Treinta años y transformaciones

Tarde nublada en el café de la esquina, justo en la Gran Vía de Madrid. Las paredes están pintadas de un ocaso ocre y la lluvia se desliza perezosa por los cristales. En la entrada cuelgan tres abrigos: uno claro, otro gris y uno con una franela a rayas en la forro. Dentro hace calor, huele a bollería recién horneada y a té. La camarera se desplaza entre mesas casi sin hacer ruido. En una mesa junto a la ventana están sentados tres amigos: Ignacio, Santiago y Antonio.

Ignacio llega primero, siempre puntual. Se quita el abrigo, dobla con cuidado la bufanda y saca el móvil para revisar algunos correos del trabajo, intentando no pensar en la reunión de mañana. Sus manos todavía están frías por la calle, mientras el salón se llena de vapor y los cristales se empañan por la diferencia de temperatura. Pide una tetera de té verde para todos, como siempre, porque así suele arrancar cada encuentro.

Santiago entra casi sin hacer ruido: alto, ligeramente encorvado, los ojos cansados pero con una sonrisa viva. Colga su chaqueta en el colgador vecino, se sienta frente a Ignacio y asiente brevemente.

¿Qué tal? pregunta Ignacio, medio serio.

Todo va tirando contesta Santiago con moderación.

Santiago pide un café solo, que siempre se bebe al anochecer, aunque sabe que le costará dormir después.

Antonio llega al final, un poco agitado después de bajar del metro a toda prisa. Su pelo está húmedo por la llovizna que se cuela bajo la capucha. Sonríe tan amplio que parece que todo está bien, pero sus ojos recorren el menú más tiempo de lo normal; en vez del pastel de siempre, se decide solo por un vaso de agua.

Se ven aquí una vez al mes. A veces se saltan la cita por trabajo o por los niños (Santiago tiene dos chicos), pero la tradición lleva treinta años, desde los tiempos de la facultad de Física. Cada uno tiene su vida ahora: Ignacio dirige un departamento de TI en una empresa de desarrollo, Santiago es profesor de instituto y da clases particulares, y Antonio estuvo hasta hace poco con su pequeño negocio de reparación de electrodomésticos.

La velada arranca como siempre: hablan de noticias, de viajes de trabajo, de cómo van los niños, de los libros o series que están viendo, de anécdotas graciosas del curro o de casa. Antonio escucha más que los otros, habla menos; a veces se queda mirando la calle lluviosa tanto tiempo que los tres se cruzan miradas.

Ignacio es el primero en notar los cambios: Antonio ya no se ríe de las viejas historias de la universidad; cuando surge el tema de los últimos móviles o de vacaciones en el extranjero, él cambia de tema o suelta una sonrisa forzada.

Santiago también lo percibe: al llegar la cuenta del té y el café, la camarera la pone sobre la mesa y pregunta «¿Lo pagamos todos juntos o por separado?». Antonio se pone nervioso, busca algo en el móvil y dice que lo pagará después porque «la app se ha colgado». Normalmente él pagaba al momento o incluso se ofrecía a cubrir la ronda.

En un momento Santiago intenta romper el hielo con una broma:

¿Qué te pasa, tío? ¿Te han ahogado los impuestos otra vez?

Antonio se encoge de hombros:

Ya sabes se me acumulan mil cosas.

Ignacio suelta una sugerencia:

A lo mejor te cambias de curro, ahora puedes curro online, hacer algún curso, lo que sea

Antonio sonríe, pero de forma tensa:

Gracias por el consejo

Se hace un silencio incómodo, nadie sabe qué decir a continuación.

El café se oscurece rápido: la luz se vuelve más dura, la calle desaparece tras el vidrio empañado, solo aparecen siluetas esporádicas de peatones bajo la farola enfrente.

Los amigos tratan de volver a la charla ligera: hablan de deportes (a Ignacio le aburre), discuten la reciente ley (Antonio apenas interviene). La tensión se hace más palpable.

De pronto Santiago pierde la paciencia:

Antonio si necesitas dinero, dilo sin rodeos. Somos amigos.

Antonio levanta la vista, algo sorprendido:

¿Crees que es tan fácil? ¿Que basta con pedir y todo se arregla?

Su voz tiembla; es la primera vez que habla alto en toda la noche.

Ignacio interviene:

¡Solo queremos echarte una mano! ¿Qué hay de malo?

Antonio los mira a los dos:

¿Ayudar con consejos? ¿O con la sensación de que siempre vamos a deberte algo? No lo entendéis.

Se levanta de golpe, la silla chirría contra el suelo. La camarera lo mira desde el mostrador, desconcertada.

Todo se queda quieto unos segundos; el aire se vuelve denso, parece que el té se enfría más rápido. Antonio agarra su abrigo del colgador y se dirige a la puerta, cerrándola con más fuerza de la necesaria.

