Recuerdo aquel encuentro que, en su sencillez, pudo haber sido el punto de partida de un romance sin complicaciones: un avión, dos asientos contiguos y un mismo destino. Él era Álvaro, un fotógrafo de naturaleza virtuoso, cuya vida transcurría entre expediciones y exposiciones. Ella, Enriqueta, arquitecta, erigía no solo edificios sino también su carrera con una precisión impecable.
Ambos eran independientes, seguros de sí mismos, y llevaban a cuestas divorcios que les habían enseñado a valorar el espacio propio.
La idea surgió como un destello en una habitación oscura: ¿por qué no vivir esa relación ligera, sin ataduras ni rutinas domésticas? Ninguno creía que duraría mucho, sobre todo los colegas de Álvaro. En el taller mantenían, a sus puertas, una especie de quiniela clandestina: cuánto tiempo aguantaría la nueva pasión del inaprehensible Álvaro. Normalmente la cuenta llegaba a meses.
Las mujeres se sentían atraídas por Álvaro con frecuencia: era guapo, su profesión creativa resultaba fascinante, no era aburrido ni avaricioso. Pero sus colegas conocían también el otro lado del genial artista. Vivía al capricho de la inspiración, resultaba insoportable en la vida cotidiana, imprevisible en sus reacciones y le gustaba tomar una copa. Sin embargo, cuando anunciaba que había encontrado el amor, todos suspiraban aliviados. El enamorado Álvaro trabajaba como un poseído; sus fotos rebosaban pasión y vida.
Y entonces, por fin, conoció a Enriqueta, su verdadera musa. Una mujer que no exigía nada más que alegría en los encuentros. Probemos sin ese maldito día a día, sin ¿dónde has estado? y ¿por qué no llamas? propuso Álvaro. La vida ya es lo suficientemente dura.
Enriqueta, con una sonrisa, aceptó. En primer lugar estaba convencida de que sería una aventura pasajera; en segundo, después de un duro divorcio, no tenía ganas de anidar con alguien para siempre. En resumidas cuentas, sus necesidades coincidían.
Álvaro podía pasar una semana en su acogedor piso, construido según todas las reglas de la armonía, y luego desaparecer durante mucho tiempo en su estudio, atiborrado de equipos y carpetas con negativos. Volaban juntos a Granada y, al volver, se alejaban varios semanas. Pasaban tres días en una casa de campo y luego se separaban durante tres semanas.
Al cabo de un año, Enriqueta se había convertido en la anfitriona de sus fiestas creativas.
Los sueños se hacen realidad decía, alzando su copa de martini. De niña me devoraba los libros de los conquistadores del Ártico: fuertes, independientes, siempre en ruta. Álvaro se parece a un polarista: parte a la expedición fuera del encuadre y vuelve con flores y los ojos encendidos.
Álvaro estaba dichoso.
Enriqueta es un soplo de aire fresco contaba a un colega, entre sorbos de whisky. Mi vida es un caos. A veces llego a casa sin poder articular una palabra. Otras veces necesito que me escuchen y me tengan lástima como a un niño. Pero, sobre todo, quiero que me dejen en paz una semana. Ella lo entiende. Si vivieramos juntos nos volveríamos insoportables en un año. Así, siempre llego con flores y una sonrisa, como si fuera una cita.
Se permitía pequeños desvaríos ajenos, pero siempre volvía a Enriqueta. Era su vínculo kármico, algo más sólido que un matrimonio aburrido. Desde fuera, Enriqueta parecía estar siempre plenamente satisfecha.
Así transcurrieron cinco años. Entonces la galería con la que colaboraba Álvaro cerró de golpe, la revista atravesó una crisis y la antigua compañía creativa se deshizo poco a poco. Cada uno siguió su rumbo.
Un par de años después, Enriqueta se encontró por casualidad en una cafetería con Lidia, una conocida de aquellos tiempos. Charlaron, rememoraron el pasado y, por supuesto, la conversación acabó en Álvaro.
Enriqueta esbozó una amarga sonrisa mientras miraba su taza de capuchino:
Sí, seguimos en la misma sintonía, balanceándonos en los columpios. Llega, se esfuma y vuelve. Ya me estoy cansando, la verdad. Pero basta con sugerir que se asiente, que los años pasan, y él me mira con los ojos de una presa acechada y pregunta: «¿Nos va mal?» Y él mismo se pone celoso de su sombra, temiendo perderme.
¿Y tú?
Yo ya estoy dispuesta a vivir bajo el mismo techo, y me gustaría un hijo. Pero no estoy sola, así que no empiezo nada serio con nadie.
¿Entonces lo amas? preguntó Lidia con cautela.
Supongo. O quizá sea solo costumbre suspiró. O una obstinada esperanza de que, en cualquier momento, despierte, cambie, sea el mío de verdad.
Enriqueta, perdóname, pero esas personas no cambian.
Mi madre también lo dice. Todos preguntan por qué me aferro a alguien que ni siquiera sabe lo que quiere. No puedo abandonarlo. ¿Será amor?
Tú lo sabes mejor respondió Lidia encogiendo de hombros. Yo nunca he creído en las llamadas relaciones libres. Pero el libre es libre, como se suele decir. Sólo sabes que la vida es corta y los años no vuelven.
Pasaron unos meses más.
Enriqueta, finalmente, reunió el valor para acudir a un psicólogo. Habló del miedo a la soledad, de relaciones quemadas, de esperanzas no cumplidas. Tras una sesión, volvió a casa, preparó té y se sentó en la cocina, mirando por la ventana. Su mirada cayó sobre un viejo marco de fotos, regalo de Álvaro.
Era una foto conjunta: reían, abrazados, contra el atardecer. Enriqueta tomó el marco para quitarle el polvo y, sin querer, lo dejó caer. El cristal se hizo añicos y, en el reverso, salió un pequeño sobre.
Con dedos temblorosos lo abrió.
Dentro había una fotografía distinta, no posada, sino ella dormida, envuelta en una manta, con una lámpara iluminando sus planos sobre la mesa. Álvaro la había capturado sin que ella lo supiera. En el reverso, con su propia letra, leyó: «El único sitio donde el caos dentro de mí se aquieta. Perdona por no haber tenido el valor de decirlo en voz alta. Siempre he sido tuyo. Sólo temía admitirlo».
Una semana después, cuando Álvaro, como de costumbre, llamó a la puerta con un ramo de peonías, Enriqueta lo abrió. En lugar de una sonrisa, le tendió silenciosamente la foto antigua.
Él la miró, luego a Enriqueta, y en sus ojos, en vez de la habitual alegría, se reflejaba un cansancio acumulado de años de fuga.
Parece dijo Álvaro en voz baja que nuestras expediciones llegan a su fin. Es hora de volver a casa.
Y, por primera vez, cruzó el umbral no como invitado, sino como quien, al fin, había decidido quedarse.







