comprobó que estaba allí. Era un pequeño consuelo, algo familiar en medio del caos.
Por fin los faros surgieron detrás de la esquina del edificio: un Renault blanco frenó ante la entrada y se detuvo con precisión junto a la escalera. El taxista, un hombre de unos cuarenta y cinco años con rostro cansado y barba corta, abrió la puerta trasera y ayudó a Begoña a acomodarse con todo el equipaje.
¡Buenas noches! ¿Al hospital? ¡Entendido! Abróchense siempre
Habló animado, sin alzar la voz; sus gestos eran seguros, sin prisas innecesarias. Julián se sentó detrás del conductor; la puerta se cerró con un golpe un poco más fuerte de lo habitual y, dentro del coche, se mezcló el aire fresco con el aroma del café que aún quedaba en la taza térmica al pie del freno.
Al salir del patio, se toparon con un pequeño atasco: al frente brillaban las luces intermitentes de una máquina de obras que movía el asfalto bajo escasas lámparas nocturnas. El taxista subió el volumen del GPS:
Vaya, prometían terminar a medianoche. Ahora vamos por el callejón de al lado
En ese instante Begoña recordó la tarjeta de intercambio:
¡Alto! ¡He dejado la tarjeta en casa! ¡Sin ella no me admitirán!
Julián palideció:
¡Voy corriendo! ¡Estamos cerca!
El taxista miró por el espejo:
Tranquilos, ¿cuánto tardará? Yo os espero cuanto haga falta, todavía hay tiempo.
Julián salió del coche casi corriendo, salpicando charcos con cada paso mientras subía y bajaba las escaleras del portal. Tras cuatro minutos volvió sin aliento, con la tarjeta y el manojo de llaves en la mano; había olvidado la llave en la cerradura y había tenido que volver a subir. El conductor, en silencio, seguía mirando la carretera. Cuando Julián se sentó de nuevo, el taxista solo asintió brevemente:
¿Todo bien? Entonces seguimos.
Begoña abrazó los documentos contra el pecho, el próximo dolor la golpeó con más fuerza que antes; intentó respirar con los dientes apretados. El coche avanzaba lentamente por la zona en reparación; a través del cristal empañado se divisaban carteles mojados de farmacias 24h y siluetas escasas de peatones bajo paraguas.
En el habitáculo reinaba un silencio tenso: solo el GPS anunciaba cada desvío, mientras la calefacción crujía suavemente al calentar el parabrisas.
Después de unos minutos, el conductor rompió el silencio:
Tengo tres hijos El primero nació también de noche, y tuvimos que ir a pie al hospital: la nieve nos cubría las rodillas Pero después todo se convirtió en una anécdota.
Sonrió con los labios apenas curvados:
No se preocupen antes de tiempo Lo importante es llevar los papeles y agarrarse de la mano con fuerza.
Begoña sintió por primera vez en media hora una ligera calma; la voz serena del taxista le resultó más reconfortante que cualquier consejo de foros o grupos de apoyo para futuras madres. Miró a Julián, que también le devolvía una sonrisa tenue, aunque sus ojos mostraban la misma tensión.
Llegaron al hospital de maternidad un poco antes de las cinco de la mañana. La lluvia seguía rozando, pero ya no era insistente, como un golpeteo perezoso sobre el techo del coche. Julián fue el primero en notar una franja clara en el horizonte: la ciudad empezaba a bañarse en la pálida luz del alba. El taxista giró con delicadeza hacia la entrada y se detuvo donde había menos charcos. A su alrededor estaban dos ambulancias, pero aún había espacio para descargar rápidamente a los pasajeros.
¡Hemos llegado! exclamó el conductor, girándose. Les ayudo con la mochila, no se preocupen.
Begoña, con el abdomen presionado y la carpeta de papeles fuertemente apretada, se incorporó con dificultad. Julián salió primero, tomó a su esposa del brazo y la ayudó a pisar el asfalto mojado. En ese momento otro dolor la sacudió con tal intensidad que tuvo que detenerse y respirar despacio. El taxista tomó la mochila azul y se adelantó unos pasos.
