Una noche para él
Álvaro regresaba a su piso por una calle sombría de la periferia de Madrid, donde los charcos, medio tapados de hojas caídas, relucían bajo la escasa luz de los faroles. Era finales de otoño en la meseta castellana nada de paseos: el viento húmedo calaba hasta los huesos y los edificios parecían más lejanos y fríos que nunca. Andaba un paso más rápido, como si intentara huir de algo invisible que le había acompañado desde la madrugada. Mañana sería su cumpleaños, una fecha que siempre había tratado de pasar por alto.
Dentro, la tensión familiar se hacía presente: no era una alegría anticipada, sino una masa densa y pesada, como si un nudo se hubiera asentado en el pecho. Cada año lo mismo: mensajes formales, llamadas breves de los colegas, sonrisas de protocolo. Todo le resultaba un espectáculo ajeno, donde él debía interpretar al protagonista de una fiesta que ya no sentía suya.
En otro tiempo las cosas fueron distintas. De niño, Álvaro se despertaba temprano y, con el corazón palpitante, esperó ese día con la ilusión de un milagro pequeño: el aroma del bizcocho casero con crema, el crujido del papel de regalo, la voz cálida de su madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran sinceros, con risas auténticas y el alboroto típico de una celebración. Hoy esos recuerdos aparecen de forma esporádica y siempre dejan tras de sí una ligera nostalgia.
Abrió la puerta del edificio el aire húmedo le golpeó la cara con más fuerza. En el vestíbulo lo recibió el desorden habitual: un paraguas mojado apoyado contra la pared, chaquetas colgadas de manera improvisada. Se quitó los zapatos y se quedó mirando el espejo; su reflejo mostraba el cansancio de las últimas semanas y algo más una melancolía escurridiza por la pérdida del sentido festivo.
¿Ya llegaste? preguntó Almudena, su mujer, asomándose desde la cocina sin esperar respuesta.
Sí
Habían acostumbrado a esos diálogos breves al caer la noche: cada uno en su tarea, y sólo se cruzaban en la cena o en la taza de té antes de dormir. La familia vivía de la rutina, fiable y algo aburrida.
Álvaro se cambió a ropa cómoda y se dirigió a la cocina, donde el olor a pan recién horneado llenaba el aire; Almudena picaba verduras para la ensalada.
¿Mañana no habrá mucha gente? preguntó casi sin entonación.
Como siempre, no te gustan los aglomerados ¿Qué tal si nos quedamos los tres? Invita a tu colega, Diego.
Álvaro asintió en silencio y sirvió té. Pensó: la lógica de su mujer tenía sentido ¿para qué montar una fiesta de pantalla? Pero algo dentro de él protestaba contra esa economía de emociones adulta.
La noche se alargó lentamente; él hojeaba noticias en el móvil, intentando distraerse de los pensamientos persistentes sobre el día siguiente. Sin embargo, volvía al mismo interrogante: ¿por qué la celebración se había convertido en una formalidad? ¿Dónde quedó la alegría?
A la mañana siguiente, el móvil lo despertó con una avalancha de notificaciones de los chats de trabajo; los colegas enviaron los típicos ¡Feliz cumpleaños! acompañados de stickers y gifs. Un par de compañeros se atrevieron a escribir mensajes un pelín más cálidos, pero todas las palabras sonaban idénticas hasta la transparencia.
Respondía de forma automática ¡Gracias! o lanzaba un emoticono. La sensación de vacío se intensificaba: se atrapaba deseando alejar el móvil y olvidar su propia fecha hasta el próximo año.
Almudena subió el hervidor un poco más fuerte, intentando ahogar el silencio en la mesa.
Te felicito Oye, ¿qué tal si pedimos pizza o sushi esta noche? No quiero estar todo el día atascado con la cocina.
Como tú digas
Una pizca de irritación se coló en la voz de Álvaro; lo lamentó al instante, pero no quiso explicar nada. Dentro, el descontento bullía como una olla sin tapa.
Al mediodía, Diego llamó:
¡Hola! ¡Feliz cumple! ¿Nos vemos hoy?
Sí Pasa por la tarde después del curro.
Perfecto, llevo algo para acompañar el té.
La conversación terminó tan rápido como empezó; Álvaro sintió una extraña fatiga por esos intercambios breves, como si fueran actos obligados más que gestos sinceros.
El día transcurrió en una especie de medio sueño; el aroma a café se mezclaba con la humedad de la ropa mojada en la entrada, mientras afuera seguía lloviznando. Intentó trabajar desde casa, pero los recuerdos de la infancia volvían una y otra vez: entonces cualquier celebración era el acontecimiento del año; ahora se disolvía entre la rutina, como una simple marca en el calendario.
Al atardecer, el ánimo se había vuelto pesado; Álvaro comprendió, por fin, que ya no quería soportar ese vacío por la paz de los demás. No deseaba fingir delante de Almudena ni de Diego aunque resultara incómodo o hasta cómico hablar de sus sentimientos en voz alta.
Cuando todos se sentaron bajo la luz tenue de la lámpara de mesa, la lluvia golpeaba el alféizar con fuerza, subrayando el encierro de su pequeño mundo bajo la tormenta de noviembre.
Álvaro guardó silencio; el té se enfriaba en su taza y las palabras se le anegaban. Miró primero a su mujer ella le devolvió una sonrisa cansada a través de la mesa y luego a Diego, que estaba absorto en el móvil, asintiendo débilmente al ritmo de la música que se colaba desde la habitación contigua.
Y entonces, todo se volvió sencillo:
Escuchad tengo algo que decir.
Almudena dejó la cuchara; Diego levantó la cabeza del móvil.
