¿Mamá ya no nos quiere? ¿Se va porque le molestamos? sollozó Santiago, con la garganta entrecortada.
Antonio miró torcido a Begoña, que recogía sus cosas con una tristeza tan grande que cualquiera habría llorado también. La mujer se encogió, paralizada, sin saber si la culpa o el cansancio la aplastaban más.
Todo empezó con la broma inocente del marido. La noche anterior Begoña había anunciado que el ocho de marzo lo celebraría sola, sin familia. ¡Menudo alboroto! Antonio no podía impedirlo, pero dejó salir todo lo que le rondaba la cabeza y, después, empezó a provocar a los niños: al pequeño de cinco años, Santiago, y al de siete, Alberto.
¿Habéis oído la noticia, chicos? Nuestra madre se nos escapa. La hemos hartado, la habéis agobiado soltó Antonio con un tono casi casual, como si fuera una charla de sobremesa, aunque llevaba una puñalada bajo la sonrisa.
Los niños se sobresaltaron. Alberto frunció el ceño, Santiago abrió los ojos como platos.
¿Se va para siempre? preguntó el pequeño, perdido.
No lo sé. Aún no. Pero quién sabe, tal vez se habitúe y al final se marche de verdad encogió los hombros Antonio.
Para él era sólo una jugarreta. Para los niños, la realidad. Santiago armó una rabieta y Rosa, sí, Rosa, la única que lograba calmarlo, estuvo a su lado toda la tarde. Ella esperaba que Antonio hubiera aprendido la lección, pero no fue así; la mañana se repitió como un eco.
Vamos, Santiago, no llores. Papá te quiere. Yo no me voy a ninguna parte, sólo al trabajo respondió Antonio, despreocupado.
Rosa casi perdió el control; la detuvo solo la lágrima que se le escapó al ver al niño. Se sentó junto a él, le acarició la mejilla y dijo:
Santiago, no es lo que parece. Solo quiero un día para estar sola empezó a explicar, como ayer. Mira, papá se relaja cada domingo con su tío Paco y sus amigos. Mamá también necesita su tiempo.
Antes, Rosa nunca había imaginado cansarse de las personas que ama. Con Antonio formaban la pareja perfecta: salían en bicicleta, iban al cine, debatían los libros leídos. Tenían una pequeña tradición familiar: cada domingo probaban un café o un restaurante nuevo, descubriendo sabores desconocidos.
Ahora el domingo era territorio de Antonio; en lugar de libros, hablaban de calendarios de vacunas y de cuotas del guardería. Salían apenas a ferias infantiles o al supermercado.
Cuando nació Alberto, la cosa se mantenía a la brasa. A veces Antonio o alguna abuela se sentaban con el niño. Rosa encontraba momentos para ella. Pero con la llegada del segundo hijo, todo cambió. Con dos pequeños, solo Rosa podía seguir adelante.
Rosa, los amo a los dos se defendía la suegra, Carmen. Pero entiéndeme, apenas consigo con uno. ¡La última vez montamos una montaña rusa de niños! ¿Recuerdas la mecedora que tenía junto al televisor? ¡Sujetó a siete niños! Estos dos la rompieron intentando subirse juntos.
La madre también empezó a ayudar menos, limitándose a aparecer como apoyo ocasional. No se llevaba a los nietos, diciendo que ya había hecho su parte.
Y Antonio para él, interactuar con los niños era como un aperitivo de cerveza: de vez en cuando y cuando le apetecía. Si estaba cansado, se encerraba en su despacho y pasaba la noche allí.
¿Cuál es el problema? Yo solo estoy sentado, no os molesto se sorprendía cuando Rosa le reprochaba algo. No es mi culpa, es tu falta de relajación. Necesitas estar siempre limpiando y fregando. Cálmate, descansa. Estás demasiado tensa.
Le resultaba fácil hablar, mientras él no hacía nada en la casa. Rosa sabía que, si ella también se derrumbaba, sus manos se cubrirían de musgo.
Sentía que se quemaba por dentro. Con el tiempo, empezó a gritar más y a romperse. Los niños la irritaban al anunciar por quinta vez en dos minutos que no querían comer tomates. Le enfadaba su marido, que llegaba del trabajo y cerraba la puerta con brusquedad. Todo a su alrededor la sacaba de quicio, pero aguantaba.
Hasta que llegó el cumpleaños de Santiago.
Los tres días anteriores Rosa había estado limpiando y cocinando. Santiago quería invitar a sus compañeros del cole, lo que implicaba también a sus padres. Rosa había dejado la casa impecable, horneado dos tartas, preparado ensaladas y marinado la carne con antelación. Todo planeado para poder dormir bien.
Pero no fue así.
Primero se despertó Alberto. Intentó despertar a su madre.
¡Duerme! rugió Rosa. O quédate callado hasta que despierte. ¡Dejad que la mamá duerma!
Santiago gimoteó, diciendo que tenía aburrimiento y hambre.
Paciencia le cortó la madre con firmeza.
