Simplemente eres incansable ¿Otra vez? Mira, Begoña, ¿para quién ha tenido ella a ese niño? ¿Para ella o para nosotros? Llego del trabajo, quiero cenar, relajarme y pasar tiempo contigo, y en vez de eso me veo obligado a cuidar a un niño ajeno.
Pues no es del todo ajeno se encogió Concha y suspiró. La verdad, a mí tampoco me gusta. Pero María me pidió que le arreglara las uñas. No vas a ir al salón con un bebé, ¿verdad?
José, nervioso, desabrochó la chaqueta y la dejó sobre la silla. Tenía que alimentar a su sobrino, y eso se hacía mejor con ropa cómoda. La probabilidad de quedar manchado con puré infantil era del cincuenta por ciento.
Lo entiendo, pero ¿sin uñas no se puede? ¿Eres su única cuidadora? ¿Por qué nuestra familia parece una guardería?
Bueno, la madre sigue viva, pero no puede estar todos los días empezó Begoña, sacando un paquete de espaguetis.
Y tú, entonces, puedes la interrumpió José. Puedes ayudar a todos, menos a ti y a mí.
Al principio frunció el ceño, pero después exhaló y se relajó un poco. Su expresión se suavizó; sabía que su esposa no era su enemiga. Simplemente era incansable.
Begoña, mientras no le quites esa carga de encima, seguirá cargándote. Y serás tú la culpable, porque quien lleva, paga.
Begoña fingió estar absorta preparando la cena, aunque en el fondo sabía que José tenía razón. No sabía qué hacer; no quería ser la segunda madre del sobrino ni pelear con la familia.
Todo empezó de forma inocente
Concha, estoy enferma y tengo a Santi en brazos Necesito ir a la farmacia, pero no puedo dejarlo solo. No sé cómo llegaré con él. Ayúdame, por favor.
Sin dudar, Begoña se lanzó al rescate, sin pensar en que quizá podría haber pedido un servicio de entrega. Su hermana estaba enferma, quizá gravemente, y necesitaba ayuda.
Y la ayuda se volvió rutina.
¿Necesitas recoger el móvil del taller? Concha llama a Begoña. ¿Se acabaron los comestibles? Begoña corre al supermercado. ¿Llega un paquete al punto de recogida? Begoña se convierte en mensajera.
Begoña podía permitírselo porque trabajaba a distancia con horario flexible, pero no significaba que fuera fácil. La casa de Concha quedaba a quince minutos. Sumando ida y vuelta, la espera en la cola y los pequeños imprevistos, la tarea consumía al menos una hora.
Begoña ahora trabajaba mayormente por la noche, cuando nadie la molestaba. Su marido, por supuesto, no estaba muy contento, y ella tampoco. Intentó hablar con su hermana.
Concha, ¿qué pasa con Pablo? ¿No te ayuda en nada? preguntó Begoña, entregándole otro paquete de «Correos».
Claro que ayuda respondió Concha con rapidez. Pero él trabaja, llega cansado. Ojalá pueda vigilar al pequeño mientras me ducho, y el resto queda en mis manos.
Concha cuidaba a su marido, pero no pensaba en el de los demás. Begoña se quedó pensativa y enmudeció un momento.
¿Y su madre? insinuó Begoña. No vive muy lejos, ¿no?
¡Ni se te ocurra hablar de ella! rodó los ojos Concha. No quiero saber nada de esa anciana. Cuando llega, empieza a dar consejos que no se pidieron. Mejor morir de hambre que pedirle algo.
¿De verdad no hay nadie más? insistió Begoña. O la niña de Ocaña también tiene un pequeño, casi del mismo tamaño que el tuyo. Podríais turnaros. O Cristina, que no trabaja.
Me da pena cargar a otros, confesó Concha. No les corresponde.
«A los tuyos les conviene», se dio cuenta Begoña con un suspiro.
Decidió intentar decirle que no. Ya entonces, sin necesidad de pistas de su marido, Begoña sabía que algo tenía que cambiar.
Al día siguiente Concha llamó y avisó que tenía una cita en la peluquería.
Begoña, ven a casa y cuida al pequeño. Sólo una hora.
El tono de su hermana era casi una orden. Ya no pedía, exigía que Begoña se encargara. Esto enfureció a Begoña, porque no debía reorganizar sus planes por una manicura.
