Ella no discutió. Simplemente se marchó.

No discute. Simple­mente se marcha.

Una mañana de otoño está gris y húmeda. María del Carmen Rodríguez se despierta al molesto sonido del despertador y, sin ganas, se arrastra fuera de la cama. Se pone una bata, se acerca a la ventana y abre la cortina. La escena lúgubre del exterior una llovizna fina, ramas desnudas y un cielo encapotado refleja su humor.

Hoy es el trigésimo aniversario del matrimonio con Miguel Hernández, pero ella no espera ningún gesto especial. En los últimos años él ha dejado pasar esas fechas, y cuando lo recuerda, solo lo hace tras sus sutiles insinuaciones.

Se prepara un té, se sienta en la mesa de la cocina y, sin querer, recuerda el primer aniversario, cinco años después de la boda. Entonces Miguel había llegado con un enorme ramo de rosas y dos entradas para el teatro. Después de la función fueron a cenar, donde él había brindado con palabras de amor y lealtad. En ese momento ella creía que la felicidad familiar duraría eternamente.

Un fuerte ronquido sale del dormitorio. Miguel puede dormirse hasta el mediodía. Últimamente vuelve a casa después de la medianoche, huele a tabaco y alcohol, y responde a sus preguntas con evasivas: Me quedé con los colegas, una reunión importante, no lo vas a entender.

María del Carmen suspira y comienza a preparar el desayuno. Decide freír tortitas, con la esperanza de que le recuerden la fecha. Cuando eran jóvenes él siempre decía que sus tortitas eran las mejores del mundo.

Alrededor de las diez, Miguel, medio dormido, aparece en la cocina y, sin saludar, se dirige al frigorífico.

Buenos días dice María del Carmen en voz baja. He hecho tortitas.

No tengo tiempo para tus tortitas gruñe, sirviéndose un vaso de yogur. Vas a llamarle a Vázquez, necesita que le eche un vistazo al coche.

María siente que algo se le atasca en la garganta. En el fondo esperaba un milagro.

¿Sabes qué día es hoy? pregunta con cautela.

Miguel se queda inmóvil un instante y luego, con indiferencia, encoge los hombros:

Me parece que es martes. ¿Y qué?

Nada responde ella, volteándose hacia la ventana para ocultar las lágrimas que empiezan a brotar.

Miguel termina su yogur, tira el vaso al fregadero y se dirige al baño. Veinte minutos después ya está a punto de salir de casa.

Voy a Vázquez. No me esperes para la cena lanza al paso.

Miguel, son treinta años desde que nos casamos exclama María del Carmen, sin poder contener la voz.

Él se detiene en la puerta y frunce el ceño.

¿Y ahora qué? ¿Organizamos un desfile? Carmen, ¿cuántas veces tengo que escuchar de estas fechas? ¿Quieres flores? Las compraré, si te sirve.

No se trata de las flores. Pensaba que para ti también era importante dice ella, casi susurrando.

Tengo mil cosas que hacer, no tengo tiempo para sentimentalismos responde irritado, cerrando la puerta de golpe.

María del Carmen se queda sola en el apartamento vacío. Recoge las tortitas ya frías y se hace otra taza de té. Los recuerdos de los días felices giran en su cabeza, como ecos de un pasado lejano.

Después del almuerzo decide dar un paseo. La lluvia ha cesado y un tímido sol de otoño se asoma. Camina despacio por el parque, respirando aire fresco y reflexionando sobre su vida.

Cuando conoció a Miguel, él era un tipo alegre y atento. Conducía un autobús y soñaba con abrir su propio taller mecánico. Se casaron rápido, medio año después de conocerse. Tuvo una hija, Natalia. Vivían modestamente pero unidos; él siempre encontraba tiempo para la familia, aun cuando llegaba exhausto del trabajo.

Con el tiempo las cosas mejoraron. Miguel cumplió su sueño, abrió un pequeño taller, ganaron dinero, compraron un piso en el centro de Madrid y un coche. Natalia creció, se licenció y hace ya varios años vive en Valencia, independiente.

Sin embargo, su relación se enfrió gradualmente. Primero se quedaba más tiempo en el taller, luego desaparecía por las noches. María del Carmen aguantaba todo, sin armar discusiones, convencida de que era solo una fase, que todo se arreglaría. Pero el tiempo pasaba y nada cambiaba.

Absorbida en sus pensamientos, sin darse cuenta llega a una pequeña cafetería. El ánimo está decaído y decide entrar a tomar un chocolate caliente.

El interior es cálido y acogedor. Se sienta junto a la ventana, pide su bebida y observa a los clientes. En la mesa contigua está una pareja mayor que come con calma pasteles y charla suavemente. El hombre limpia con una servilleta los restos de pastel de los labios de su mujer, y ella le devuelve una sonrisa agradecida. Ese gesto simple le aprieta el corazón.

