Hace muchos años, mientras ejercía mi labor en el pequeño hospital de partos del remoto pueblo de Luarca, atendí a unas doce mil neonatos. Sin embargo, hubo casos que quedaron grabados en mi memoria como una huella indeleble; entre ellos, la única vez que vi una trilliza. Hoy quiero rememorar aquel suceso.
Era una joven pareja que aguardaba a su primer hijo. El padre, José Martínez, había sido asignado a nuestro pueblo por trabajo como técnico de aviación en el aeródromo de la zona. Venía de Marruecos, era corpulento, tranquilo y, a veces, algo despreocupado. La madre, MaríaLuz Fernández, era una madrileña de cabellera rojiza, energía vibrante y una belleza que hacía difícil describirla simplemente como mujer.
Al principio de su embarazo, la pareja supo que tendría gemelos. MaríaLuz decidió viajar a Madrid para dar a luz bajo el cuidado de su madre, pero el parto se adelantó: la mujer entró en labor a las 32 semanas. Fue entonces cuando, en mi turno, llegó a nuestro servicio la joven enfermera Violeta. El edificio principal estaba clausurado por una limpieza profunda, así que nos encontrábamos temporalmente en la zona ginecológica.
La obstetra a cargo, la doctora Dina Rodríguez, una profesional experimentada, al examinar a la madre sospechó que los bebés estaban mal posicionados. Concluyó que un parto natural sería demasiado arriesgado y, por tanto, se decidió una cesárea. Se realizó una radiografía para confirmar la posición de los infantes y, como mostraron los primeros estudios, se visualizaron dos niños: uno con la cabeza hacia adelante y el otro de pie.
Procedimos a la operación. Primero extrajimos al primer niño, un varón de 1700gramos. Mientras yo y la enfermera le asistíamos, el equipo sacó al segundo, otro varón de 1600gramos. De pronto escuché la voz de la doctora:
¡Prepárense para el tercero!
La situación era grave; los dos niños ya eran frágiles. Pronuncié sin querer unas palabras poco amables al equipo, pero el potente grito de la doctora me sobresaltó. Entonces, ¡apareció la tercera bebé! Una niña de 1400gramos que, al verla, me quedé sin habla.
Nadie la había detectado en la exploración ni en la radiografía, porque los dos varones se encontraban alineados a lo largo del útero y la pequeña estaba acurrucada transversalmente bajo ellos, ocultándola de la vista. Así, los diminutos caballeros protegían a su dama de la curiosidad de los ojos externos.
Si la doctora Rodríguez no hubiera insistido en la cesárea, es probable que ninguno hubiera sobrevivido. Tras el parto, la enfermera y yo cuidamos de los tres recién nacidos en una unidad que no estaba preparada para una llegada tan numerosa; sólo disponíamos de una cuna incubadora para prematuros, donde colocamos a los tres sin problemas.
Pasé la noche entera al lado de los bebés, muy preocupada. Al amanecer, su estado se estabilizó y el timbre de la enfermería comenzó a sonar. Frente a la puerta entró un hombre apuesto con uniforme de aviador: el padre.
¿Qué he engendrado? preguntó, con la voz temblorosa.
¡Enhorabuena! Dos hijos dije, tomando aire y una hija.
Le costó asimilar la información; repetía en voz baja:
Dos hijos y una hija ¿Dos hijos? se escuchaba perplejo ¿Una hija? ¿Cómo tres?
Así es afirmé con la mayor convicción.
Lo sentamos, le ofrecimos agua y, pese a su humilde vivienda y a los escasos recursos que había ganado recién llegado, la sorpresa de la trilliza le dejó sin palabras. Los niños permanecieron en la unidad hasta que ganaron el peso necesario y recuperaron su salud. Yo solía visitar su habitación a menudo, admirando el milagro de la naturaleza. La madre, siempre pulcra y con una sonrisa constante, los atendía con esmero; fueron la primera trilliza de Luarca y la suerte los acompañó.
La administración municipal les concedió un piso de tres habitaciones en el nuevo bloque de viviendas, con todo lo necesario para su sustento. Incluso se asignó una enfermera domiciliaria durante los primeros meses. Pero el verdadero motor de esa historia fue MaríaLuz, una joven de una belleza extraordinaria que, con su fuerza, puso a sus hijos en pie y los crió.
Pasaron diez años. Un día, al entrar en la sala de emergencias del hospital, me encontré con Violeta, ahora madre, acompañada de sus hijos, que habían venido a visitar al padre. Dos niños de cabello oscuro, idénticos al aviador, cruzaron el pasillo, y tras ellos, una niña de cabellos rojizos y sonrisa vivaz, espejo perfecto de su madre.
Ver a esa familia reunida llenó mi corazón de una alegría inmensa; sentí que mis propias manos aún conservaban el calor que había sentido al sostener a esos pequeños milagros. El latido de sus corazones diminutos aún resonaba en mi recuerdo.







