Eres un completo desconocido para mí

¿Y a mí quién me haces? preguntó Ana con voz bajita, mirando a Iñigo. Sé que adoras a tu hija. No pretendo que pierdas el contacto con ella pero, ¿no te parece raro que tu ex, a través de la niña, siga sacándote pasta? Cada capricho de tu exesposa nos deja sin un céntimo. ¿Cuándo acaba esto?

Ana volvió antes que Iñigo del curro y se puso a montar la mesa. Era viernes, así que por la noche les llegaría la hija de Iñigo de su primer matrimonio, la de once años, Inés. Al sonar el timbre, Ana se lanzó al pasillo. En la puerta estaba Iñigo con la hijastra. La niña, sin mirarla, entró y soltó un rápido «¡Hey!». Iñigo, con cara de culpa, le murmuró a Ana:

¡Hola, cariño! ¿Cómo ha ido el día?

Bien, respondió Ana, intentando disimular el enfado sentaos a cenar.

Se instaló un silencio tenso. Iñigo intentó romper el hielo contando a Inés su jornada, pero ella respondía con monosílabos o se quedaba callada, ignorando descaradamente a Ana. Ella, a su vez, comía en silencio, sintiendo que se le ahogaba la garganta.

Papá, mamá necesita dinero urgente para un abrigo nuevo de invierno, soltó Inés de golpe, el que tiene es viejo y le da pena ir al cole con el hermano.

Vale, Inés, contestó Iñigo con calma, lo hablamos después de cenar.

Ana sintió que su sangre hervía.

«Otra vez pasta, otra vez estas peticiones sin fin pensó. ¿Hasta cuándo?»

Después de cenar, Iñigo y Inés se fueron al cuarto de la chica a hacer deberes. Ana se quedó en la cocina con los platos. De la habitación se escuchaban fragmentos:

Papá, de verdad lo necesita. Ella es la única que nos sostiene y la voz de Inés se volvió más baja.

¿Y el marido no puede comprarle un abrigo? preguntó Iñigo con timidez.

Papá, ¿qué tiene que ver el marido? ¡Él no tiene ni un duro! No te lo pediría si no fuera una urgencia. Eres hombre, tienes que ayudarla. ¡Y yo soy tu hija!

Ana ya no aguantó más. Tiró la esponja al fregadero y entró al cuarto.

Iñigo, tenemos que hablar, dijo firme.

Ahora no, Ana, intentó esquivar la conversación, estamos con los deberes.

No, ahora, insistió Ana, Inés, ¿nos dejas un momento?

Inés frunció el ceño, pero salió. Ana cerró la puerta de golpe y se volvió hacia Iñigo.

¿Cuánto va a seguir así? preguntó.

¿De qué hablas? fingió no entender Iñigo.

De la pasta, Iñigo. De tu exesposa, de Inés, de todo esto. Apenas nos alcanza para la hipoteca, yo me corto en todo y tú sigues dándole dinero. ¡Es un despropósito!

Ana, es mi hija. No puedo decirle que no, empezó a excusarse.

¿Y a mí? ¿Te acuerdas de mis necesidades? También tenemos nuestras cosas. No puedo ir al dentista porque no hay pasta.

Lo entiendo, dijo Iñigo con culpa, hablaré con Clara

¡Ella no te escuchará! Lo sabes, siempre consigue lo que quiere. Quizá deberías recordarle que también tiene marido, que tiene que cuidar de su familia arremetió Ana.

No hables así de Clara, se puso serio Iñigo, es buena madre.

¿Buena madre? Si lo fuera, no te cargaría con todos sus problemas. Le conviene que tú pagues todo replicó Ana.

¡Basta! estalló Iñigo, no te atrevas a hablar así de la madre de mi hija.

¡Y no olvides que también tienes a una esposa de verdad! Una esposa que te quiere y te apoya gritó Ana.

Te quiero, dijo Iñigo en voz baja, pero no puedo abandonar a mi hija.

Entonces, ¿qué tal si decides a quién quieres más? le retó Ana.

Iñigo se quedó callado, con la cabeza gacha.

¿Qué estáis discutiendo? preguntó, mirando a Ana, que estaba llorando. ¿Todo bien?

No, Inés, respondió Iñigo intentando calmar a su hija, todo está bien.

¡No está bien! explotó Ana, tu padre y yo nos peleamos por ti y por tu madre.

¿Por mí? preguntó Inés, arqueando una ceja.

Sí, por ti. Por ese día a día pidiendo dinero, por tratarme como si fuera invisible soltó Ana.

