Carmen tenía treinta años y pesaba ciento veinte kilos. Quizá la culpa fuera de una dolencia, un fallo metabólico o alguna anomalía del organismo. Vivía en un pueblecito olvidado por el cielo, y desplazarse a la capital para someterse a exámenes especializados resultaba demasiado lejos y costoso.
Ese pueblecito, encaramado al borde de la geografía como la última mota del mapa, no obedecía al reloj: las estaciones se sucedían a su antojo. El invierno se aferraba con uñas, la primavera se desbordaba en barro, el verano asfixiaba con su calor y el otoño caía en lágrimas de lluvia. En esa lenta y densa cadencia se ahogaba la cotidianidad de Carmen, a quien todos la llamaban simplemente Luz.
A los treinta, su vida parecía hundida en el lodazal de su propio cuerpo. Los ciento veinte kilos no eran sólo una cifra: eran una fortaleza, un muro entre ella y el mundo, una muralla de agotamiento, soledad y silencioso desánimo. Sabía que la causa estaba dentro, alguna rotura o enfermedad, pero aventurarse a la gran ciudad para ver a los médicos le parecía una quimera: demasiado lejos, vergonzosamente caro y, a su juicio, inútil.
Trabajaba como cuidadora en la guardería municipal «El Cascabel». Sus jornadas estaban impregnadas del aroma de la papilla, la leche tibia y el suelo siempre mojado. Sus manos grandes y sumamente dulces sabían calmar a un niño llorón, cambiar diez cunas en un abrir y cerrar de ojos y secar aquel charquito sin que el pequeño sintiera culpa. Los niños la adoraban, buscaban su ternura y su calma. Pero ese cariño infantil era una escasa recompensa ante el vacío que la aguardaba tras la puerta de la guardería.
Carmen habitaba en un viejo bloque de ocho viviendas, construido en los años sesenta. El edificio crujía bajo el viento, sus vigas gemían de noche y temblaba con cada ráfaga. Hace dos años su madre, una mujer cansada y callada que había enterrado sus sueños entre esas mismas paredes, la había abandonado. No recordaba a su padre; había desaparecido hacía tiempo, dejando sólo polvo de recuerdos y una vieja fotografía.
Su día a día era duro. El grifo escupía agua helada y oxidada, el aseo estaba fuera de la vivienda, convirtiéndose en una caverna de hielo en invierno y en una estufa de vapor en verano. El verdadero tirano era la chimenea de leña. En invierno devoraba dos fardos de leña, exprimendo de los escasos ingresos de Carmen los últimos euros. Por las noches largas, se sentaba frente a la puerta de hierro fundido, mirando las llamas, como si el fuego consumiera no sólo la leña, sino también sus años, su energía y su futuro, dejando tras de sí sólo cenizas frías.
Una tarde, cuando el crepúsculo llenó la habitación de una grisácea melancolía, ocurrió algo inesperado. Un leve golpeteo, casi imperceptible, como los pasos de la vecina Nuria en sus gastados botines. Nuria llamó a la puerta con dos billetes crujientes en la mano.
Carmen, perdona la intromisión, por favor. Aquí tienes dos mil euros. No he olvidado la deuda, discúlpame murmuró, entregándole el dinero.
Carmen miró los billetes, ya sin esa deuda que había borrado hacía tiempo.
No hace falta, Nuria, no te preocupes.
¡Sí que hace! protestó la vecina, con voz encendida. Ahora tengo dinero. Escucha
Bajó la voz, como si compartiera un secreto oscuro, y Nuria empezó a relatar una historia insólita. Contó cómo llegaron al pueblo unos trabajadores de origen uzbeko. Uno de ellos, al verla con la escoba, le propuso un trabajo extraño y hasta un poco siniestro: quince mil euros.
Necesitan la nacionalidad, ¿ves? Buscan en nuestras grietas novias ficticias. Ayer ya me habían inscrito. No sé cómo arreglan todo en el registro civil, seguramente con dinero, pero es rápido. Mi compañero, Rafi, ya está «para servir», y pronto se irá. Mi hija, Silvia, también aceptó. Necesita un abrigo de plumas, el invierno se acerca. ¿Y tú? Mira la oportunidad. ¿Necesitas dinero? Yo lo tengo. ¿Quién te casará?
Las palabras resonaron sin ira, pero con amarga verdad. Carmen, sintiendo una punzada familiar en el pecho, solo pensó un instante. Nuria tenía razón. El matrimonio real no le sonreía. No había pretendientes que la aceptaran; su vida se limitaba al jardín, al pequeño comercio del pueblo y a la habitación con la chimenea devoradora. Pero entonces, el dinero. Quince mil euros podrían comprar leña, empapelar la vivienda y, tal vez, disipar la tristeza de esas paredes desgastadas.
De acuerdo susurró Carmen. Acepto.
Al día siguiente, Nuria presentó al candidato. Cuando Carmen abrió la puerta, soltó un grito ahogado y retrocedió hacia la penumbra del recibidor
En esa misma escena, una y otra vez, Carmen, al abrir la puerta, gritó y retrocedió, intentando ocultar su corpulenta figura. Sobre el umbral estaba el joven: alto, delgado, rostro aún sin el marcado rigor de la vida, con unos ojos grandes, negros y tristes.
¡Dios mío, parece un niño! exclamó Carmen.
