LA FUERZA DE LA AMISTAD FEMENINA

AMISTAD FEMENINA

Hay compañeras para tomar un café, y hay amigas para toda la vida.
A Alicia le tocó una historia distinta.

Bueno, ya está, terminamos por hoy. Ahora viene el jefe de la oficina y ni siquiera he empezado a pensar en la cena. Y tú, besa a tu marido y llámalo en cuanto sepáis las fechas de llegada finalizó Alicia con una sonrisa que flotaba como un farol en el agua. Su amiga, con su marido, iría a visitar a su hija en Frankfurt, y eso significaba que pronto podrían encontrarse.

¡Qué lástima que Luz viva tan lejos! Cada vez cuesta más y más verse al menos por teléfono podemos charlar sin prisas se lamentó la Condesa, como solía llamarse a la narradora, cada vez que hablaba con su mejor amiga.

Aun con encuentros escasos y estilos de vida opuestos, la conversación surgía sin interrupción, como si el tiempo se diluyera en una corriente de seda. Entre la mayoría de amigas que había hecho en la emigración, en la madurez, eso no ocurría. Parecían todos los mismos círculos, los mismos eventos, los mismos destinos, pero el vacío de palabras era una pared que Alicia no quería escalar.

Aunque Alicia y Luz se conocían desde el primer curso, la verdadera amistad brotó después de que Graciela así se llamaba la narradora se marchara de Rusia. En la escuela cada una giraba en su propio universo, rozándose apenas; Alicia siempre soñó con una AMIGA, de esas que aparecen en los libros, una amiga de verdad.

Los escritores no mienten, dicen que todo nace de la vida, salvo los cuentos de hadas y la fantasía, ¿verdad?

Existe la idea popular y muchos chistes que afirman que la amistad femenina no existe, que sólo hay una sólida amistad masculina. Pero, ¿qué es la amistad masculina? Ir al fútbol, ayudar con una caja pesada, hablar de política y, quizá, prestar dinero nunca compartir el alma, solo quejarse del cónyuge o del jefe.

Graciela dividía la amistad femenina en «coleguitas» y «amigas».

Con las coleguitas podía hablar de todo, pero siempre en la superficie: moda, salud, belleza, libros y películas, viajes, casa y hogar, educación de los hijos y problemas de los mayores.

Una AMIGA es otra cosa. Es alguien con quien eres íntima tal como eres, a quien puedes confiar lo más sagrado sin temor a burlas ni juicios, esperando solo apoyo. Es quien acude al primer llamado, bajo cualquier clima, con o sin botella, y que escuchará la misma historia mil veces, asentirá, y limpiará tus lágrimas y mocos.

Alicia sabía que esa amiga existía porque ella misma actuaría así. Tal vez no siempre fuera posible acudir de noche: a veces los padres no dejaban, luego el marido tampoco. Pero en todo lo demás estaba dispuesta a tender la mano.

Así la buscó toda su vida y la encontró en Luz, tras un largo y espinoso camino.

Los errores empezaron con la vecina del piso, amiga desde la infancia, que se enfadó por una muñeca de trapo rota, regalo de sus padres en su cumpleaños. El primo que la visitó la empapó con agua mientras jugaban a la casita, y Graciela fue culpada. La amiga no la defendió y la amistad se quebró.

Otro desencanto vino de una amiga en América, que se ofendió por una nimiedad y cortó todo contacto, pese a años de lucha y disculpas sinceras de Alicia.

La estrella de esa constelación de falsas amistades fue Belén.

Belén apareció en segundo curso y se integró al instante. Era bajita, corpulenta, con rizos apretados en una gruesa trenza. Lo que la belleza no le concedía, lo compensaba con energía, seguridad y una risa estruendosa que unos llamaban contagiosa y otros la comparaban con el rebuzno de un burro.

Las chicas se hicieron amigas rápidamente, pues vivían cerca y volvían juntas en metro. Crearon una tradición: cada día, al bajar del tren, compraban en un puesto de helados una bola de helado de vainilla con una rodaja de fresa en un cucurucho de barquillo. Belén pagaba casi siempre, porque su madre le entregaba una paga de un euro a la semana con la frase: «Aquí tienes, no te prives de nada». Pero Graciela creía que entre amigas no debía haber cuentas menores.

Ese consumo diario endureció a las chicas, los resfriados les pasaban de largo, y sus padres las inscribieron en una sección de natación, a la que asistían juntas después de clase.

Hacían mil cosas: iban al cine, al teatro, a exposiciones (si a Graciela no le gustaba un pintor, Belén le declaraba con autoridad que aún no estaba lista). Pasaban veranos en campamentos de pioneros, participaban en talleres de danza y dibujo.