Cuidado, está resbaladizo comentó sobre el hombro. Su voz sonaba como si fuera rutina, pero sin llegar a volverse monótona, como una parte más de la vida en la gran ciudad.
En la puerta del hospital se percibía el olor a tierra húmeda, a flores de los jardines y a producto antiséptico. Goteaba del toldo y caía a veces sobre la manga o la mejilla. Julián miró alrededor: no había nadie, solo una enfermera de guardia detrás de una puerta de cristal y un par de hombres con uniforme al fondo.
El taxista dejó la mochila junto a Begoña, se enderezó y, un poco avergonzado por su intervención, encogió de hombros:
Pues… mucha suerte. Lo esencial es no olvidarse el uno del otro. El resto se arreglará.
Julián quiso decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas; había acumulado demasiado durante la noche. En su lugar estrechó la mano del conductor con fuerza, sinceramente agradecido. Begoña asintió, sonrió tímida y murmuró:
Gracias de verdad.
No hay de qué respondió el taxista, apartando la mirada y retrocediendo hacia el coche. Todo irá bien.
La puerta del hospital se abrió con un leve chirrido: la enfermera de guardia asomó, evaluó la situación con un rápido vistazo y agitó la mano:
¡Adelante! Preparad los documentos Los hombres no pueden entrar, salvo emergencias. ¿Tienen la carpeta?
Begoña asintió y entregó la carpeta por la puerta entreabierta. La mochila siguió al instante. Julián quedó bajo el toldo: la lluvia golpeaba su capucha, pero él apenas lo notaba.
Esperad aquí. Si necesitáis algo, lo pediremos añadió la enfermera desde dentro.
Begoña se volvió un momento, sus ojos se cruzaron con los de Julián a través del cristal. Le hizo un gesto de todo bien la palma hacia arriba, una leve sonrisa. Luego la guiaron por el pasillo y la puerta se cerró silenciosamente.
Julián quedó solo bajo el cielo matutino. La llovizna se disipaba gradualmente; la humedad se colaba bajo el cuello, pero ya no molestaba. Miró el móvil: la batería apenas llegaba a dos por ciento, tendría que buscar una toma o pedir cargador más tarde.
El taxista no se fue de inmediato; perdió un momento en el asiento, encendió las luces y, a través de la ventana lateral, volvió a encontrarse con la mirada de Julián. Un breve cruce de miradas, sin palabras. En ese silencio había más apoyo que en cualquier discurso largo.
Julián levantó el pulgar en señal de agradecimiento, una muestra simple de gratitud. El conductor asintió, esbozó una sonrisa cansada y, finalmente, puso en marcha el coche.
Cuando el vehículo desapareció por la curva, la calle quedó extrañamente vacía. Por un instante reinó un silencio tan profundo que solo se escuchaban las gotas golpeando el hierro del toldo y el lejano murmullo de la ciudad despertando tras los edificios.
Julián esperó bajo el toldo. A través del cristal se veía la ventanilla de atención; Begoña estaba sentada en una silla, rellenando formularios junto a la enfermera. Su rostro mostraba una calma creciente: la tensión de las últimas horas parecía disolverse con la lluvia.
Se dio cuenta de que, por primera vez en la noche, sentía una ligereza, como si hubiera estado bajo el agua y por fin emergiera. Todo había salido a tiempo, los documentos estaban consigo, Begoña estaba en buenas manos y el nuevo amanecer se anunciaba.
El cielo sobre la ciudad se tiñó gradualmente de un tono perla, el aire húmedo olía a frescura después del aguacero nocturno. Julián inhaló hondo, sin ninguna meta, solo por el placer de respirar.
En ese instante, parecía posible cualquier cosa.
El tiempo se estiraba para Julián; caminaba en círculos por la senda junto al hospital, evitando mirar la pantalla del móvil por miedo a agotarla por completo.
Unos noventa minutos después de que Begoña entrara, el móvil de Julián vibró en el bolsillo. Era una llamada de Begoña. Julián contestó al instante:
¡Enhorabuena, ya eres papá! Nuestro hijo, el pequeño Rodrigo, ha nacido. Todo ha ido genial.