El joven se enderezó.
Tengo veintidós años dijo con claridad, sin acento, solo una ligera melodía en la voz.
Ya ves repitió Nuria. Mi novio tiene quince años menos, y la diferencia entre vosotros es nada, solo ocho años. ¡Un hombre en plena flor de la vida!
En el registro civil, sin embargo, les negaron el matrimonio de inmediato. La funcionaria, vestida con traje severo, les miró con sospecha y explicó, seca, que la ley exigía un mes de espera «para que tengan tiempo de reflexionar».
Los uzbecos, cumpliendo su parte, se marcharon a trabajar. Pero antes de partir, Rafi, el joven, le pidió a Carmen su número de teléfono.
Estoy solo en una tierra extraña explicó, y en sus ojos Carmen vio una sensación familiar: desconcierto.
Empezó a llamar cada noche. Al principio fueron breves y tímidos, luego más extensos y sinceros. Rafi resultó ser un conversador excepcional. Narraba sus montañas, el sol distinto que allí brillaba, a su madre a quien amaba con locura, y cómo había venido a España para sostener a su extensa familia. Preguntaba por la vida de Carmen, su trabajo con los niños, y ella, para su sorpresa, empezó a contar. No se quejaba, sino que compartía anécdotas divertidas de la guardería, la descripción de su hogar, el perfume de la tierra recién trabajada en primavera. Se descubrió riendo al teléfono con un timbre juvenil, olvidando su edad y su peso. En un mes, sabían más el uno del otro que muchas parejas después de años de matrimonio.
Pasó el mes y Rafi volvió. Carmen, ajustándose su único vestido gris plateado ajustado a su figura sentía una extraña emoción: no era miedo, sino un temblor de esperanza. Testigos fueron sus compatriotas, otros jóvenes serios y corpulentos. La ceremonia en el registro fue rápida y rutinaria, pero para Carmen se convirtió en una chispa: el brillo de los anillos, las palabras oficiales, la sensación de irrealidad.
Tras el acta, Rafi la llevó a su casa. Al entrar, le entregó un sobre con dinero, tal como habían acordado. Carmen lo tomó, percibiendo el peso en su mano: era la carga de su decisión, de su desesperación y, a la vez, del nuevo rol que comenzaba. Entonces el joven sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo. Dentro, sobre terciopelo negro, reposaba una delicada cadena de oro.
Es para ti dijo en voz baja. Quise comprar un anillo, pero no sabía la talla. No quiero marcharme. Quiero que realmente seas mi esposa.
Carmen quedó paralizada, sin palabras.
Durante este mes escuché tu alma a través del teléfono prosiguió él, con los ojos brillando de una llama adulta. Es pura y buena, como la de mi madre. Mi madre falleció, fue la segunda esposa de mi padre y él la amó con locura. Te he llegado a querer, Carmen, de verdad. Déjame quedarme aquí, contigo.
No era un matrimonio de conveniencia; era una oferta de corazón y mano. Carmen, al mirar esos ojos sinceros y melancólicos, vio allí no lástima, sino aquello que hacía tiempo había dejado de soñar: respeto, gratitud y ternura nacida ante sus propios ojos.
Al día siguiente, Rafi volvió a partir, pero ahora no era una despedida, sino el inicio de una espera. Trabajaba en la capital con sus compatriotas y cada fin de semana regresaba a ella. Cuando Carmen se enteró de que llevaba un bebé en su vientre, Rafi dio un paso decisivo: vendió parte de su participación en la empresa familiar, compró una segunda mano «Renault» y regresó al pueblo para siempre. Se dedicó al transporte de personas y mercancías hacia la ciudad, y el negocio prosperó rápidamente gracias a su laboriosidad y honradez.
Con el tiempo nacieron dos hijos. Dos niños morenos, con los ojos de su padre y la dulzura de su madre. Su hogar se llenó del ruido de risas, gritos, los pasos diminutos y el aroma del auténtico felicidad familiar.
Rafi no bebía ni fumaba su fe lo prohibía, era increíblemente trabajador y la miraba a Carmen con una devoción que hacía que las vecinas, envidiosas, cuchichearan. La diferencia de ocho años se disolvió en esa entrega, quedó sin importancia.
Lo más sorprendente fue el propio cambio de Carmen. Como si floreciera desde dentro. El embarazo, el matrimonio feliz y el cuidado de su esposo e hijos hicieron que su cuerpo se transformara. Los kilos de más se desvanecían día a día, como una capa innecesaria que se desprendía, dejando al fin al ser delicado y sensible que siempre había llevado dentro. No seguía dietas; simplemente la vida la colmó de movimiento, deberes y alegría. Su mirada brillaba, su paso era firme y seguro.
A veces, sentada junto a la chimenea que ahora Rafi aviva con esmero, observaba a sus hijos jugar sobre la alfombra y sentía la cálida y admirada mirada de su marido. Entonces recordaba aquella noche extraña, los dos mil euros, a la vecina Nuria y comprendía que el mayor milagro no llega con truenos ni relámpagos, sino con el tímido golpeteo de una puerta. Un desconocido de ojos tristes, que una vez le ofreció no un matrimonio de fachada, sino una vida real. Esa lección la acompañó siempre: cuando el corazón se abre a la esperanza, el destino puede transformar la más pesada carga en la más hermosa oportunidad.







