Hace ya mucho tiempo recuerdo cómo, de un día para otro, mi vida se volvió del revés. Mi padre falleció y, tras veinte años de matrimonio, mi marido me abandonó. Sin empleo y con casi cuarenta años, me vi obligada a mudarme a la casa de mi padre en la aldea de Valdecruz, convencida de que ya no habría horizonte para un trabajo decente ni para volver a amar.
Los azares no tardaron en acompañarme. El tejado, construido por un chapista del pueblo, empezaba a gotear y yo no tenía fuerzas para cortar leña. Los obreros que sustituyeron la carpintería dejaron el trabajo a medias, y el viento se colaba por los huecos. Para calentar el hogar, juntaba piñas de pino y quemaba libros que había acumulado, hasta que se fue la luz y tuve que apagar la calefacción.
El dueño de la taberna de enfrente empezó a lanzarme propuestas tan calientes como el propio fuego del fogón. Me debatía entre reír y llorar, pensando que no podía empeorar la situación. Pero, de repente, todo cambió.
Mi príncipe apareció en la parada de autobús del pueblo, descendiendo del autobús con el pelo despeinado y vestido de overol, trabajador de techos. Me preguntó si necesitaba ayuda; admití que sí, aunque no tenía con qué pagarle. Me respondió que, cuando tuviera dinero, lo liquidaríamos.
Él reparó el tejado, la llave del grifo, el contador de agua, la verja, los escalones y los cristales. Una noche, en la más cruda helada, encontré en mi casa una hoguera tibia y, al lado, una taza de té de hierbas. Como por arte de magia, aquel brebaje alivió mi garganta helada y mis pies congelados.
Supe entonces quién era mi héroe y me pregunté cómo agradecerle. Es hábil, pero también modestísimo; por eso no menciono su nombre, temiendo que se enfade, pues nuestro pueblo es pequeño y todos lo conocen.
Hoy mi casa y mi jardín lucen renovados; se percibe la firma de una mano masculina. Con mi príncipe siento calor en el pecho y felicidad plena, y, sobre todo, temo perderlo.







