Tu hijo ya no es nuestro nieto dice la ex suegra y cuelga.
Víctor, te vuelvo a preguntar: ¿vas a mandar dinero para los botines de Miguel? El invierno se acerca y él ha crecido demasiado, no tiene nada con que andar.
Marina Fernández aprieta el auricular como si quisiera exprimir no solo la voz del exmarido, sino también los restos de su conciencia. Al otro lado del silencio, un suspiro inseguro, siempre justificándose, rompe el mutismo.
Marina, sabes que está difícil. En el taller hay mucho trabajo y el bono se ha retrasado
Lo oigo cada mes le corta. Víctor, ese es nuestro hijo. Necesita botas para el frío, no un juguete nuevo. No pido nada para mí; todo es por él.
Lo entiendo murmura él. Pero la madre la madre dice que pides demasiado. Afirma que la pensión debería ser suficiente.
¿Qué pensión? ¿Los tres céntimos que me envías cada trimestre cuando tu madre se acuerda? ¡Con eso ni los cordones de las botas se pueden comprar!
Las lágrimas amargas y sin fuerza ruedan por sus mejillas. Está en medio de su diminuta cocina, impregnada del olor a sopa de ayer y al ropa húmeda que se estira en la cuerda sobre la estufa. Detrás, en la única habitación, duerme Miguel, su hijo de seis años, su única alegría y su permanente preocupación.
Voy a hablar con ella otra vez promete Víctor sin convicción. Veremos si se puede arreglar algo.
No te desgastes le corta Marina, pulsando el botón de colgar.
Conversar con la madre de él, Teresa Pavón, equivale a estrellarse contra una pared de mármol. Mujer fría y autoritaria, acostumbrada a que todo gire a su antojo y a su hijo torpe. Marina suspira, se seca las lágrimas con el dorso de la mano y se dirige a comprobar a su hijo. Miguel duerme con los brazos extendidos, su pelo rubio se desparrama sobre la almohada, y a su lado yace un conejito de peluche maltrecho. Marina acomoda la manta, lo besa en la mejilla cálida; por él haría cualquier cosa.
El timbre del móvil la hace estremecer. En la pantalla aparece un número desconocido, pero el corazón le golpea: sabe quién llama. Regresa despacio a la cocina y contesta.
Diga.
¿Marina? Soy Teresa Pavón.
La voz de la ex suegra es gélida como el hielo, sin saludos ni preguntas. Directa al grano.
Sí, señora Pavón, buenos días.
Le pedí a Vídeo que le dijera que dejara de llamarle con sus eternas demandas. Parece que no le llegó el mensaje. Escúcheme bien y no volvamos a tocar este tema. Víctor está empezando una nueva vida, tendrá una familia normal. No vamos a seguir manteniéndola a usted ni a sus problemas.
Marina guarda silencio, sintiendo cómo el hielo se adueña de su interior.
En cuanto al niño Teresa hace una pausa, eligiendo las palabras más hirientes. Tu hijo ya no es nuestro nieto. Olvida esta dirección y este número. Que le vaya bien.
Los pitidos breves suenan como disparos en la quietud de la cocina. Marina deja el teléfono en la mesa, pero sigue plantada, mirando al vacío. No es nieto. Simplemente, horror. Como si pudieran borrar de la vida a un pequeño que lleva su apellido, los ojos de su padre y la barbilla testaruda del abuelo. Se sienta en el taburete, se abraza la cabeza. Es el final. No solo el divorcio, sino el corte total de una vida que alguna vez tuvo esperanzas, celebraciones en una casa de campo y la ilusión de que su hijo tuviera una familia completa.
Al alba se levanta con la cabeza pesada, pero con la certeza de que ya no debe esperar a nadie. Solo ella y Miguel, contra el mundo. Trabaja como costurera en un pequeño taller del barrio, gana poco, pero les alcanza para una vida modesta. Ahora debe apretar más el cinturón.
Mamá, ¿iremos a casa de la abuela Teresa el fin de semana? pregunta Miguel durante el desayuno, moviendo los pies bajo la mesa. Ella me va a enseñar el coche grande que papá ha comprado.
El corazón de Marina se encoge. ¿Cómo explicarle que la abuela Teresa ya no quiere verlo? ¿Que su padre ahora tendrá otro hijo al que mostrará los coches?
Miguel, la abuela tiene muchos asuntos ahora dice con suavidad, intentando que su voz no tiemble. Y papá también. Este fin de semana iremos al parque, montaremos en la noria, ¿te apetece?
Miguel se anima al instante; la idea de la noria le gana.
¡Sí! ¡Y algodón de azúcar!
Y algodón de azúcar sonríe Marina, ocultando el dolor tras la sonrisa.
Así comienza su nueva vida. Marina acepta cualquier trabajo extra: acorta pantalones a los vecinos, cose cremalleras, de noche fabrica cortinas a medida. Duerme cuatro o cinco horas, pero cuando ve la cara satisfecha de su hijo al devorar un pastelito o su entusiasmo por un libro nuevo que pueden permitirse, el cansancio desaparece. Aprende a ingeniárselas. Los botines de invierno los compra en rebajas; no son los más modernos, pero sí cálidos.
A veces, al caer la noche, cuando Miguel ya duerme, la desesperación la invade. Se sienta frente a la máquina de coser y, al ritmo de su golpeteo, piensa en la injusticia de la vida. Recuerda a Víctor, indeciso e infantil, aquel que una vez le prometió matrimonio y soñó con hijos. Recuerda cómo sus padres, sobre todo su madre, le arrebataron el hombre, asegurándole que Marina no era su pareja, que era una de clase baja, que no tenía posición ni dinero. Luego, una pequeña falta, inflada por Teresa Pavón, se convirtió en traición universal, y Víctor, sin aguantar la presión, se marchó.
