LA NOVIA

Dolores recordaba aquel invierno en el que, con la ventana abierta, la luz de las farolas de la calle Alcalá se colaba en su cuarto y ella, pensativa, se preguntaba si la soledad era su destino. Tenía un modesto piso en el centro de Madrid, un trabajo estable en el servicio de urgencias y, a ojos de los demás, una vida sin grandes carencias. Sin embargo, el amor le había sido esquivo; sus compañeras de colegio ya estaban casadas, con hijos y casas de barrio, mientras ella seguía sola.

Los padres de Dolores fallecieron uno tras otro cuando ella aún era niña, y quedó al cuidado de su abuela, Doña Carmen, quien siempre había soñado con que la nieta se convirtiera en médica. Dolores acabó estudiando enfermería y, tras varios intentos frustrados para entrar en la universidad, se certificó como auxiliar de emergencias y pasó largas jornadas en la ambulancia. Doña Carmen, ya retirada a su casa de las afueras de la capital, deseaba que la nieta encontrara compañía, pero los asuntos sentimentales seguían sin salir a la luz.

De pequeña, Dolores había anhelado un gato y un perro, pero su madre sufría de alergia a la caspa. Lo descubrió el día en que su hija, con los ojos brillantes de felicidad, trajo a casa un gatito de ocho semanas; al instante, la madre tuvo una crisis de asma y el felino tuvo que ser entregado a la abuela. Cuando quedó huérfana, un pequeño gato llamado Tilo apareció junto a un contenedor de basuras. Dolores también quería un perro, pero la abuela temía no poder asumir la responsabilidad.

Con el tiempo, su vida quedó poblada por cinco fieles compañeros. La primera llegó bajo la forma de una chusca perrita mestiza, Pava, hallada temblando de frío junto a la entrada de un supermercado de la Gran Vía. Los guardias la echaban sin piedad, pero Dolores la rescató, la metió en una bolsa y la llevó a casa. Pava, veloz como un avión a reacción, recibió su apodo por la rapidez con que corría y no tardó en hacerse amiga de Tilo.

Poco después, una chiquilla de pelo corto y patas torcidas, la teca Marta, fue abandonada en el patio de una casa vecina cuando los dueños se mudaron a un nuevo piso. La perrita, temblorosa y hambrienta, quedó rezagada en la nieve y pasó una semana llorando cerca del portal hasta que los amantes de los perros del barrio la encontraron. Dolores la acogió, curó sus orejas heladas y le hizo una bufanda de lana que la hacía parecer una minúscula y digna señora de la calle Mayor.

Una mañana, mientras se dirigía a su turno nocturno, un bloque de hielo resbaló frente a sus pies y reveló a una gata enorme y de mirada altiva, a quien llamó Constanza, en honor a su propio segundo nombre. La felina, cubierta de escarcha, recibió dos rebanadas de pan con queso y jamón, y un papel colgado en la pared del bajo con la frase: Por favor, no la echen. Volveré cuando termine el turno. Dolores, piso 15. Constanza aceptó el nombre y, con su porte regia, se convirtió en la comandante del pequeño ejército peludo.

El último integrante fue un gatito gris, llamado Manolo, que Dolores halló en el Retiro, salvado de dos cuervos hambrientos. Creció tranquilo, siempre sumiso y sin aspirar a disputas. Así, la casa de Dolores se llenó de vida: Pava, Marta, Constanza, Tilo y Manolo vivían en armonía, aunque la abuela advertía que no todos los pretendientes apreciaban semejante zoológico doméstico.

¡Ay, Dolores, con dos perros y tres gatos, ¿cómo vas a encontrar marido? le repetía Doña Carmen, sacudiendo la cabeza. Los jóvenes de hoy son muy orgullosos y no quieren los enredos que conlleva cuidar animales. Pero Dolores no se dejaba amedrentar.

Primero conoció a Alejandro, un joven médico traumatólogo que, tras atender a una víctima de accidente, la miró y sintió una chispa que la dejó sin aliento. Tras intercambiar números, comenzaron a salir y, según ella, él parecía serio y comprometido. Sin embargo, temía que la manada de cuatro patas hiciera huella en su relación, así que mantuvo el secreto.

Al cabo de seis meses, Alejandro la presentó a su hermana Lucía y a su esposo, y la llevó a la casa de sus padres en Toledo. Allí la abuela de Dolores percibió el alboroto y, sin perder la calma, le dijo: No puedes seguir engañándolo, si él es honesto, merece la verdad. Dolores, angustiada, decidió trasladar a sus mascotas a la casa de Doña Carmen. La anciana protestó, pero aceptó bajo la condición de que la nieta la visitara todos los días.

Pava y Marta corrían por la nieve del portal, mientras Constanza, Tilo y Manolo los seguían como una procesión digna de una fiesta patronal. Un cartero, al abrir la puerta, dejó escapar a la tropa peluda que, tras un breve revuelo, volvió a entrar bajo la atenta mirada de Constanza, quien bufó con desdén a cualquiera que se acercara demasiado.

El día de la boda se acercaba y la tensión crecía. Dolores, con el corazón encogido, había prometido a Alejandro un anillo con amatista en forma de corazón. No tengo dote, pero prometo amor sincero, había dicho entre risas nerviosas. Mientras planificaban el banquete, el coche de Alejandro chocó contra un contenedor lleno de bolsas de pienso para perros y gatos. ¿De dónde vienen? preguntó él, desconcertado. Dolores desvió la conversación, pero el recuerdo de la escena la perseguía.

Al concluir la velada, Alejandro escuchó ruidos en la puerta. Al abrir, se encontró con una columna de animales: Pava liderando la marcha, Marta con su bufanda roja, Constanza caminando con dignidad, Tilo y Manolo siguiendo de cerca. ¿Qué ocurre aquí? preguntó, boquiabierto. Dolores, con la cara oculta entre las manos, sollozó en silencio. Son mis compañeros, respondió entre sollozos. Alejandro, tras una breve pausa, se levantó, se puso el abrigo y salió del coche.

Dolores llamó a la abuela para calmarla, pero la tristeza la envolvía. Pensó que el matrimonio nunca sería, y abrazó a sus amigos de cuatro patas, sintiendo el vacío de la mentira que había tejido. Pero, al sonar el timbre, apareció Alejandro con bolsas de pienso de lujo, sonriendo. No cierres la puerta, que ya llego, dijo. Un momento después, entró con una teca roja atada a la correa: Esta es Nika, y esta es Maruja. Las he tomado prestadas de mi hermana. La escena se tornó cómica y, con el tiempo, Dolores y Alejandro recordaron aquel episodio entre risas, preguntándose cómo habría sido su vida sin aquel revoltoso prendado de animales.

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