Hasta el próximo verano

Antes del próximo verano

El sol de junio se cuela tímido por la ventana del apartamento de la calle Fuencarral, en Madrid. Los árboles del barrio dejan caer hojas verdes que se posan sobre el cristal como si quisieran apagar la luz que entra. Las persianas están abiertas de par en par; el silencio se rompe solo con el canto lejano de los pájaros y el murmullo esporádico de niños que juegan en la calle. En aquel piso, donde cada mueble lleva años de historia, viven dos personas: la cuarenta y media Crisanta y su hijo de diecisiete años, Eduardo. Ese día de junio todo parece cambiar: el aire no lleva la frescura habitual, sino una tensión que no se disipa ni con la brisa que entra por la ventana.

Esa mañana, cuando llegaron los resultados de la Selectividad, Crisanta los grabó en la memoria. Eduardo estaba sentado en la mesa de la cocina, clavado en el móvil, los hombros encogidos. No decía nada, y ella, junto a la hornalla, no sabía qué decir. Mamá, he suspendido acabó diciendo, con la voz plana pero cargada de cansancio. Ese agotamiento se había convertido en una costumbre para ambos durante el último año. Tras el instituto, Eduardo apenas salía; estudiaba solo, asistía a clases gratuitas del centro y rara vez se encontraba con sus compañeros. Crisanta intentaba no presionarlo: le traía té de menta, a veces se sentaba a su lado solo para estar presente. Pero ahora todo volvía a empezar.

Para Crisanta la noticia fue como una ducha fría. Sabía que solo podría repetir la prueba a través del instituto, cumpliendo una serie de trámites. No tenía dinero para academias privadas. El padre de Eduardo vivía separado y no aportaba nada. Esa noche cenaron en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Crisanta repasaba mentalmente posibles tutores económicos, cómo convencer a su hijo de intentarlo de nuevo, si tendría fuerzas para acompañarle y, al mismo tiempo, sostenerse a sí misma.

Eduardo se movía como en piloto automático. En su habitación había una pila de cuadernos junto al portátil. Volvía a abrir los exámenes de matemáticas y lengua, los mismos que había resuelto en primavera. A veces miraba la ventana tanto que parecía que el mundo se escaparía con él. Respondía con monosílabos. Crisanta veía que le dolía volver a ese material, pero no había alternativa: sin la Selectividad no se podía entrar a la universidad. Así que había que volver a prepararse.

Al día siguiente, en la tarde, sentaron la mesa y planearon. Crisanta abrió el portátil y propuso buscar un nuevo profesor. ¿Y si probamos a alguien distinto? preguntó con cautela. Yo lo haré solo gruñó Eduardo. Un suspiro escapó de los labios de su madre; sabía que él le avergonzaba pedir ayuda. Ese instante le dio por abrazarlo, pero se contuvo. En su lugar, dirigió la conversación al horario: cuántas horas al día estaría dispuesto a estudiar, si necesitaba cambiar de método, qué le había resultado más difícil en primavera. Poco a poco la charla se suavizó; ambos comprendían que no había vuelta atrás.

Durante los días siguientes Crisanta llamó a conocidos y buscó contactos. En el chat del instituto encontró a una profesora, Teresa María González, especializada en refuerzo de matemáticas. Acordaron una clase de prueba. Eduardo escuchaba a medias, todavía a la defensiva. Pero cuando Crisanta le entregó por la tarde una lista de posibles tutores de lengua y sociales, él aceptó, a regañadientes, revisar los perfiles juntos.

Las primeras semanas del verano se instauraron en una nueva rutina. Por la mañana desayunaban juntos: avena, té con limón o menta, a veces unas fresas recién cogidas del mercado de la Latina. Después llegaba la sesión de matemáticas, a veces en línea, a veces en casa, según la disponibilidad del profesor. Al mediodía una breve pausa, y luego el trabajo autónomo con los ejercicios. Por la noche se revisaban los errores o se llamaba a los demás tutores.

El cansancio aumentaba día a día. Al terminar la segunda semana la tensión se hacía visible en los pequeños detalles: alguien se olvidaba de comprar pan, otro dejaba la plancha encendida, surgían discusiones por tonterías. Una noche, mientras cenaban, Eduardo lanzó el tenedor contra el plato: ¿Por qué me controlas? ¡Ya soy mayor! exclamó. Crisanta intentó explicarle que necesitaba conocer su horario para ayudarle a organizarse, pero él solo miró por la ventana, sin respuesta.

A mitad del verano quedó claro que el método anterior no funcionaba. Los tutores eran dispares: unos exigían memorización, otros daban ejercicios sin explicar. Tras algunas clases, Eduardo llegaba al sofá abatido. Crisanta se culpaba: ¿habría sido demasiado insistente? El apartamento se sentía cada vez más sofocante; aunque las ventanas estaban abiertas, el calor interno no cedía.

Intentó, en dos ocasiones, proponer paseos o pequeñas salidas para romper la rutina, pero la conversación terminaba siempre en discusiones: él consideraba inútil perder tiempo al aire libre, ella enumeraba las lagunas del temario y los planes de la semana.

Una noche, el punto de ruptura llegó. El tutor había entregado a Eduardo un simulacro de matemáticas de nivel de bachillerato y el resultado fue peor de lo esperado. Eduardo volvió a casa con el semblante sombrío y se encerró en su habitación. Más tarde, Crisanta escuchó el leve golpeteo de la puerta y, con cautela, entró. ¿Puedo? preguntó. ¿Qué? respondió él. Hablemos insistió ella. El silencio se prolongó; finalmente él habló: Tengo miedo de volver a fracasar. Crisanta se sentó al borde de la cama. Yo también le temo pero veo que te esfuerzas al máximo. Él la miró fijamente: ¿Y si otra vez no consigo? Entonces pensaremos juntos qué hacer contestó ella. Pasaron casi una hora hablando de temores, del agotamiento compartido y de la impotencia frente a un sistema que parece una carrera sin fin. Acordaron, con sinceridad, que esperar el resultado perfecto era ilógico; necesitaban un plan realista acorde a sus fuerzas y posibilidades.

