En Plena Formación

En el instituto de un barrio de Madrid, como cada generación, persiste el esqueleto de la amistad: antiguos compañeros que siguen llamándose, reuniéndose, manteniendo el círculo. Cuando llega el aniversario, las mismas caras asumen la organización: el local, el menú, la programación, todo como de costumbre, con facilidad y camaradería.

Al repasar la lista de invitados, la conversación se vuelve tensa. Por supuesto se invitan a los profesores, pero ¿todos los antiguos alumnos?

Todos irán afirmó con seguridad Sergio. Sólo a José Manuel Ríos no lo han llamado. Ya está harto, el borracho.

¿Cómo que no a José? gritó Begoña, con gafas de montura gruesa. ¡Sí irá! Ya hablé con él.

Begoña intervino en voz baja Inés, la antigua delegada él puede emborracharse y será incómodo. Hace poco lo vi tambaleándose, apenas se reconocía.

Begoña suspiró:

No importa. Sé que se está preparando.

Tal vez añadió, esa reunión le pesa más a él que a todos nosotros juntos.

José Manuel, apodado José en el cole, era otro.

Suave, callado, siempre amable. Nunca alzaba la voz, nunca ofendía. Sabía escuchar, ayudar, estar al lado cuando alguien lo necesitaba. Sus cuadernos estaban impecables, la letra alineada, los dictados sin errores. Física y matemáticas le salían fáciles; las fórmulas le susurraban la solución al oído. En casi todas las olimpiadas regresaba con un diploma, quizá no el primero, pero siempre con una mención. En los actos lo ponían junto a los sobresalientes; poner la mano en el corazón era una mezcla de vergüenza y orgullo, pues así sentía cualquier elogio.

Soñaba con entrar en la Academia Militar tras terminar el tercer ciclo. Recuerdo la visita con la tutora al día de puertas abiertas: volvió entusiasmado, hablaba del uniforme, la disciplina, de ser útil. Todos confiaban en que lo lograría.

Pero en casa la realidad era otra. Su padre había fallecido hacía años y su madre se entregaba al alcohol.

Una tarde, tras un serio borracho, la madre apareció tambaleándose al acto de graduación, con la mirada nublada y el pelo revuelto. Cuando entregaron el diploma a José, ella gritó:

¡Bravo, José! ¡Mi hijo!

Él, con el rostro enrojecido y las manos apretadas, sintió que el aplauso se convertía en una explosión inesperada; esa alabanza materna no le sirvió de nada.

Los planes de la academia se desmoronaron. Temía que, si se marchaba, le quitaran a su hermana el hogar y la enviaran al orfanato. Así que siguió estudiando, trabajó por las tardes, empezó a faltar a clase y, poco a poco, cayó en mala compañía, desviándose del camino.

Se preparó para el reencuentro a su manera.

Encontró un traje gris, dos tallas más grande, pero limpio. Pasó largo tiempo eligiendo la camisa, planchándola, revisando los botones. Se afeitó con cautela, arregló el cabello, intentando lucir presentable. No bebió durante dos días, quería ser él mismo aquella noche en la que todos se reunirían.

Al acercarse al restaurante del centro, dudó en entrar. Se quedó a un lado, oculto, observando. Veía a sus antiguos compañeros abrazarse, mostrar algo en el móvil, reír a carcajadas, como si la vida les fluyera sin esfuerzo.

Él permanecía allí, inseguro, temiendo que un paso en falso rompiese la frágil atmósfera del momento. Sólo una hora después, reunió el valor y cruzó el umbral.

En la entrada, con el traje holgado, el pelo limpio pero sin recortar, los hombros caídos, la mirada avergonzada, Begoña lo llamó al instante:

¡José, ven aquí! ¡Este es tu sitio!

Él se acercó. El resto del grupo se animó: brindis, risas, música. José casi no bebió, casi no comió; se quedó sentado, observando, sonriendo apenas.

Cuando la noche se acercaba a su fin, José se levantó. Su voz temblaba; cada palabra costaba, como si años de silencios se hubieran compactado en un nudo que ahora intentaba liberarse:

Gracias gracias por invitarme esto es, quizás, lo mejor que me ha pasado en los últimos quince años

Los ojos le brillaban, la garganta se le cerraba, los hombros se tensaban, las manos temblaban. Era vulnerable, como un niño que, por primera vez, cree que será aceptado tal como es.

Yo estoy muy agradecido Perdón si alguna vez bueno, si le hice daño a alguien

En ese instante, todos corearon:

¡Claro, José! ¡Nos alegramos de tenerte! ¡No habría sido lo mismo sin ti!

Su sinceridad quedó cubierta por ese eco repetitivo: aplausos, palmadas en los hombros, declaraciones ruidosas. No era compasión, sino una cortesía social que nadie quiso escarbar más profundo. Hipocresía pura: palabras cálidas, miradas evasivas, preocupación de fachada.

Begoña observaba todo, con la frase ¡No querían invitarlo! resonando en su mente. Pero lo más importante ¡gracias a Dios José no se dio cuenta. Creyó en sus palabras porque no tenía razones para dudar.

Agradeció, hizo una leve reverencia y se fue entre los primeros. Salió del salón en silencio, sin despedirse, sin esperar, sin mirar atrás.

Tras su marcha, siguieron las risas, las anécdotas, los relatos de trabajos, de vidas, de encuentros y de nuevo, el sonido de copas chocando.

Tarde de la noche, Begoña, al volver a casa, vio a José sentado en un banco frente al portal, bajo la débil luz de un farol.

Estaba encorvado, ya bebido, con la mirada turbia, las manos sobre las rodillas. No la reconoció.

Se acercó, el corazón se le encogió:

¿Por qué bebiste, José? Hoy lo hiciste bien, fuiste tú mismo ¿Por qué ahora esto?

Miró el patio oscuro, las ventanas vacías, el farol parpadeante y pensó:

Cuántas vidas se rompen en silencio, sin una mano, un hombro, una palabra a tiempo Si alguien hubiera estado allí, ¿habría sido diferente? ¿Estaría José ahora en otro traje, sobrio, sin este banco bajo la luz tenue?

La pregunta quedó suspendida en la quietud nocturna. No hubo respuesta.

Оцените статью