Una Noche para Mí

23 de noviembre.
Regresé a casa por la calle estrecha de la Plaza de la Villa, donde los charcos, medio tapados por hojas caídas, relucían bajo la luz escasa de los faroles. El final de otoño en Madrid no invita a paseos: el viento frío se cuela hasta los huesos y los edificios parecen más lejanos e impávidos. Aceléré el paso, como si intentara huir de una sombra que me sigue desde la mañana. Mañana es mi cumpleaños, una fecha que siempre trato de pasar por alto.

Dentro, el familiar nudo de tensión volvía a formarse: no es una expectativa alegre, sino una sensación densa, como un nudo en el pecho. Cada año lo mismo: mensajes formales, breves llamadas de los compañeros y sonrisas de rutina. Todo parece una obra ajena en la que debo interpretar al anfitrión, aunque ya no me siento tal.

En mi infancia todo era distinto. Me despertaba temprano y, con el corazón latiendo, esperaba aquel día con una ilusión casi mágica: el aroma del bizcocho casero con crema, el crujido del papel de regalo, la voz cálida de mi madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran sinceros, llenos de risas y alboroto. Hoy esos recuerdos aparecen escasamente y siempre dejan tras de sí una ligera melancolía.

Abrí la puerta del portal; el aire húmedo golpeó mi rostro con más fuerza. En el vestíbulo me recibió el desorden habitual: un paraguas mojado apoyado contra la pared y chaquetas colgadas a medio hacer. Me quité los zapatos y me detuve frente al espejo; mi reflejo mostraba el cansancio de las últimas semanas y algo más: una tristeza sutil por la pérdida del verdadero sentimiento festivo.

¿Has llegado? preguntó Sofía, mi esposa, asomándose desde la cocina sin esperar respuesta.

Sí respondí escuetamente.

Llevamos tiempo acostumbrados a esos diálogos breves por la noche: cada uno en su mundillo, encontrándonos sólo en la cena o en una taza de té antes de dormir. La familia se sostiene en la rutina, segura pero algo monótona.

Me cambié de ropa y bajé a la cocina. Allí olía a pan recién horneado; Sofía picaba verduras para la ensalada.

Mañana habrá pocos invitados, ¿no? pregunté casi sin inflexión.

Como siempre: no te gustan las reuniones ruidosas ¿Qué tal si nos quedamos los tres? Invita a tu amigo Diego.

Asentí en silencio y me serví un té. Mis pensamientos se enredaban: comprendía la lógica de Sofía ¿para qué montar una fiesta solo por cumplir? pero algo dentro mío protestaba contra esa economía de sentimientos.

El atardecer se alargó; revisaba noticias en el móvil, intentando distraerme de los persistentes pensamientos sobre el día de mañana. Sin embargo volvía al mismo interrogante: ¿por qué la celebración se había convertido en una formalidad? ¿Dónde quedó la alegría?

A la mañana siguiente, el móvil sonó con una larga serie de notificaciones de los chats de trabajo; los compañeros enviaron los típicos saludos con stickers y GIFs de ¡Feliz cumpleaños!. Un par de mensajes fueron ligeramente más cálidos, pero todas las palabras se habían vuelto casi idénticas.

Contestaba mecánicamente con un «¡Gracias!» o con un emoticón. La sensación de vacío se hacía más densa: me atrapaba el impulso de esconder el móvil y olvidar mi propio día hasta el próximo año.

Sofía subió el hervidor un poco más alto, intentando ahogar el silencio en la mesa.

Te felicito Mira, ¿te apetece pedir una pizza o una tortilla esta noche? No quiero estar todo el día frente a la cocina.

Como prefieras dije, intentando sonar neutral. En mi voz se coló una ligera irritación que luego lamenté, pero no dije nada. Dentro bullía una mezcla de impotencia contra mí mismo y contra el mundo.

Al mediodía, Diego llamó:

¡Hola! ¡Feliz cumple! ¿Nos vemos?

Sí Pasa después del trabajo.

Perfecto, llevo algo para acompañar el té.

La conversación terminó tan rápido como empezó; sentí una extraña fatiga tras esos breves intercambios, como si todo ocurriese más por obligación que por deseo.

El día transcurrió entre un letargo y el constante olor a café mezclado con la humedad de los abrigos mojados en el recibidor; fuera seguía lloviendo. Traté de trabajar desde casa, pero mis recuerdos de la infancia volvían una y otra vez: entonces cualquier celebración era el acontecimiento del año; ahora se había diluido entre la rutina como una simple marca en el calendario.

Al caer la noche, el ánimo se volvió más pesado y comprendí, por fin, que ya no quería soportar esa vacuía tranquilidad por complacer a los demás. No quería fingir ni ante Sofía ni ante Diego, aunque resultara incómodo o ridículo expresar mis sentimientos en voz alta.

Cuando todos nos sentamos bajo la luz tenue de la lámpara de la mesa, la lluvia golpeaba con fuerza el alféizar, como subrayando el encierro de nuestro pequeño mundo bajo el cielo de noviembre.

Me quedé en silencio; el té se enfriaba en mi taza y las palabras no encontraban forma. Miré primero a Sofía, que me sonrió cansada a través de la mesa; luego a Diego, concentrado en su móvil, asintiendo apenas perceptible al ritmo de la música que escuchaba en la habitación contigua.

Y entonces, sin más preámbulo, dije:

Escuchad Tengo algo que decir.

Sofía dejó la cuchara; Diego levantó la vista del teléfono.