Esa misma noche redactaron un nuevo horario: menos horas semanales, tiempo para descansar y salir a pasear al menos dos veces por semana, y la promesa de comunicar cualquier dificultad de inmediato para evitar explosiones de ira. El aire fresco de la noche comenzó a desplazar la pesada atmósfera del día. Eduardo pegó el nuevo calendario en la pared y, con marcador, resaltó los días de descanso, como un recordatorio de su pacto.

Al principio les costó adaptarse al nuevo ritmo. A veces la mano de Crisanta se alargaba para comprobar si su hijo había llamado al tutor o había hecho el simulacro, pero ella se detenía, recordando la conversación de la noche anterior. Salían breves caminatas al supermercado o alrededor del barrio, sin hablar de tareas, solo charlando de triviales. Eduardo seguía cansado después de las clases, pero la irritación aparecía con menos frecuencia. Empezó a preguntar por consejos en los ejercicios, no por miedo a ser reprendido, sino porque sabía que su madre lo escucharía sin juzgar.

Los primeros logros llegaron sin alarde. Un día, Teresa María le envió a Crisanta un mensaje: «¡Hoy Eduardo resolvió dos ejercicios de la segunda parte por su cuenta! Se nota que está trabajando los errores». Crisanta leyó la frase varias veces, sonriendo como si fuera una gran victoria. En la cena le dio un elogio sencillo, sin exageraciones. Eduardo encogió los hombros, pero la esquina de sus labios se movió: el reconocimiento era justo.

Más adelante, en una clase virtual de lengua, Eduardo obtuvo una alta puntuación en el ensayo de práctica. Se la mostró a su madre, algo que no había hecho en meses. Con voz baja, pero firme, dijo: Creo que empiezo a entender cómo estructurar los argumentos. Crisanta asintió y, sin decir más, le abrazó por los hombros.

Con cada día que pasaba el ambiente en casa se calentaba poco a poco, como el sol que se cuela entre las nubes. Sobre la mesa aparecían bayas del mercado de la Latina; después de una caminata traía pepinos o tomates de la verdulería del barrio. Cenaban juntos con más frecuencia, hablando de noticias del instituto o de planes de fin de semana en vez de recitar listas interminables de temas.

Incluso la forma de abordar los errores cambió. Antes los veían como catástrofes; ahora los analizaban con calma y, a veces, con humor. Una tarde, Eduardo escribió en su cuaderno una broma sobre la absurda redacción de una pregunta de la Selectividad; Crisanta se rió de verdad, y él se unió a la carcajada.

Las conversaciones empezaron a salir del círculo de los exámenes: comentaban películas, la música de su lista de Spotify, o los planes para el próximo septiembre, aunque sin fechas ni universidades definidas. Ambos aprendían a confiar el uno en el otro más allá del estudio.

Los días se acortaban; el sol ya no quemaba hasta la noche, pero el aire estaba impregnado del perfume del verano tardío y de las voces lejanas de niños que jugaban en la calle. Eduardo a veces salía solo a la plaza junto al colegio; su madre lo dejaba ir, sabiendo que los quehaceres esperaban unos minutos más.

A mediados de agosto Crisanta se dio cuenta de que ya no revisaba el horario de Eduardo a escondidas cada noche; le hacía caso a sus palabras sin necesidad de verificaciones constantes. Eduardo también se irritaba menos cuando le pedían que ayudara en casa; la tensión se había disipado junto con la carrera por la perfección.

Una noche, antes de dormir, tomaron té en la cocina con la ventana entreabierta. Si consigo entrar empezó Eduardo y se quedó callado. Crisanta le devolvió una sonrisa: Si no, seguiremos buscando juntos. Él la miró serio: Gracias por aguantar todo esto conmigo. De nada, repuso ella. Es que lo hemos hecho los dos.

Sabían que aún quedaba mucho por delante, que el futuro seguía incierto, pero el temor a enfrentarlo solos había desaparecido. Los últimos amaneceres de agosto traían una frescura renovada; los primeros brotes amarillos entre el verde de los árboles recordaban que el otoño estaba a la vuelta de la esquina. Eduardo recogía los libros para la próxima sesión con el tutor; Crisanta ponía la tetera para el desayuno. Sus gestos cotidianos ahora tenían un ritmo más tranquilo.

Ya habían presentado la solicitud de repetición a través del instituto, evitando la prisa de última hora. Cada día ya no solo estaba lleno de horarios y listas, sino también de planes para pasear al atardecer o ir al mercado juntos después del trabajo de Crisanta. A veces discutían por pequeñeces o por el cansancio de la rutina, pero ahora sabían detenerse a tiempo y expresar sus sentimientos antes de que la insatisfacción se convirtiera en distancia.

Al acercarse septiembre, quedó claro que, independientemente del resultado de la Selectividad de la próxima primavera, lo importante había cambiado. Habían aprendido a ser un equipo, donde antes cada uno intentaba salir adelante solo; a compartir la alegría de los pequeños triunfos sin esperar la aprobación de un sistema que solo mide números.

El futuro seguía sin estar definido, pero ahora brillaba más, porque ninguno de los dos tenía que andarlo solo.

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