No, Concha. Hoy no puedo. Lo siento.
¿Cómo que no puedes?
Exacto. No puedo resolver todos tus problemas. Tengo mi propia vida.
Lo entiendo, pero, ¿qué me propones? No tengo a nadie más. Ya he quedado con la peluquera, no quiero fallarle.
Concha, no me consultaste antes de apuntarte. No soy tu criada ni tu niñera. Arregla tú mismo la cosa.
Claro, dijo Concha con desdén después de una pausa. Te resulta fácil decirlo, tú no tienes hijos. No sabes lo que cuesta.
Begoña lo sabía, pues el sobrino de Concha cada día se volvía más como su propio hijo. Pero prefirió callar. Era una persona poco conflictiva, y ese rechazo ya era un gran paso para ella.
Concha no se rindió y llamó a su madre.
Begoña, ¿cómo puedes ser así? empezó la madre. Es tu hermana, tiene un niño pequeño y la rechazas. ¡Es la única! ¿Quién la ayudará si no somos nosotras?
Mamá, le fui a buscar medicinas porque estaba enferma, pero ahora me llama cada día por cualquier cosa Hoy hasta la peluquería. ¿Es tan urgente?
Es mujer, quiere verse bonita. Ponte en su lugar.
Begoña arqueó una ceja. Nadie había intentado ponerse en su posición.
Mamá, si eres tan lista, ayúdala.
¿Yo? se sorprendió la madre. ¡Yo apenas puedo moverme! Tú eres la joven, te resulta más fácil.
«Joven», «sin hijos», «sólo en casa» Begoña oía esas frases a diario y ya estaba harta. Ese día se plantó y dejó de ayudar a su hermana.
Como respuesta, una semana de silencio. Tanto la madre como Concha actuaron como si Begoña no existiera. Alguien más habría tomado la situación con calma, pero no Begoña. No encontraba su sitio y pensaba cómo reconciliarse con la familia.
Una semana después Concha volvió a llamar, pidiendo que cuidara al niño mientras se hacía la manicura. Begoña aceptó. Se odiaba a sí misma por hacerlo, pero volvió al papel de niñera gratuita. Parecía que sólo había dos opciones: quedar excluida de su propia familia o soportar la carga.
Begoña, eres demasiado blanda, de pronto te pones dura, le dijo José después de escucharla. Ten cuidado. Si no, nunca se deshará de ella.
Begoña suspiró y asintió. En la madrugada pensó cómo rechazar sin que la acusaran.
No tardó en sonar el teléfono.
Begoña, ya no aguanto El pequeño tiene fiebre, llora desde la mañana y yo corro como una ardilla. Ni sentarme ni ni ir al baño. Ven, aunque sea con los cuatro brazos.
No puedo. Tengo trabajo. Ahora mismo nos vigilan con programas que registran cada movimiento, ni siquiera a la hora de comer puedo salir, es como una oficina.
Un silencio incómodo quedó en la línea. Concha buscaba algún punto débil.
Por favor, solo una vez, la última. Pide a alguien que te cubra o pide un día libre.
Concha no entendía que Begoña no tenía opción. Fingió ceder.
Vale buscaré algo.
Colgó y mandó un mensaje a Pablo para obtener el número de la suegra. Ella, por supuesto, aceptó ayudar. La suegra llegó y empezó a mandar mensajes sin cesar.
¿Estás loca? respondió Concha. ¿Por qué la has puesto contra mí?
Necesitaba ayuda, así que la llamé, contestó Begoña con naturalidad. Yo no puedo ir, lo sabes.
Concha leyó el mensaje y guardó silencio. Begoña sintió una pequeña victoria. No era una gran guerra, pero sí una batalla ganada. Concha seguiría quejándose y la madre quizá siguiera molesta, pero ahora la hermana tendría que arreglarse sola o aprender a aceptar la ayuda de quien realmente quisiera ayudarla.
Al final, Begoña comprendió que no se puede cargar con todas las responsabilidades de los demás sin perderse a uno mismo. Aprendió que decir no no es egoísmo, sino una forma de cuidarse y, a la vez, enseñar a los demás a ser responsables. Esa lección, aunque dura, es la que nos permite vivir en equilibrio y respetar tanto nuestras propias necesidades como las de la familia.