Siempre me parecieron tontos los cumpleaños de pantalla Pero hoy he comprendido algo distinto.
El silencio se hizo tan denso que el sonido de la lluvia pareció más alto.
Echo de menos una celebración de verdad Esa sensación de la infancia, cuando esperas todo el año y todo parece posible.
Se tragó, la garganta le tembló.
Almudena le miró detenidamente:
¿Quieres intentar recuperarla?
Álvaro asintió, apenas perceptible.
Diego esbozó una sonrisa cálida:
Ya veo lo que te faltaba todos estos años.
En el pecho de Álvaro surgió una ligereza inesperada.
Pues vamos, ¿te acuerdas del bizcocho con crema? dijo Diego, frotándose las manos.
Almudena, sin preguntar, se dirigió al frigorífico. No había ni bizcocho ni crema, pero sacó una caja de galletas María y un tarro de mermelada de fresa. Álvaro sonrió sin querer: el gesto resultó absurdo y muy humano. En la mesa apareció rápidamente un plato con galletas, una taza de mermelada y un cuenco pequeño de leche condensada. Diego, de forma jocosa, juntó las palmas bajo la barbilla:
¡Tarta exprés! ¿Y velas?
Almudena rebuscó en la cajita de los utensilios y sacó la última vela de parafina. La recortó a la mitad quedó chueca, pero auténtica. La clavaron en la cima improvisada de galletas. Álvaro observó aquel minipastel sencillo, sin pretensiones y sintió una chispa de alegría anticipada.
¿Música? preguntó Diego.
Nada de radio, pon lo que escuchábamos cuando éramos niños pidió Álvaro.
Diego trasteó con el móvil; Almudena conectó una lista de reproducción de los años ochenta en el portátil: surgieron voces de otra época, canciones que nos habían acompañado de pequeños. Resultaba gracioso ver a adultos montar una pequeña obra casera para uno de ellos, pero en ese escenario había desaparecido todo el teatro de felicitaciones vacías. Cada uno hacía lo que mejor sabía: Almudena servía té en tazas gruesas, Diego aplaudía torpemente al ritmo, y Álvaro se descubría sonriendo sin necesidad de ser cortés.
El apartamento se volvió más cálido. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle mojada; fuera, la lluvia seguía su canto constante. Pero ahora Álvaro miraba la lluvia de otro modo: estaba lejos, mientras en su interior se gestaba su propio clima.
¿Os acordáis del juego del cocodrilo? soltó Almudena de improvisto.
¡Claro! Yo siempre perdía
No por falta de talento, sino porque nos reíamos demasiado.
Se lanzaron a jugar allí mismo, en la mesa. Al principio fue torpe: un adulto intentando imitar a un cangrejo delante de dos adultos más. Pero en un minuto la risa se volvió genuina: Diego agitaba los brazos con tanta energía que casi derriba la taza, Almudena reía con una luz brillante, y Álvaro, por primera vez, dejaba que su cara expresara algo más que cortesía.
Después rememoraron anécdotas de fiestas infantiles: quién escondía trozos de tarta bajo la servilleta para una segunda porción; cómo una vez se rompió la vajilla de la madre y nadie se enfadó. Cada recuerdo disipaba la pesada nube de la formalidad, convirtiéndola en una bruma acogedora. El tiempo dejó de ser enemigo.
Álvaro sintió de nuevo ese sentimiento de la niñez, cuando todo parecía posible al menos por una noche. Miró a Almudena con gratitud por ese cuidado sencillo y sin palabras, y al amigo, cuya mirada transmitía comprensión sin sarcasmo.
La música se apagó de golpe. Afuera, farolas escasas cruzaban el asfalto mojado. El apartamento se sentía como una isla de luz en medio de un otoño gris.
Almudena sirvió más té:
Al final, lo hice a mi modo Pero lo esencial no era el guion, ¿verdad?
Álvaro asintió, sin decir nada.
Recordó el temor que le había acompañado al despertarse esa mañana, como si el cumpleaños tuviera que decepcionarle o pasar desapercibido. Ahora parecía un malentendido lejano. Nadie esperaba reacciones perfectas ni agradecimientos desbordantes; nadie lo empujaba a celebrar por marcar la casilla del calendario familiar.
Diego sacó de un armario un viejo juego de mesa:
¡Vamos a volver al pasado!
Jugaron hasta entrada la noche, discutiendo reglas y riendo con los movimientos absurdos del otro. Fuera, la lluvia golpeaba con un ritmo casi arrullador.
Más tarde, los tres permanecían sentados bajo la luz tibia de la lámpara. Sobre la mesa quedaban migas de galleta y una taza vacía de mermelada: rastros de su pequeño banquete.
Álvaro comprendió que no necesitaba demostrar nada a nadie, ni a sí mismo. La fiesta había regresado no porque alguien hubiera preparado el guion perfecto o comprado el pastel ideal, sino porque estaban junto a gente dispuesta a escucharlo de verdad.
Miró a su mujer:
Gracias
Ella le devolvió la sonrisa solo con la mirada.
Dentro reinaba la calma, sin euforia ni alegría fingida, solo la sensación de una noche correcta en el sitio correcto, rodeado de los suyos. Afuera, la ciudad mojada seguía su vida; dentro, había calor y luz.
Álvaro se levantó, se acercó a la ventana. Los charcos reflejaban los faroles; la lluvia caía lenta y perezosa, como cansada de discutir con el noviembre. Pensó en el milagro de la infancia: siempre sencillo, obra de manos cercanas.
Esa noche se quedó dormido sin prisas, sin la urgencia de olvidar su propio cumpleaños.







