Una velada para mí mismo

La noche se desliza como un velo sobre la calle empedrada de la vieja Madrid, donde los charcos, medio ocultos bajo un manto de hojas caídas, relucen bajo la escasa luz de los faroles. Es un otoño tardío, la bruma se cuela entre los cristales y el viento frío penetra hasta los huesos; los edificios parecen alejarse, indiferentes, como sombras que no pueden tocar. Andrés camina un paso más rápido, como huyendo de una presencia invisible que lo acecha desde la madrugada. Mañana será su cumpleaños, una fecha que siempre ha intentado pasar desapercibida.

Dentro de su cuerpo se acumula una tensión conocida: no es anticipación alegre, sino un nudo denso y pesado, como si un puñado de recuerdos se hubiera asentado en el pecho. Cada año la misma rutina: mensajes formales, llamadas breves de los compañeros, sonrisas de turno. Todo se vuelve una obra ajena en la que él debe interpretar al culpable de la celebración, aunque ya hace mucho que no se siente tal.

En otro tiempo todo era distinto. De niño, Andrés se despertaba con el corazón latiendo con fuerza, esperando ese día como un milagro diminuto: el aroma del bizcocho casero con crema, el crujido del papel de regalo, la voz cálida de su madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran auténticos, llenos de risas sinceras y el ajetreo que rodeaba el pastel. Ahora los recuerdos de esos momentos aparecen esporádicamente y dejan tras de sí una ligera melancolía.

Abrió la puerta del edificio; el aire húmedo golpeó su rostro con mayor fuerza. En el vestíbulo lo recibió el caos familiar: un paraguas mojado apoyado contra la pared, chaquetas colgando de los ganchos sin orden. Se quitó los zapatos y se detuvo frente al espejo; su reflejo mostraba el cansancio de las últimas semanas y, además, una tristeza difusa por la pérdida de la sensación de fiesta.

¿Ya llegaste? preguntó Sofía, su esposa, asomándose desde la cocina sin esperar respuesta.

Sí balbuceó él.

Llevaban tiempo habituados a esos diálogos escuetos al anochecer: cada uno en su mundo, encontrándose apenas para la cena o una taza de té antes de dormir. La familia se sostenía en la rutina, segura y algo monótona.

Andrés se cambió a ropa de casa y se dirigió a la cocina, donde el olor a pan recién horneado flotaba en el aire; Sofía cortaba verduras para la ensalada.

Mañana no habrá muchos invitados, ¿verdad? inquirió, casi sin entonación.

Como siempre: no te gustan las reuniones ruidosas ¿Qué tal si quedamos los tres? Invita a tu amigo Diego.

Andrés asintió en silencio y se sirvió una taza de té. Sus pensamientos se enredaban: comprendía la lógica de Sofía ¿para qué montar una fiesta solo por cumplir?, pero algo dentro de él objetaba esa contención adulta de los sentimientos.

La noche se alargaba despacio; Andrés hojeaba las noticias en el móvil, intentando distraerse de los persistentes pensamientos sobre el día siguiente. Sin embargo, la pregunta regresaba una y otra vez: ¿por qué la celebración se había convertido en mera formalidad? ¿Dónde se había perdido la alegría?

Al alba, el móvil lo sacudió con una larga cadena de notificaciones de los chats laborales; los colegas enviaron felicitaciones estándar adornadas con stickers y GIFs de ¡Feliz cumple!. Un puñado de mensajes personales resultó ligeramente más cálido, aunque todas las palabras parecían repetirse hasta volverse transparentes.

Él respondía mecánicamente con un «¡Gracias!» o con un emoticón. La sensación de vacío se hacía más densa: Andrés se descubría deseando alejar el teléfono y olvidar su propia fecha hasta el próximo año.

Sofía subió la tetera un poco más fuerte, intentando ahogar el silencio que reinaba sobre la mesa.

Te felicito Oye, ¿te apetece pedir pizza o sushi esta noche? No quiero pasar todo el día delante de la estufa.

Como quieras

En la voz de Andrés se cuajó una irritación que luego lamentó, pero no explicó nada. Dentro hervía una mezcla de impotencia contra sí mismo y contra el mundo.

Al mediodía, Diego llamó:

¡Hola! ¡Feliz cumple! ¿Nos vemos?

Sí Pasa al final de la jornada.

Perfecto, llevo algo para acompañar el té.

La conversación terminó tan rápido como empezó; Andrés sintió una extraña fatiga de esos contactos breves, como si todo ocurriera no por él, sino porque así se hace.

Todo el día transcurrió en un sueño semiconsciente; el hogar exudaba el aroma del café mezclado con la humedad de la ropa mojada en el recibidor, mientras la lluvia seguía golpeando la ventana. Andrés intentó trabajar desde casa, pero los recuerdos de la infancia volvieron una y otra vez: entonces cualquier fiesta era el acontecimiento del año; ahora se desvanecía entre la rutina como otro punto más en el calendario.

Al caer la tarde, el ánimo se volvió aún más pesado; Andrés comprendió, por fin, que ya no quería tolerar ese vacío solo para mantener la calma ajena. No quería fingir ante Sofía ni ante Diego aunque resultara incómodo o cómico expresar sus sentimientos en voz alta.

Cuando todos se sentaron bajo la luz tenue de la lámpara de escritorio, la lluvia golpeaba el alféizar con mayor estruendo, como subrayando el encierro de su pequeño universo bajo un noviembre gris.

Andrés guardó silencio; el té se enfriaba en la taza frente a él, y las palabras se negaban a formar frases. Miró primero a Sofía, que le dirigió una sonrisa cansada a través de la mesa; luego a Diego, absorto en su móvil, asintiendo apenas perceptiblemente al ritmo de una canción que salía de la habitación contigua.

