Verifiqué la geolocalización de mi marido, que «estaba de pesca», y lo encontré en la puerta del hospital de maternidad.

Crisanta había rastreado la ubicación del marido, que alegaba estar de pesca, y lo había encontrado frente a la puerta del Hospital de Maternidad número5.

No entiendo por qué en el acta de obra falta treinta mil euros respecto al presupuesto decía Crisanta, con voz tan gélida como el mármol, al teléfono del capataz de su última obra. Acordamos los azulejos italianos, referencia 712. ¿Qué han colocado ustedes? ¿Una imitación china?

Señora Crisanta, lo que sea, señorita, se desbordeó el capataz, tratando de sonar complaciente. Se ve igual, una copia perfecta. ¡Qué ahorro! Le propongo una rebaja del 50% y nadie se entera.

Yo me enteraré replicó ella, corta como un bisturí. Quiero que mañana a mediodía los azulejos estén sustituidos, o nos veremos en los tribunales. Le aseguro que no solo perderá este proyecto, sino también la licencia.

Colgó sin esperar respuesta. Sus manos temblaban ligeramente, no por frío sino por la ira que la consumía. Siempre era así: entregaba el alma, no dormía en noches de boceto, dibujaba cada centímetro del futuro interior, y luego aparecía un maestro que intentaba lucrar con su esfuerzo, creyéndola incapaz. Para resistir necesitaba nervios de acero y carácter de hierro; ambos abundaban en Crisanta. Tras veinte años en la arquitectura, había aprendido a defender sus proyectos y a poner a su sitio a los contratistas más insolentes.

Al llegar a casa, exhausta y furiosa, se encontró a Sergio esperándola en el umbral con una taza de su té de menta favorito.

¿Otra guerra? sonrió él, aliviando la pesada bolsa de catálogos. Entra, valquiria mía, la cena está en la mesa.

Sergio era su polo opuesto: tranquilo, hogareño, sin ambiciones desbordantes. Ingeniero proyectista en una modesta empresa de Madrid, percibía un sueldo modestamente estable y parecía feliz en su pequeño universo. Era el remanso de paz al que Crisanta regresaba tras sus batallas diarias.

Llevaban veintidós años de matrimonio, criaron a su hijo Diego, ahora estudiante en Barcelona. Sus vidas transcurrían sin sobresaltos, ella labrando su carrera, él sosteniendo la retaguardia. Siempre la recibía con la cena, escuchaba sus interminables quejas sobre el tono equivocado del beige y nunca la reprendía por desaparecer durante horas en la obra. Así lo creían amigos y ella misma.

Últimamente, sin embargo, Sergio se había vuelto distante, ensimismado. Adoptó una nueva afición: la pesca. Cada fin de semana se escapaba con su amigo Julián a los lagos.

¿Pescar en noviembre? le preguntó Crisanta, curiosa.

¿Qué tiene de raro? encogió los hombros. Ahora la gente muerde. Un rato de silencio, pensar. Tú también deberías desconectar.

Crisanta no discutió. Le preparó el termo con té caliente, los bocadillos, y lo dejó marchar con una sonrisa forzada.

Ese sábado, Sergio partió al amanecer. Crisanta, tras terminar un encargo urgente, se regaló un día para sí. Se pasó por la peluquería, luego por el hipermercado de Alcampo, recorría los pasillos confeccionando mentalmente el menú semanal. Decidió llamar a Sergio para preguntar si necesitaba algo al volver. Marcó su número; sólo escuchó el tono de ocupado. Otra vez. Silencio.

Normalmente él contestaba. Una ligera inquietud la recorrió. ¿Y si algo había ocurrido? Tal vez el coche se había quedado atascado, el hielo era delgado Recordó la aplicación familiar de localización que habían instalado hace medio año, para vigilar a Diego. Nunca la utilizó, la consideró una invasión, pero ahora

Abrió la app. En el mapa aparecían tres puntos: el suyo, el de Diego en su residencia universitaria y el de Sergio. Su pulso se aceleró. El punto no estaba en el lago ni fuera de la ciudad, sino en el mismo Madrid, en el barrio de Vallecas, frente a un edificio. Ingresó la dirección: Calle Floridablanca, 7. El buscador devolvió la ubicación del Hospital de Maternidad número5.

Error pensó primero. Un fallo de la aplicación. ¿Quizá Julián está allí de visita a su recién nacido? Pero ¿por qué mentir sobre la pesca?

Volvió a intentar llamar; el móvil estaba apagado. La alarma se convirtió en un miedo frío y pegajoso. Tiró el carrito de la compra en medio del pasillo; una mujer le reprendió, pero ella ni siquiera la oyó. Salió del supermercado, se metió en el coche con las manos temblorosas, incapaz de girar la llave sin vacilar.