¿Y yo qué tengo que hacer? ¡Tú no me quieres! replicó Inés, ¡Yo tengo a mi madre!

Ana sintió como si le hubieran dado una bofetada. Miró a Iñigo esperando alguna palabra, pero él sólo bajó la cabeza.

Sabes qué, Inés dijo con esfuerzo puedes quedarte todo lo que quieras, pero yo ya no soporto más. No voy a seguir fingiendo que todo está bien. Mi paciencia se ha acabado.

Salió del cuarto, dejando a Iñigo y a Inés solos. Cerró la puerta del dormitorio, cogió el móvil y marcó a su amiga.

Hola empezó entre sollozos necesito hablar contigo.

Al día siguiente, Ana se encontró con su amiga en una cafetería de la Gran Vía. Apenas tocó el plato, se veía muy cansada. La amiga la escuchó y le preguntó:

Ana, ¿de verdad piensas en el divorcio?

No lo sé contestó sinceramente amo a Iñigo, pero no puedo seguir así. Está atrapado entre mi familia y la suya, y yo me siento como un trasto. Estoy harta.

Lo entiendo. ¿Y si intentas hablar con él otra vez? sugirió la amiga explicarle cómo te sientes, qué necesitas.

¡Ya le he dicho mil veces! replicó Ana, sacudiendo la cabeza él lo entiende, pero nada cambia. No quiere herir a su hija, pero me hiere a mí.

¿Y con Inés? ¿Has intentado hablar con ella? preguntó la amiga.

¡Es inútil! exclamó Ana sólo escucha a su madre y hace todo para fastidiarme. No me ve como una persona.

Sabes, los niños suelen repetir lo que ven en casa comentó la amiga quizá deberías intentar encontrar un punto en común con ella.

No me aguanta! protestó Ana. Me ignora a propósito, es imposible.

Pero, ¿y si lo intentas? insistió la amiga si le muestras que quieres mejorar la relación, tal vez cambie de actitud.

Ana reflexionó. Tenía razón su amiga: si quería salvar el matrimonio, tenía que intentar todo, aunque fuera a pasar por encima del orgullo.

Vale, lo intentaré. No prometo nada, pero al menos lo intentaré dijo al fin.

Ese mismo día, cuando Iñigo llevó a Inés a casa, Ana decidió actuar. Salió de la cocina con una bandeja de bizcocho y té. Inés estaba tirada en el sofá, con el móvil en la mano.

Inés le dijo Ana ¿quieres un té con bizcocho?

Inés levantó la vista y la miró con desdén.

No tengo hambre contestó.

Vamos, prueba insistió Ana, dejando la bandeja sobre la mesa lo he hecho yo misma.

Inés tomó un trozo a regañadientes y dio un pequeño mordisco.

Está bueno murmuró.

Me alegra sonrió Ana siéntate, te traigo el té.

Inés se sentó, algo tensa. Hace poco la madrastra le había gritado, y ahora la hablaba con dulzura…

Inés, quería hablar contigo empezó Ana sé que no te gusta que esté cerca de tu padre.

No debería gustarme interpeló Inés, cortante no eres mi madre.

Lo entiendo asintió Ana y no pretendo serlo. Sólo quiero que haya paz. Tu padre sufre mucho por nuestras discusiones.

Inés guardó silencio, mirando su taza.

Sé que quieres mucho a tu mamá continuó Ana y está bien. Pero no tienes que odiarme. Yo también quiero a tu padre.

¡Mentiras! gritó Inés, irritada ¡Solo discuten vosotros dos!

Sí, discutimos porque es duro, admitió Ana pero eso no significa que nos dejemos de querer.

Se quedó en silencio, esperando la respuesta de Inés, que seguía mirando el diseño del mantel.

Quiero que sepas que nunca te he deseado daño dijo Ana, firme solo quiero que seamos felices. Eres la hija de la persona que más quiero.

Inés alzó la vista y la miró directamente a los ojos. En su mirada ya no había esa hostilidad de antes.

¿De verdad? preguntó en voz baja.

De verdad respondió Ana, jurando en el momento.

Entonces entró Iñigo, sorprendido al ver a su esposa y a su hija sentadas tranquilas.

¿Qué pasa? preguntó.

Nada, solo charlando contestó Ana, sonriendo.

La noche terminó muy bien. Inés jugó al Twister con su madrastra y Iñigo se rió como nunca. Por primera vez, Inés no sintió rencor hacia Ana. Resultó que, al fin y al cabo, la madrastra podía ser buena y nada de mala.

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