La llevaron al límite

¿Mamá ya no nos quiere? ¿Se va porque somos una carga? preguntó Santiago, sollozando.

El padre, Antonio, miró de reojo a María, que recogía sus cosas con una dignidad que casi le hacía llorar. La mujer se quedó inmóvil, sin saber si la culpa la aplastaba más: la conciencia o el cansancio.

Todo empezó con una broma inocente del marido. La tarde anterior, María había anunciado que el ocho de marzo iba a celebrar sola, sin la familia. ¡Qué escándalo! Antonio no pudo impedirlo, pero soltó todo lo que llevaba dentro y luego se puso a provocar a los niños: al de cinco años, Santiago, y al de siete, Arturo.

¿Habéis oído la noticia, chiquillos? Nuestra madre nos abandona. Nos hemos cansado de ella, la habéis agobiado lanzó Antonio con un tono cotidiano, casi alegre, aunque cargado de ironía.

Los niños se sobresaltaron. Arturo frunció el ceño y Santiago abrió los ojos como platos.

¿Se va para siempre? preguntó el más pequeño, desconcertado.

No lo sé. Por ahora no. Pero quién sabe, quizá se acostumbre y decida marcharse de verdad encogió de hombros Antonio.

Para él era sólo una broma. Para los niños, sin embargo, era una realidad. Santiago se echó a llorar, y Rita, sí, Rita, trató de calmarlo toda la tarde. Ella esperaba que Antonio hubiera aprendido la lección, pero no fue así; hoy se repetía lo mismo.

Vamos, Santiago, no llores. Papá te quiere. Yo no me voy, sólo al curro respondió Antonio con despreocupación.

Y allí estaba Rita, a punto de romperse Sólo las lágrimas del niño la detuvieron. Se sentó junto al pequeño y le acarició la mejilla.

Santiago, no es lo que parece. Sólo quiero un día para estar sola comenzó a explicar, tal como lo había hecho ayer. Mira, papá se reúne cada domingo con su tío Paco y sus amigos. Mamá también necesita su tiempo.

Rita nunca se habría imaginado cansarse de los que más quería. Antes, ella y Antonio parecían la pareja perfecta: iban en bicicleta, al cine, debatían libros. Tenían una tradición familiar: cada domingo probaban un café o restaurante nuevo, descubriendo sabores diferentes.

Ahora los domingos eran territorio de Antonio; en lugar de libros, hablaban de vacunas y horarios del cole. Salían juntos, apenas, a ferias infantiles o al supermercado.

Cuando nació Arturo, la casa se mantenía a duras penas. A veces cuidaba al hijo Antonio, otras las abuelas. Rita lograba, de vez en cuando, un momento para ella. Con la llegada de Santiago, todo cambió. Con dos niños, sólo Rita aguantaba.

Rita, los quiero a los dos se defendía la suegra. Pero entiende, que con uno apenas consigo. ¡La última vez los niños rompen hasta la silla mecedora que tengo junto al televisor! ¡Sobrevivió a siete niños, pero estos mocosos la han destrozado!

La madre de Antonio también empezó a escatimar ayuda, y si venía, era solo como apoyo moral. No quería a los nietos, diciendo que ya había cumplido su cuota.

Antonio, por su parte, trataba la compañía con los hijos como un aperitivo para la cerveza: de vez en cuando y cuando le apetecía. Cuando se cansaba, se encerraba en su estudio y pasaba la noche allí.

¿Cuál es el problema? Yo estoy tranquilo, no os molesto se extrañaba cuando Rita reclamaba. No es culpa mía, es tu manera de vivir. No sabes relajarte. Siempre estás limpiando y fregando. Calma, descansa. Estás demasiado tensa.

Le resultaba fácil hablar, pues él no hacía nada en la casa. Rita sabía que si ella también se rendía, se fundirían como musgo.

Sentía que se estaba quemando emocionalmente. Con el tiempo gritaba más y perdía los nervios. Los niños le sacaban de quicio cuando, por quinta vez en dos minutos, se negaban a comer tomate. Le irritaba el marido que llegaba del trabajo y cerraba la puerta de golpe. Todo le sacaba de madre. Pero aguantaba.

Hasta que llegó el cumpleaños de Santiago.

Los tres días anteriores Rita se había dedicado a la limpieza y a la cocina. Santiago quería invitar a sus compañeros del guardería, lo que implicaba también a sus padres. Rita dejó la casa impecable, horneó dos tartas, preparó ensaladas y marinó la carne con antelación. Todo estaba planificado para poder dormir un poco.

Pero no fue así.

Primero se despertó Santiago y, como siempre, intentó despertar a su madre.

¡Duerme! le gritó Rita. O quédate callado hasta que despierte. ¡Dejad que mamá se quede en la cama!

Santiago refunfuñó, diciendo que tenía sueño y quería comer.

Ten paciencia le reprendió la madre.

Rita estaba tan agotada que ni siquiera podía levantarse. Dormir tampoco le venía; el llanto de Santiago no ayudaba.