Pasa un año. Miguel entra en primaria. Marina lo lleva con orgullo a la ceremonia. Lleva el uniforme que ella misma ha confeccionado y un gran ramillete de claveles. La mira y sabe que todo ha salido bien. Lo superarán.
En el taller cambia la dueña. La nueva propietaria es Angelina Vázquez, una mujer estricta pero justa, que nota de inmediato la precisión y el talento de Marina.
Tienes manos de oro, Marina comenta, inspeccionando una costura impecable en un vestido de seda. ¿No has pensado en algo más que solo ajustes?
¿En qué? replica Marina, sorprendida.
En crear tus propias cosas. Tienes buen gusto.
Marina solo sacude la cabeza. ¿Crear algo propio? cuando tiene que preocuparse por pagar el alquiler y la escuela. Pero las palabras de Angelina se quedan en su mente. Una tarde, hurgando entre retazos, encuentra un pequeño trozo de satén con flores diminutas. Se le ocurre una idea. Confecciona un mini mono y una gorra para el conejito de peluche de Miguel. El resultado es tan tierno que lo lleva al taller para mostrárselo.
Angelina lo examina largamente y decide:
Mañana tráeme todo lo que hayas hecho similar. Juguetes, ropa para muñecas, lo que sea.
Marina se queda perpleja, pero al día siguiente lleva una caja con sus creaciones: varios vestidos para muñecas, un traje para un osito, una camisa bordada con bayas del bosque para Miguel. Angelina coloca todo en el mostrador de entrada.
Experimento dice brevemente.
Al caer la tarde, no queda nada. Las clientas que vienen a recoger sus pedidos se quedan mirando los diminutos trabajos con ternura y los compran para sus nietos. Una señora encarga incluso un armario completo para la muñeca alemana de su nieta.
Marina no puede creer lo que ve. Lo que consideraba un pasatiempo resulta una demanda real. Empieza a coser por las noches no solo cortinas, sino esas pequeñas piezas. Primero para la vitrina del taller, luego, cuando los pedidos aumentan, crea una página en la red social donde muestra fotos de sus obras. La llama Calor de Mamá.
El dinero ya no es un problema eterno. Inscribe a Miguel en el taller de dibujo que siempre quiso, cambian a un piso más grande, aunque sea de alquiler, con una habitación propia para el niño. Marina florece. La fatiga desaparece, sus ojos recuperan brillo. Sigue trabajando mucho, pero ahora su labor le brinda ingresos y una enorme satisfacción.
Miguel crece tranquilo y cariñoso. Ya no pregunta por su padre ni por esa otra abuela. Su mundo es su madre. Se jacta ante sus amigos de que su madre es la mejor hechicera del mundo, capaz de coser cualquier cosa.
A los doce años, suena el móvil. Otro número desconocido, pero algo le impulsa a contestar.
¿Marina? Buenas. Soy Teresa Pavón.
Marina se queda helada. No escuchaba esa voz desde hace seis años; sigue igual de fría.
Le escucho.
Llamo por motivos laborales dice la ex suegra sin titubeos. Una conocida me recomendó como una excelente artesana de ropa infantil. Mi nieto cumple pronto cinco años y quisiera encargarle un traje exclusivo. Sé que está ocupada, pero pagaré el doble. Es muy importante para mí.
Marina cierra los ojos. Nieto. Cinco años. Entonces Víctor no mentía; tenía otra familia, otro niño. Y ahora la mujer que expulsó a su hijo de su vida necesita sus servicios. La ironía le amarga.
Señora Pavón responde con calma y dignidad le debo negar.
Al otro lado del auricular se cuece un silencio incrédulo. Evidentemente, la negativa no le sorprende.
¿Negar? Le dije que pagaría lo que fuera.
No es el precio replica Marina Hace años me llamó y dijo que mi hijo ya no era su nieto. Lo borró de su vida sin pensar en el impacto en el niño.
Eso fue hace tiempo empieza Teresa, pero Marina la interrumpe.
Para usted quizá fue hace tiempo. Yo recuerdo cada segundo de esa conversación. He construido mi vida y mi negocio desde cero, poniendo en cada prenda no solo habilidad, sino el amor que quería dar a mi hijo. Mi marca se llama Calor de Mamá. No puedo, entiende, coser algo bajo ese nombre para una familia que, con tanto desprecio, abandonó a su propio pequeño.
Pausa, para que la ex suegra asimile lo dicho.
Mi hijo, ese que usted dice que ya no es nieto, está ahora en la habitación de al lado dibujando. Es talentoso, bueno y listo, y es todo lo que tengo. Sus dineritos quédese con ellos. Tal vez le ayuden a comprar conciencia, aunque lo dudo. Que tenga un buen día.
Cuelga sin esperar respuesta. Sus manos tiemblan ligeramente, pero su alma se siente ligera. No es venganza; es justicia. Se asoma al umbral de la puerta del cuarto de Miguel y lo ve concentrado sobre una hoja. No la ha notado. En la pared cuelgan sus dibujos, vibrantes y llenos de vida.
Sonríe. Sí, todo está bien. Y será aún mejor. Cierra la puerta, va a la cocina a poner la tetera. Le espera otra noche tranquila, llena del feliz silencio que ella misma ha tejido. No hay espacio para fantasmas del pasado.