Quedan Ignacio y Santiago, ambos sintiéndose culpables pero sin atreverse a ser los primeros en romper el silencio.

La puerta se cierra tras Antonio y una corriente de aire enfría brevemente la mesa junto a la ventana. Santiago mira el vidrio empañado, donde se refleja la farola de la calle, e Ignacio gira la cuchara en su taza, sin saber por dónde empezar. La tensión no desaparece, pero ahora parece parte del momento, como si sin ella no pudieran aclarar nada.

Santiago rompe el silencio primero:

Creo que me pasé no sé bien qué decir. Suspira ¿Qué harías tú?

Ignacio encoge los hombros, pero su voz suena más firme de lo habitual:

Si supiera cómo ayudar, ya lo habría hecho. Somos adultos, pero a veces es más fácil dar la espalda que decir una tontería.

Se quedan callados. La camarera sigue cortando el pastel y el aroma a bollería vuelve a llenar el local. En la puerta se asoma la figura de Antonio; está bajo el toldo, con la capucha puesta, girando lentamente el móvil en la mano. Ignacio se levanta.

Voy a buscarlo. No quiero que se marche así.

Sale al vestíbulo, donde el aire frío se mezcla con la humedad de la calle. Antonio está de espaldas a la puerta, los hombros caídos.

Antonio se detiene Ignacio, sin tocarlo Perdona si nos pasamos. Solo nos preocupa.

Antonio se vuelve lentamente:

Lo entiendo. Pero vosotros tampoco me decís todo, ¿verdad? Yo quería arreglármelo solo. No salió bien y ahora siento vergüenza y rabia.

Ignacio reflexiona un momento y responde:

Volvamos a la mesa. Nadie te va a obligar a nada. Podemos hablar o quedarnos callados, como prefieras. Pero acordemos esto: si necesitas algo concreto, dilo directamente; lo del dinero yo podría echarte una mano, pero sin crear deudas incómodas entre nosotros.

Antonio mira a Ignacio con una mezcla de alivio y cansancio:

Gracias. Ahora lo que quiero es estar con vosotros, sin lástimas ni preguntas incómodas.

Regresan al salón. Sobre la mesa ya está el pastel caliente cortado en porciones y un cuenco pequeño con mermelada. Santiago sonríe, algo torpe:

Yo he traído el pastel para todos. Hoy al menos intento ser útil.

Antonio se sienta y agradece en voz baja. Durante un rato comen en silencio; alguien revuelve azúcar en su té, las migas caen junto a las servilletas. Poco a poco la conversación se vuelve más suave: ya no hablan de problemas, sino de planes para el fin de semana o de los nuevos libros que quieren leer a los niños de Santiago.

Más tarde Santiago, con cuidado, propone:

Si alguna vez necesitas consejo de trabajo o contactos, me avisas. Pero lo del dinero decide tú cuándo quieres hablar de eso.

Antonio asiente agradecido:

Por ahora dejemos todo como está. No quiero sentirme en deuda ni fuera de lugar entre vosotros.

El silencio ya no pesa tanto; cada uno parece haber aceptado una especie de regla invisible de honestidad. Deciden volver a encontrarse en un mes, aquí mismo, con cualquier novedad que traiga la vida.

Cuando llega el momento de irse, cada uno saca su móvil: Ignacio revisa los mensajes de la reunión de mañana en la oficina, Santiago contesta a su esposa con un rápido «todo bien», Antonio se queda mirando la pantalla un poco más y luego la guarda en el bolsillo sin más gestos.

Solo quedan colgados dos abrigos: el gris de Ignacio y el claro de Santiago. Antonio se ha puesto el suyo al volver del vestíbulo; ahora se visten despacio, ayudándose a ponerse la bufanda o a abrochar un botón, como si con esos pequeños gestos recuperaran la ligereza de antes.

Afuera la llovizna se intensifica; la farola se refleja en un charco justo al frente del café. Los tres salen bajo el toldo, el aire frío les golpea la cara al cruzar la puerta abierta.

Santiago da el primer paso:

¿Nos vemos el próximo mes? Si necesitas algo, llámame, aunque sea de madrugada.

Ignacio da una palmada en el hombro de Antonio:

Estamos aquí, aunque a veces hagamos tonterías.

Antonio sonríe, algo avergonzado:

Gracias a los dos de verdad.

No hacen promesas grandiosas; cada uno conoce su límite y el valor de las palabras de esa noche.

Se separan por distintas salidas: uno se dirige al metro bajo la luz húmeda de las farolas, otro toma la calle que lleva a su edificio, cada cual siguiendo su rutina. La tradición del encuentro sigue viva, ahora con más sinceridad y cuidado por el dolor ajeno, y eso es lo que la mantiene latente.

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Die Familie für eine Zeit: Ein unvergessliches Abenteuer