Poco después se despertó Arturo. Como hermano mayor responsable, tomó la mano de Santiago y lo llevó a la cocina. Rita, al fin, respiró, pensando que al fin podría relajarse un momento, cuando se oyó el choque de la vajilla.

La mujer saltó como si los niños hubieran roto no una taza, sino la última neurona que le quedaba. Los niños se agitaban en la cocina, juntando los fragmentos. En la encimera había una caja de cereales y una botella de leche. Al lado del armario, una silla. Parecían haber querido preparar el desayuno solos, pero se habían sobrepasado.

¡Os lo había pedido! espetó Rita. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? ¡Ni cinco minutos sin mí podéis soportar! Cuando no haya mamá, ¿aprenderéis a valorar lo que hago por vosotros?

Gritó durante tres minutos. Sus palabras salían como torrentes, sin orden, llenas de ira. Santiago se hundió la cabeza en los hombros. Arturo cruzó los brazos y bajó la mirada. Rita se detuvo sólo cuando el pequeño empezó a llorar, frotándose los ojos con los puños.

Bien, basta Ahora mamá lo arreglará todo y luego iremos al parque y compraremos juguetes.

En ese instante Rita sintió un verdadero miedo. Sí, habían roto un plato, pero la había destrozado como si hubieran derribado todo el hogar. No era normal.

Al día siguiente, Rita buscó consejo en su amiga Lola. Lola tiene tres hijos y, aunque sigue con su vida, tiene cierta autoridad en temas familiares.

Ya veo, llevas todo sobre tus hombros. Déjame adivinar Se acerca el ocho de marzo y vas a recibir a la suegra y a tu madre otra vez. Vas a montar otro maratón doméstico y cocinar durante dos días.

Así es. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

¡Despierta! El Día Internacional de la Mujer se creó para las mujeres, no para que trabajen sin descanso para la familia. Mi hermano me ha cedido una casa de campo por un día. ¿Vienes conmigo? Tengo una habitación libre.

Rita lo pensó y aceptó. Le parecía razonable. Reservó dos libros que llevaba tiempo queriendo leer, hizo una cesta con la compra y avisó a la familia de que sus planes cambiarían.

Su madre lo tomó con calma, diciendo que era lo correcto, que debía descansar. La suegra se sorprendió, pero no la criticó. Antonio

¿Entonces vas a huirte de nosotros? La gente pasa este día con la familia, no la abandona.

Rita explicó que no era una traición, que simplemente necesitaba un respiro. Antonio no estuvo de acuerdo, pero tampoco la obligó.

Pues vete donde quieras, que te asustes le lanzó al final. Hasta al espacio puedes ir.

Igual vuelo al próximo día replicó ella, picante.

Después, Antonio volvió a provocar a los niños, y eso a Rita ya no le gustó nada. Cuando Santiago y Arturo se durmieron, se acercó a su marido para conversar.

Mira, basta de bromas. Por tu culpa los niños piensan que no les quiero. ¿Viste la cara de Santiago esta mañana?

Vamos, no es nada. Son cosas de niños, se olvidan al día siguiente. ¿Y qué más? Tú deberías estar en casa, no deambular.

Rita exhaló lentamente. Él seguía eludiéndola, sin escucharla. Ya estaba harta.

Sabes qué, querido? Todas tus tardes son silencio porque papá está cansado, y el domingo es tu día. Yo llevo siete años en la primera línea, sin días libres. No huyo de vosotros, solo quiero recuperar un poco de mí, para no desquitarme con los niños. No son culpa suya, eres tú. Tengo que gritarte a ti, le contestó, entrecerrando los ojos. ¿Yo? ¿Qué haces tú en todo esto? Te lo he explicado mil veces y no me escuchas. Cambiemos. ¿Domingo es tu día? Vale. Pero ahora los sábados son míos. Pasa al menos un día a la semana con los niños. Son tus hijos también.

Antonio se empeñó, pero al final aceptó, porque la alternativa era que cada uno cuidara a un niño solo, y Rita no podía con dos.

El ocho de marzo transcurrió con una extraña tranquilidad. Llegaron al caserío la noche anterior, así que Rita se despertó sin gritos, sola. Se quedó en la cama con un libro y tardó en levantarse. Después, ella y Lola se rieron recordando anécdotas de la universidad y planeando cómo sacar a las demás chicas de su grupo de excursión sin internet.

Al atardecer, María se sentó en la terraza, respiró aire fresco y observó a las hormigas arrastrar el trozo de pan que había dejado. Su mente estaba vacía, pero había una luz interior. Como en una habitación recién ordenada, con las ventanas abiertas. Por primera vez en siete años, nadie le pedía nada, ni la criticaba.

Lola alzó su copa y brindó con Rita.

Salud, María, por el ocho. Por fin no eres solo madre.

Rita sonrió. Quizá fuera sólo un día, pero volvió a sentir lo que es ser una persona con deseos, con derecho a un respiro, no sólo madre ni esposa.

Оцените статью