A Graciela le gustaba pintar, pero abandonó cuando Belén criticó una codorniz que había dibujado. La codorniz parecía más una vaca, pero estaba hecha con óleo, y eso la hacía mejor a los ojos de Belén.

Ambas se enamoraron, en la primaria, del mismo chico y lo dejaron al mismo tiempo. Graciela pensó que era así, pero después descubrió que Belén seguía alimentando su amor en secreto.

Los padres estaban absortos en sus propias vidas y la abuela sacudía la cabeza diciendo:

Aléjate de esa Belén, te envidia.

Y la niña respondía:

¡Abuela, no entiendes! ¡Somos amigas de verdad!

Graciela estaba dispuesta a ceder el liderazgo, a aceptar juicios irrevocables, a tolerar retrasos perpetuos. Todo parecía una nimiedad frente a la certeza de que su amiga sería una montaña para ella si surgía la necesidad.

Sin embargo, Belén tomó la decisión de decirle al pretendiente de Graciela, que era un compañero de clase, que no le convenía y que debía dejarla en paz. Graciela lo atribuyó a una sobreprotección exagerada.

Cuando la madre psicóloga reprendió a Graciela por su relación cercana con el mismo compañero, Belén la consoló y defendió con valentía.

La amistad sobrevivió a la entrada en diferentes universidades con sus tentaciones, a los matrimonios donde cada una fue testigo de la otra, y al nacimiento de los primogénitos.

Después se dispersaron por distintos continentes: Alicia a los Estados Unidos, Belén a Israel, y el vínculo se fue desvaneciendo.

Se reencontraron inesperadamente en Ámsterdam.

La euforia inicial se tornó en desconcierto cuando Alicia descubrió que su amiga había visitado EE.UU. varias veces sin avisarle. Además, Belén se jactó de haber iniciado un romance con el fanático más fiel de Alicia, intentando soltar detalles íntimos que Graciela no quería oír.

Todo eso hirió, pero en Ámsterdam llegó Luz desde Moscú, y los rencores, aunque no borrados por completo, se ocultaron bajo capas de silencio.

Pasaron años de correspondencia perezosa y algunas reuniones esporádicas.

En ese tiempo Belén se divorció y buscó constantemente un nuevo compañero, mientras la vida matrimonial de Alicia también se torcía. Los hijos crecían y parecía que sólo había que aguantar.

Hasta que la carga se volvió insoportable.

Entonces apareció un viejo conocido, iniciaron una correspondencia, se volvieron a ver cuando él asistió a una conferencia médica en su ciudad, recordaron el pasado y, como siempre, todo acabó en la cama.

Una aventura amorosa se encendió. Graciela no se sentía orgullosa, pero la vida tomó colores nuevos y ella no quiso detenerla.

Los encuentros eran escasos: a veces ella escapaba a la conferencia, a él le tocaba un viaje de trabajo.

Un día, el galán propuso, según él, un plan maravilloso: encontrarse en Israel, donde ambos tenían familiares. Belén debía cubrir el retrete.

El plan era frágil desde el principio, pero arriesgaron.

Graciela aprobó con entusiasmo: ¡Ese es el tipo que necesitas, no ese chico con el que te casaste! incluso intentó insinuarse con él mientras Graciela no estaba, pero fue despedida.

Recorrieron galerías de moda, exposiciones, restaurantes caros (ella elegía, él pagaba).

Todo iba bien, hasta que los amantes decidieron pasar tres días en la costa de Eilat. Belén empacó su maleta pensando que la llevarían, pero él rehusó costear su viaje.

¿Para qué necesitamos a la herrera? preguntó razonable.

Y dejaron a Belén en Jerusalén, con excusas telefónicas para el esposo que llamaba.

Tres días volaron como un suspiro y, al regresar a Jerusalén, sonó el teléfono de Graciela:

Anoche llamó tu marido. Me atrapó desprevenido, intenté calmarlo toda la noche, pero parece que ya lo sabía todo exclamó. Mejor así, si no hubieras tomado la decisión.

Luego vino el regreso a casa, como en un sueño, largas y duras conversaciones con el marido, un matrimonio pegajoso que se mantuvo unido por pocos años más.

¿Y la amiga? ¿Qué había de ella? No admitió culpa, creyendo haber ayudado a Graciela. Alicia dejó de hablar del tema.

Aún se escriben a veces, pero ya no se invitan a bodas ni se vuelven a ver.

El móvil vibró: una notificación de Google Photos mostraba una nueva recopilación de fotos con Luz, de años de encuentros y viajes.

Ya pueden leer nuestras mentes pensó Alicia con desagrado, pero se entregó al placer de contemplar las imágenes y los recuerdos.

Al fin existe una amistad verdadera concluyó, aliviada, mientras la niebla del sueño se espesaba.

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