Rosa estaba tan exhausta que ni siquiera podía ponerse de pie. Dormir se le escapaba; el llanto de Santiago no ayudaba.
Al poco, despertó Alberto. Como hermano responsable, tomó la mano de Santiago y lo llevó a la cocina. Rosa soltó un suspiro, pensando que al fin podría relajarse, cuando se oyó el tintineo de la vajilla.
Se lanzó como si los niños hubieran roto no solo un plato, sino la última neurona que le quedaba. Los chicos corrían entre la cocina, recogiendo los fragmentos. En la mesa había una caja de cereales y una botella de leche. Junto al armario, una silla. Parecían haber decidido preparar el desayuno solos, pero habían subestimado su propia fuerza.
¡Os lo había pedido! estalló Rosa. ¡¿Cuántas veces más?! ¿No podéis vivir cinco minutos sin mí? ¡Si no valoráis lo que hago, pues lo haré notar!
Gritó durante tres minutos, con palabras que salían como un torrente desbocado. Santiago apoyó la cabeza en los hombros. Alberto cruzó los brazos y bajó la mirada. Rosa se detuvo solo cuando el pequeño empezó a llorar, frotándose los ojos con los puños.
Está bien, está bien, silencio Mamá lo arreglará todo y luego saldremos a pasear y compraremos juguetes.
En ese instante Rosa sintió un miedo real. Sí, habían roto el plato, pero la reacción le pareció una tormenta que arrasara la casa entera. No era normal.
Al día siguiente, buscó consejo en su amiga Lidia, madre de tres hijos y experta en la gestión familiar.
¡Claro que sí! Tú lo llevas todo sobre tus hombros. ¿Qué pasa? Se acerca el ocho de marzo y vas a recibir a la suegra y a tu madre otra vez. Vas a montar otro maratón doméstico y cocinar durante dos días.
Sí, ¿qué otra cosa? respondió Rosa.
¡Despierta! El Día Internacional de la Mujer se creó para nosotras, no para que nos desgarréis la vida trabajando sin parar. Mi familia me dejó el fin de semana en la sierra. ¿Te vienes? Tengo una casita y sobra espacio.
Rosa reflexionó y aceptó. Parecía lógico. Encargó dos libros que hacía tiempo quería leer, armó una cesta con la compra y avisó a la familia de que sus planes habían cambiado.
Su madre lo tomó con calma. Descansa, hija, es lo correcto. La suegra se sorprendió, pero no criticó. En cambio, Antonio
¿Entonces vas a huir de nosotros? La gente pasa este día con la familia, no la abandona.
Rosa explicó largamente que no era una traición, solo necesitaba descansar. Antonio no aceptó, pero tampoco se opuso.
Pues vete donde quieras, me asustas lanzó al final. Hasta al espacio.
Y al espacio me iré la próxima vez replicó ella.
Pero luego volvió a provocar a los niños, y eso ya no lo aguantó. Cuando Santiago y Alberto se durmieron, se acercó a Antonio para hablar.
Deja ya las bromas. Por tu culpa los niños piensan que no los quiero. ¿Viste los ojos de Santiago esta mañana?
Vamos, son cosas sin importancia. Son niños, lo olvidarán al día siguiente. ¿Y tú qué haces? Deberías estar en casa, no deambulando.
Rosa suspiró. Él seguía desestimándola, y ella ya estaba harta.
¿Sabes qué, cariño? Todas tus noches son silencio porque papá está cansado, y el domingo es tu día. Yo llevo siete años en la primera línea, sin descanso. No huelo de vosotros, solo pido un respiro para no explotar contra los niños. No son culpables, eres tú. Tengo que gritarte a ti dijo, entrecerrando los ojos.
¿Yo? ¿Qué tengo que ver?
Lo tienes. Te lo he explicado mil veces y no me escuchas. Cambiemos el plan. ¿Domingo tuyo? Vale. Pero ahora los sábados son míos. Dedica al menos un día a los niños. Son tuyos también.
Antonio se empeñó, pero al final aceptó, pues la alternativa era dividir a los niños entre ambos, y a Rosa le era imposible cargar con los dos a la vez.
El ocho de marzo transcurrió en una quietud inusual. Habían llegado a la casa de campo la noche anterior, así que Rosa se despertó sin los gritos infantiles, sola. Se quedó en la cama leyendo, sin prisa. Después, ella y Lidia se rieron recordando sus travesuras universitarias y planearon cómo llevar a las demás chicas del grupo de senderismo sin internet.
Al atardecer, Begoña se sentó en la veranda, respiró aire fresco y observó a las hormigas arrastrar el trozo de pan que había dejado. Su mente estaba vacía, pero iluminada, como una habitación recién despejada, con ventanas abiertas. Por primera vez en siete años, nadie la interrumpía, llamaba o le exigía algo.
Lidia alzó su copa y brindó con Rosa.
Feliz ocho, madre. Por fin no eres solo madre sonrió.
Rosa le devolvió la sonrisa. Sólo por un día, pero había recordado lo que se siente al ser simplemente una persona, con deseos y derecho a un respiro.







