Preparaba la cena: un gratín de setas, el plato favorito de Julián. Los niños ya dormían, y la casa estaba llena de calor y aromas de especias. Su teléfono vibró sobre la mesa de la cocina.

Preparaba la cena una cazuela de setas, el plato favorito de Julián. Los niños ya dormían y la casa estaba impregnada de calor y del perfume de las especias. Mi móvil vibró sobre la mesa de la cocina.

La pantalla se iluminó con un breve mensaje:

«Cariño, ya estoy aquí. No olvides las fresas y la nata.»

Solo unas palabras, pero cambiaron mi mundo en un instante. Diez años de matrimonio se desmoronaron en un segundo.

Miré el móvil hasta que se apagó. Un segundo después, llegó otra notificación. No la leí.

Mis manos temblaban al deslizar la bandeja al horno. Diez años. Dos hijos. Una empresa que habíamos creado juntos, o más bien, que él había levantado mientras yo me sacrificaba.

«Amor, lo más importante ahora es que me apoyes. Después tendrás tiempo para tus propios proyectos», me dijo él.

Yo le creí.

Cuando llegó tarde, como siempre en los últimos meses, no le pregunté nada.

«Lo siento, cariño, la reunión se alargó», se excusó.

Lo observé en silencio, con la mirada perdida en el plato.

Solo me rondaba una pregunta:

¿A quién le miente más, a mí o a él mismo?

«¿Todo bien?», notó él mi silencio.

«Sí, solo cansada», respondí con una sonrisa.

Pero por dentro todo se venía abajo.

¿En qué momento dejé de existir para mí?

Esa noche no pude dormir. Con los ojos cerrados, revivía nuestro encuentro, cómo admiraba mis bocetos y sus promesas de un futuro brillante.

Y luego

El matrimonio. El embarazo. Un segundo embarazo. La empresa que exigía cada vez más tiempo.

«¿Lo entiendes, no? Lo más importante es estabilizarnos», insistía.

Yo lo entendía. Administraba la casa, organizaba citas, respondía llamadas. Mis bocetos los guardaba en un cajón, esperando días mejores.

A la mañana siguiente empecé a notar detalles que antes me escapaban. Cómo elegía meticulosamente su camisa, cuánto tiempo perdía arreglándose el pelo, cómo desviaba la mirada al leer mensajes.

«Papá, ¿juegas conmigo esta noche?», preguntó Luis, nuestro hijo menor, aferrándose a mi manga.

«Lo siento, hijo, tengo una reunión importante», le respondí.

Una reunión importante. Me preguntaba ¿llevaría ella un vestido azul?

El mismo que usaba al inicio de nuestra relación ahora acumulaba polvo en el armario, demasiado elegante para ir al supermercado o a la junta de padres.

Seguía haciendo todo como antes: preparar el desayuno, revisar deberes, atender los asuntos familiares. Pero en el fondo una sola pregunta me quemaba: ¿por qué?

¿Quién era ella? ¿Cuánto tiempo llevaba?

«Mamá, estás triste», dijo Azahara, abrazándome con suavidad.

«Todo está bien, mi niña. Sólo estoy cansada», contesté, aunque ya no creía en mis propias excusas.

**Tenemos que hablar**

Esa tarde saqué mis viejos bocetos del cajón. Tantos proyectos Encontré el diseño de una habitación infantil que había creado cuando estaba embarazada de Azahara: colores vivos, columpios colgantes del techo, paredes modulables.

Y Julián había dicho:

«Haz algo más sencillo. Solo es una habitación de niños».

Solo

¿Cuándo se convirtieron mis sueños en «solo»?

El móvil volvió a vibrar. Un mensaje de él:

«Llegaré tarde esta noche».

Miré la pantalla y, de golpe, lo entendí:

No puedo seguir así.

Al día siguiente, cuando los niños estaban con su abuela, esperé a Julián con una decisión clara en el corazón.

Cuando entró, sin siquiera quitarse el abrigo, pregunté:

«¿Quién es ella?»

La pregunta que me quemaba salió suavemente, pero cortó el silencio como una cuchilla.

Julián se quedó inmóvil. Se sirvió un whisky y sus manos temblaron.

«Clara», murmuró.

«Dime la verdad. Tengo derecho a saber», le exigí.

Se sentó frente a mí, jugueteando nervioso con el vaso.

«No significa nada», respondió.

¿Nada?

«Simplemente ya no hay calor entre nosotros», dijo.

Recordé todo:

Prepararle el desayuno cuando estaba enferma.
Pasar noches en vela con sus documentos.
Renunciar a un viaje a Barcelona por una reunión.

«¿Cuándo?», pregunté.

«¿Cuándo qué?», titubeó.

«¿Cuándo todo se volvió frío?», insistí.

«Cuando dejé de llevar vestidos bonitos», respondió.

«Cuando sacrificé mis sueños por tu empresa», replicó.

«No dramatices. Elegiste ser ama de casa», replicó él.

«¿Ser ama de casa? ¡Yo hice la contabilidad, organicé tus reuniones, crié a nuestros hijos!», le recriminé.

«Sofía, escúchame», intentó coger mi mano.

«Podemos arreglarlo. Dejaré todo. Podemos empezar de nuevo», propuso, pero ya veía a un extraño frente a mí.

«¿Sabes qué es lo peor?», dije, dejando que el silencio hablara.

«No es que hayas conocido a otra», respondió.

«Es que no comprendes lo que hiciste», afirmé.

**Volveré a ser yo mismo**

Esa noche, por primera vez en años, abrí mi cuaderno de bocetos. A la mañana siguiente recogí a los niños y, a partir de entonces, comenzó un nuevo capítulo.

Ya no era la sombra de nadie. Había recuperado mi identidad.

Y esa incertidumbre ya no me asusta; al contrario, la encuentro hermosa.

Porque la peor traición es traicionarse a uno mismo.

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