El compañero adinerado de la clase en la reunión

Querido diario,

Hoy he llegado a la reunión de antiguos compañeros del instituto después de treinta años sin verlos. Desde que terminé la ESO, me mudé a Valencia para estudiar ingeniería en la Universidad, y después de graduarme trabajé en Barcelona. Con el tiempo quise ganar más y fundé mi propia empresa de desarrollo de software; han sido subidas y bajadas, pero nunca faltó el esfuerzo.

En los momentos libres reviso fotos de la promoción en Instagram y publico las mías. De todos, la que más pienso es Begoña. En el instituto la quería mucho, pero ella nunca me prestó atención; le resultaba aburrido mi modo de estudiar. La última vez que le llevé un ramo, se subió al asiento trasero de la moto de Adán, ni siquiera miró el bouquet, arrancó el motor y se perdió entre el polvo. No volví a acercarme. Me habría gustado invitarla a dar una vuelta, ayudarla en lo que necesitara, pero nunca lo hice.

En aquel entonces no tenía muchos amigos cercanos; dedicaba la mayor parte del tiempo a los libros. Sólo con unos cuantos compañeros de clase hacía clases extra de matemáticas para el examen de ingreso a la universidad.

Llegué a la reunión de buen humor, con regalos envueltos para cada uno de los antiguos colegas, sin olvidar a ninguno. Nos sentamos en una cafetería del centro de Madrid, reímos y recordamos anécdotas. Yo, pensativo, observaba a los demás y, sobre todo, a Begoña. Ella se sentaba al fondo, pegada a su móvil, como si quisiera evitarme. Después del instituto se casó con Adán, pero según he sabido ya no viven juntos; cría sola a su hijo enfermo.

Decidí acercarme y hablar con ella, pero la respuesta fue una explosión.

¡Vives en tu mansión y no tienes idea de los problemas que pasamos! gruñó. He visto tu casa; tu mujer no trabaja, solo va a salones de belleza. Tienes empleados, pero nunca los muestras en fotos. Tus hijos estudian en el extranjero y yo apenas consigo curar a mi hijo. ¿De qué nos sirve hablar? No lo entenderías.

¿Soy yo el culpable de tus penas? le contesté, intentando mantener la calma.

En nuestro país no hay fondos para niños enfermos, y gente como tú se sienta en su silla de oro y es avariciosa replicó.

Me enfureció que trajeran a colación mi situación económica. Tenía algo que decir.

Begoña, ¿cuántos niños enfermos has ayudado tú?

Yo misma tengo un hijo enfermo. A veces envío mensajes de apoyo.

Yo también realizo donaciones regulares a fundaciones benéficas, sin alardear. ¿Quién aporta más?

Para ti es fácil: perder cien mil euros no te empobrece. Mi ayuda tiene más peso porque la saco de mi propio bolsillo. ¿Sabes cómo consigo el dinero? Cada mañana tomo dos autobuses para ir a trabajar y apenas llego a fin de mes.

Los demás comensales nos observaban; algunos apoyaban a Begoña y otros guardaban silencio.

Al terminar, dejé los regalos sobre la mesa y pedí al camarero que entregara un sobre a Begoña. Mientras salía, pensé en todo lo que habíamos vivido. Teníamos las mismas oportunidades, la misma inteligencia. Yo elegí estudiar en lugar de pasar el rato tomando caña en el parque, elegí la universidad en vez del instituto técnico, arriesgué y fundé mi propio negocio. He tropezado, he aprendido, he caído y me he levantado. No es culpa mía que algunos hayan tomado otro camino y me critiquen por mis logros; gané lo que gané con mi propio esfuerzo.

Hoy recuerdo a cuántas personas, como Begoña, les gusta contar el dinero ajeno. Algunos nacen en familias acomodadas y acceden a buena educación, pero también hay muchos que vienen de entornos humildes y logran el éxito por sí mismos. Todo depende de las decisiones que tomemos.

Lección personal: el destino no está escrito en la fortuna heredada, sino en las decisiones que uno se atreve a tomar, aunque el camino sea duro y solitario.

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