Siempre me ha parecido tonto montar fiestas solo por cumplir Pero hoy he comprendido algo distinto.

El silencio se hizo tan absoluto que hasta el ruido de la lluvia pareció más fuerte.

Extraño un cumpleaños de verdad Esa sensación de la infancia, cuando esperas todo el año y todo parece posible.

Me quedé sin aliento; la garganta se tensó por la emoción.

Sofía me miró atentamente:

¿Quieres intentar recuperarlo?

Asentí apenas.

Diego sonrió:

Ya entiendo lo que necesitabas todos estos años.

Una ligereza invadió mi pecho.

Entonces, vamos a recordar cómo era. Una vez me hablaste del bizcocho con crema

Sofía, sin preguntar, se levantó y fue al frigorífico. No había pastel ni crema, pero sacó una bolsa de galletas simples y un tarro de mermelada. Sonreí involuntariamente: el gesto era torpe pero profundamente humano. En la mesa apareció rápidamente un plato con galletas, una taza de mermelada y un cuenco pequeño de leche condensada. Diego, bromista, juntó las manos bajo la barbilla:

¡Tarta exprés! ¿Y velas?

Sofía rebuscó en el cajón de los trastos y sacó el resto de una vela de parafina. La recortó a medio palo; quedó una chamaña irregular pero auténtica. La clavamos en una pequeña montaña de galletas. Miré ese modesto altar y sentí algo parecido a la alegría de la espera.

¿Música? preguntó Diego.

No la radio, pon lo que escuchábamos cuando éramos niños pedí.

Diego buscó en el móvil; Sofía activó una lista antigua en el portátil: suenan voces de otra década, canciones que nos acompañaron de pequeños. Resultaba cómico ver a adultos montar un pequeño espectáculo solo para uno de ellos, pero en esa puesta en escena desapareció toda falsedad de los saludos habituales. Cada uno hacía lo que mejor sabía: Sofía servía el té en tazas gruesas, Diego aplaudía torpemente al compás, y yo sonreía sin el velo de la cortesía.

El apartamento se volvió más cálido. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle húmeda; fuera seguía la lluvia. Ahora la lluvia la veía como algo lejano, mientras dentro se gestaba nuestro propio clima.

¿Os acordáis del juego del cocodrilo? soltó Sofía de improviso.

¡Cómo olvidarlo! Siempre perdía

No porque fuera malo, sino porque nos reíamos demasiado.

Intentamos jugar allí mismo, en la mesa. Al principio fue torpe: un adulto imitando a un canguro frente a otros dos adultos. Pero al minuto el humor se volvió genuino: Diego gesticulaba tan despistadamente que casi derrama su taza, Sofía reía con una luz suave, y yo, por primera vez, dejé que la risa fluyera sin control.

Recordamos anécdotas de celebraciones infantiles: quién escondía trozos de pastel bajo la servilleta para un segundo bocado, cómo una vez se rompió el juego de la madre sin que nadie se enfadara. Cada recuerdo desvanecía la nube pesada de la formalidad y la convertía en una atmósfera acogedora. El tiempo dejó de ser enemigo.

De repente, sentí de nuevo esa sensación de la infancia, cuando todo parecia posible al menos por una noche. Miré a Sofía con gratitud por su sencilla atención, y a Diego, cuyos ojos mostraban comprensión sin sarcasmo.

La música cesó abruptamente. Fuera, farolas escasas deslizaban su luz sobre el asfalto mojado. El apartamento parecía una isla de luz en medio del gris otoñal.

Sofía volvió a servir té:

Salió un poco distinto, pero lo esencial no es el guion, ¿verdad?

Asentí en silencio.

Recordé el temor que había sentido al amanecer, como si el cumpleaños tuviera que decepcionarme. Ahora aquello parecía un error lejano. Nadie esperaba de mí reacciones perfectas o agradecimientos cursi; nadie me obligaba a celebrar solo por marcar una fecha.

Diego sacó un viejo juego de mesa del armario:

¡Ahora sí volvemos al pasado!

Jugamos hasta altas horas, discutiendo reglas y riendo con torpes movimientos. La lluvia, fuera, golpeaba con un ritmo hipnótico.

Más tarde, los tres nos quedamos en silencio bajo la luz tibia de la lámpara. Sobre la mesa quedaban migas de galleta y una taza vacía de mermelada, señales de nuestro pequeño banquete.

Comprendí entonces que ya no tenía que demostrar nada a nadie, ni a mí mismo. La fiesta había vuelto porque a mi alrededor había gente dispuesta a escucharme de verdad, sin guiones ni pasteles caros.

Miré a Sofía:

Gracias

Ella me sonrió solo con los ojos.

Dentro reinaba la calma, sin euforia ni aparente alegría, solo la certeza de haber pasado una velada adecuada en el sitio correcto, rodeado de los míos. Fuera, la ciudad mojada seguía su vida; dentro, había calor y luz.

Me levanté, me acerqué a la ventana. Los charcos reflejaban las farolas; la lluvia caía lenta, como cansada de discutir con noviembre. Pensé en el milagro infantil: siempre fue cosa simple, hecha con las manos de los que amas.

Esa noche dormí sin prisa, sin el impulso de olvidar mi cumpleaños.

He aprendido que los momentos verdaderos no necesitan grandes producciones; bastan los pequeños gestos de quienes nos rodean y el deseo sincero de compartir.

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Una Noche para Mí
Late Blooming Joy of Catherine