Durante el trayecto repitió como mantra: Es un error, solo un error. Se imaginó mil explicaciones lógicas: habían ido a recoger al hijo de Julián, el coche se averió, cualquier cosa menos lo peor.

Aparcó frente al hospital, un edificio típico de ladrillo amarillento. En la terraza había gente con flores y globos, padres felices, abuelas y abuelos. Crisanta se quedó en el coche, temblando, sin atreverse a salir. Temía lo que destruiría su mundo perfectamente decorado.

Y entonces lo vio.

Desde la puerta del hospital salió Sergio, no con la chaqueta de pescador, sino con la camisa que ella había planchado la noche anterior. A su lado caminaba una joven de veinticinco años, rostro cansado pero radiante, y Sergio llevaba en la mano un sobre blanco atado con una cinta azul de satén.

Se detuvieron en la terraza. Una anciana, presumiblemente la madre de la joven, se abalanzó sobre Sergio abrazándolo, diciendo palabras alegres. Él sonreía, una sonrisa que Crisanta no había visto en años, la misma de hace veintidós años, cuando traía a su pequeño Diego de la maternidad.

Crisanta observaba la escena a través del parabrisas; el mundo entero dejó de existir. No había coches, ni gente, ni la ciudad. Sólo esa imagen: su marido, una mujer extraña y un bebé ajeno, y ella, la tonta engañada, atrapada en su propio coche, comprado con su sudor.

No salió. No armó escándalo. Su carácter de acero, templado en guerras con capataces y clientes, le indicó otra vía: actuar sin gritos, con cálculo frío, sin piedad.

Dió la vuelta y volvió a casa, a su apartamento que consideraba su fortaleza. Cada detalle había sido creado por sus propias manos, comprado con su dinero, y todo le recordaba a él. Se acercó al mueble de libros donde reposaba su colección de maquetas de veleros, su afición de la infancia. Agarró el más grande, un hermoso fragata, y lo arrojó al suelo. El modelo se hizo añicos, y en ese instante sintió una extraña liberación.

Procedió como si redactara una partida de presupuesto. Primero llamó a su abogado.

Aristóteles Méndez, buen día. Necesito iniciar un proceso de divorcio y liquidación de bienes de forma urgente.

Luego abrió su portátil, ingresó al portal del banco y transfirió todo el saldo de la cuenta conjunta a su cuenta personal, usando la fecha de su boda como contraseña. Con ironía, también depositó allí los restos de su nómina, dejando en la cuenta conjunta exactamente mil euros para el pescador.

Empacó sus cosas: camisas desordenadas, cañas de pescar, botas de agua, todos los veleros rotos, y los cargó en bolsas de basura. Llamó a una empresa de mudanzas y envió todo el tesoro a la única dirección que conocía: la casa de la madre de la joven.

Cuando el apartamento quedó vacío y resonaba, se dejó caer en el sofá y, por fin, permitió que las lágrimas fluyeran. No era indignación; era rabia contra sí misma, contra su propia ceguera, contra la confianza ciega que había depositado en casa. ¿Cómo podía una profesional tan perspicaz en la obra ser una idiota en su propio hogar?

Esa noche, el teléfono sonó. La voz de Sergio temblaba, perdida.

Crisanta, no entiendo llegué a casa y todo había desaparecido. ¿Qué ha pasado? ¿Nos han robado?

No nos han robado, Sergio respondió con voz firme y helada. Es solo un cambio de diseño. He eliminado todo lo superfluo.

¿Qué superfluo? ¿Dónde están mis cosas? ¿Y el dinero?

Tus cosas están con tu madre. El dinero considérelo una pensión alimenticia para tu recién nacido. Hoy pasé por el Hospital de Maternidad número5. Qué escena tan conmovedora, felicidades. Espero que la pesca haya sido fructífera.

Un silencio mortal llenó la línea.

Crisanta te lo explicaré todo. No es lo que piensas

No necesito tus explicaciones. No quiero nada de ti. Mañana mi abogado se pondrá en contacto contigo para el divorcio. No me busques. Olvídate de este número.

Colgó y bloqueó el número. Luego se dirigió a la cocina, sacó del armario una pila de planos, sus lápices de colores favoritos, y comenzó a dibujar. Esbozaba el proyecto de su nueva vida, sin él, sin mentiras, sin compromisos. Un proyecto donde el color no sería casi el mismo, sino el tono exacto de su libertad.

La traición de alguien cercano siempre duele, pero a veces es el punto de partida de una vida auténtica. ¿Qué harías tú en el lugar de Crisanta? ¿Escucharías las explicaciones o actuarías con la misma decisión? Comparte tu opinión, porque tu voz también cuenta.

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You’re in the Way,» Said My Sister, and Then She Stopped Answering My Calls