La sobrina vino a visitarme, pero se enfada porque no la alimento.

Hace ya varios años recuerdo aquel episodio en que mi sobrina Begoña vino a hospedarse en mi piso de la calle Gran Vía, en Madrid, y se ofendió porque no la alimenté como ella esperaba.

Yo vivía con mi hermana Celia, pero cada una en su ciudad: ella en Sevilla y yo en la capital. La hija de Celia soñaba con entrar a la universidad de la Complutense, que está justo aquí en Madrid. Pensaba que viviría en el residuo universitario, pero antes de matricularse había venido a pasar dos semanas para tramitar papeles y, según me contó, presentarse a unos exámenes de acceso. Celia había pactado que mientras tanto Begoña se quedara bajo mi techo.

Nunca habíamos hablado de quién pondría la mesa. Si la madre de Begoña, María, no se pronunciaba al respecto, la solución se acordaba entre la joven y yo. Cuando la vi sentada en el salón, con la cara de pocos amigos, le pregunté qué le pasaba. Me contestó, con voz temblorosa, que había creído que yo le prepararía un almuerzo caliente. Sin perder el instante, le lancé: «Mira, no solo que no voy a ponerte comida, sino que estoy siguiendo mi propio horario. Tengo que irme de inmediato. Llama a tu madre y pídele que te transfiera unos euros a la cuenta, ve a comprar galletas, unas napolitanas y tírate una taza de té. El té, por cierto, lo tienes que comprar tú, que yo me he quedado sin él. ¡Vamos, que ya tienes dieciocho años!».

María hacía tiempo que no hablaba conmigo; ni siquiera sabía que, cuando los niños abandonaron el nido, mi marido se marchó sin decir adiós y yo me lancé de lleno al trabajo. Mi jornada era una verdadera locura, y apenas aparecía en casa; cuando lo hacía, ya no me quedaban fuerzas para los quehaceres domésticos. Dormir bien se había convertido en un lujo que rara vez me permitía.

Aun así, recibir a Begoña había sido un placer. La había visto crecer, más femenina, pero yo ya no era la tía Lidia despistada que, en otro tiempo, podía cocinar un cocido para elefantes sin perder el tiempo. Le dije que comprara ella misma los alimentos, que los cortara, los cocinara o los friera, y que, mejor aún, que se hiciera con algo ya preparado, para que no arruinara ni la cocina ni el piso.

Así, Begoña se enfadó, se calmó y siguió amargándose en silencio día tras día, esperando quizás una pensión completa junto a su madre. No sé si las cosas se estabilizaron después; lo que sí resultó evidente fue lo difícil que resultó para mí dejar de ser la «buena y servicial» tía que todos conocían. Después de tantos años manteniendo relaciones cordiales con mi círculo cercano, ahora sólo podía ofrecer un techo gratuito, aunque con el «ingrediente» esencial ausente. Consulté a una psicóloga para aprender a explicar, con tacto, a los familiares que ya no soy tan funcional como antes y que deben contar menos con mi ayuda.

Оцените статью
La sobrina vino a visitarme, pero se enfada porque no la alimento.
The Price of Consent