De pronto, todo se volvió insoportablemente claro:

Escuchad Tengo que decir algo.

Sofía dejó la cuchara; Diego levantó la vista del móvil.

Siempre pensé que era tonto montar fiestas por obligación Pero hoy he comprendido otra cosa.

El silencio que siguió fue tan nítido que incluso el sonido de la lluvia pareció amplificarse.

Echo de menos la verdadera fiesta Ese sentimiento infantil de esperar todo el año y sentir que todo es posible.

Se quedó sin aliento; su garganta se tensó por la emoción.

Sofía lo miró fijamente:

¿Quieres intentar recuperarlo?

Andrés asintió apenas.

Diego sonrió con calidez:

Ahora entiendo qué es lo que has buscado todos estos años.

En el pecho de Andrés surgió una ligereza inesperada.

Pues nada, dijo Diego frotándose las manos, vamos a recordar cómo era. Una vez hablaste del bizcocho con crema

Sofía, sin preguntar, se dirigió al frigorífico. No había ni bizcocho ni crema, pero sacó una caja de galletas simples y un frasco de mermelada de frutos rojos. Andrés esbozó una sonrisa: el gesto era torpe y, sin embargo, profundamente humano. En la mesa apareció rápidamente una bandeja con galletas, una taza de mermelada y un pequeño cuenco de leche condensada. Diego, en tono de broma, puso sus manos bajo la barbilla:

¡Pastel exprés! ¿Y las velas?

Sofía rebuscó en un cajón de baratijas y sacó lo que quedaba de una vela de parafina. La recortó a la mitad; quedó torcida, pero auténtica. La clavaron en una montaña improvisada de galletas. Andrés observó aquel modesto altar y sintió algo parecido a la alegría de la expectativa.

¿Música? preguntó Diego.

No la radio, algo que escuchábamos los padres, pidió Andrés.

Diego remendó el móvil; Sofía encendió una vieja lista de reproducción en el portátil: voces de otro siglo, canciones que marcaban la infancia, se entrelazaron con el rumor de la lluvia. Resultaba cómico ver a adultos montar una pequeña obra para uno solo, pero en esa escena había desaparecido toda falsedad de los saludos habituales. Cada uno hacía lo que mejor sabía: Sofía servía té en tazas gruesas, Diego aplaudía torpemente al compás, Andrés se descubría sonriendo sin necesidad de educación.

El apartamento se volvió más cálido. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle mojada; fuera seguía lloviendo. Pero ahora Andrés contemplaba la lluvia con otro sentido: estaba lejos, mientras allí se gestaba su propio clima.

¿Recordáis el juego del cocodrilo? intervino Sofía de improvisto.

¡Cómo olvidarlo! Siempre perdía

No porque seas malo imitándolo, sino porque nos reímos demasiado.

Intentaron jugar allí mismo, sobre la mesa. Al principio fue incómodo: un adulto pretendiendo ser un canguro frente a dos adultos más. Pero al cabo de un minuto, la risa se volvió genuina; Diego agitaba los brazos con tal ímpetu que casi derramaba su taza, Sofía reía con una luz tenue, y Andrés, por primera vez, dejó que su rostro se expresara sin filtros.

Recordaron anécdotas de fiestas infantiles: quién escondía trozos de pastel bajo la servilleta para un segundo intento, cómo una vez se rompió el juego de la madre sin que nadie se enfadara. Cada recuerdo hacía que la atmósfera se disipara, dejando paso a una calidez acogedora. El tiempo dejó de ser enemigo.

Andrés sintió de nuevo esa sensación infantil, aquella en la que todo parecía posible al menos por una noche. Observó a Sofía con gratitud por su simple cuidado, y al amigo a través de la mesa, descubriendo una comprensión sin tiras de papel.

La música llegó a su fin de golpe. Fuera, faros escasos deslizaban su brillo sobre el asfalto mojado. El apartamento se sentía como una isla de luz en medio de un otoño gris.

Sofía volvió a servir té:

Al final lo he hecho un poco distinto Pero lo esencial no es el guion, ¿verdad?

Andrés asintió en silencio.

Recordó el temor que había sentido esa mañana, como si la fiesta obligara a una decepción inevitable. Ahora parecía un equívoco lejano. Nadie esperó de él reacciones perfectas ni agradecimientos exagerados; nadie lo empujaba a celebrar por marcar una casilla del calendario familiar.

Diego sacó un viejo juego de mesa del armario:

Ahora sí que volvemos al pasado.

Jugaron hasta bien entrada la noche, discutiendo reglas y riendo de sus propios movimientos absurdos. La lluvia golpeaba la ventana con un ritmo casi mecedor.

Más tarde, los tres permanecían en silencio bajo la luz suave de la lámpara; sobre la mesa quedaban migas de galleta y una taza vacía de mermelada, rastros de su festín casero.

Andrés comprendió al fin que no necesitaba demostrar nada a nadie, ni a sí mismo ni a los demás. La fiesta había vuelto porque, a su alrededor, había personas dispuestas a escucharlo de verdad.

Miró a Sofía:

Gracias

Ella respondió con una sonrisa que solo sus ojos manifestaron.

Dentro reinaba la calma, sin euforia ni alegría fingida, solo la certeza de haber encontrado el momento correcto en el lugar correcto, rodeado de los suyos. Afuera, la ciudad mojada seguía su vida; dentro, la luz y el calor se quedaban.

Andrés se levantó, se acercó a la ventana. Los charcos reflejaban las farolas; la lluvia caía lenta y perezosa, como cansada de discutir con el noviembre. Pensó en el milagro infantil: siempre fue algo sencillo que surgía de las manos cercanas.

Esa noche se durmió con facilidad, sin prisa por olvidar su propio cumpleaños.

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