¿Por qué todo ha ido al traste con Miguel? se pregunta mientras remueve el chocolate. ¿Cuándo dejamos de notarnos?

Al caer la tarde vuelve a casa. El apartamento está silencioso y vacío. Enciende la tele para no sentirse tan sola y comienza a preparar la cena. El hábito de alimentar al marido, aun cuando él no lo valora, sigue allí.

Alrededor de las nueve suena el timbre. En la puerta está el vecino, Pedro García, con una botella de vino.

Carmen, perdona la hora sonríe. Solo quería felicitarte. Recuerdo que me comentaste que a principios de noviembre es vuestro aniversario.

María del Carmen se queda sorprendida. Pedro y ella son simplemente buenos vecinos, se saludan ocasionalmente en el ascensor y se echan una mano con pequeños favores. No recuerda haber mencionado su aniversario.

Gracias, Pedro dice, aceptando la botella. No lo esperaba

No quería ser una molestia contesta. Sé que Miguel está mucho tiempo fuera, así que pensé Bueno, no te quito más tiempo. Feliz aniversario.

Cuando Pedro se despide, María del Carmen sostiene la botella, pensando que un vecino recuerda su fecha y su propio marido ni siquiera ha llamado.

Casi a medianoche aparece Miguel, impregnado de alcohol y con una mancha de lápiz labial rojo brillante en la camisa.

¿Dónde has estado? pregunta María del Carmen.

¿Y ahora tengo que rendir cuentas? replica él, gruñendo. Salí con los colegas, lo que sea.

¿Qué mancha es esa?

¿Qué mancha? Miguel mira su camisa y se encoge de hombros. Es nada. La hija de Vázquez se acercó cuando saludábamos. Es una niña todavía.

La hija de Vázquez tiene veintisiete años contesta firme María del Carmen. Sólo usa labial borgoña. Esta es de un rojo intenso.

Ya basta de tus celos se enfada Miguel. ¿Y si tiene una labial nueva? ¿Y qué, un interrogatorio?

María del Carmen no discute. Se retira al dormitorio, cierra la puerta y se acuesta. El sueño no llega. En su mente gira la idea de que su matrimonio se ha convertido en una simulación; viven como vecinos poco amistosos.

A la mañana siguiente, mientras Miguel duerme en el sofá del salón, María del Carmen llama a su hija.

Natalia, hola. ¿Cómo estás? ¿Y el bebé?

Todo bien, mamá responde. Diego está creciendo, ya gatea por todas partes. ¿Papá no te ha llamado? ¿Se ha olvidado del aniversario?

Como ves sonríe triste. Tengo algo que decirte. ¿Recuerdas que me ofrecías venir a ayudar con el nieto?

¡Claro! ¿Lo has pensado? se alegra Natalia. Ven, que será bueno para Diego y para ti.

Iré, pero no solo por una semana, como proponías. Quiero quedarme más tiempo, quizá mudarme definitivamente.

Mamá, ¿pasó algo? preocupada pregunta Natalia.

Nada grave contesta María del Carmen. Sólo estoy cansada. Hablaremos más tarde. Llegaré en tres días.

Después de hablar con su hija, María del Carmen siente un alivio inesperado. La decisión que llevaba años gestando se concreta. Ya no quiere seguir viviendo con quien no la respeta ni la valora.

Miguel se despierta cerca del mediodía con un fuerte dolor de cabeza. María del Carmen le pone en la boca una pastilla y un vaso de agua.

¿Por qué tan seria? le pregunta, frunciendo el ceño. ¿Sigues enfadado por lo de ayer? Lo siento, se me pasó la fecha. A todos nos pasa.

Voy a la casa de Natalia dice María del Carmen. Quiero ayudar con el bebé.

¿Cuándo? pregunta sin interés.

Pasado mañana.

¿Por mucho tiempo?

No lo sé. Tal vez para siempre.

Miguel, a punto de tragar la pastilla, se queda boquiabierto.

¿A qué te refieres con para siempre?

En serio responde ella, mirándolo fijamente. Me voy de ti, Miguel.

¿Por qué ahora? se ríe nervioso. ¿Por el aniversario? Podría comprarte flores ahora mismo, si te sirve.

No se trata de flores niega ella. Es que ya somos extraños. Tú vives tu vida, yo la mía. Solo fingimos ser una familia.

Carmen, ¿qué dices? se queda perplejo. ¡Treinta años juntos!

Exactamente por eso estoy yendo dice, con una sonrisa triste. No quiero que los próximos treinta años nos hagan sufrir.

¿Quién te está molestando? se indigna. ¿Tienes techo? ¡Claro! ¿Dinero? Lo llevo. ¿Qué más quieres?

María del Carmen lo observa, el hombre enfadado que ya no comprende su sentir, y piensa en cuánto ha cambiado. O tal vez nunca cambió, solo dejó de fingir.

Necesito cosas, Miguel dice en voz baja. Necesito atención, cuidados, respeto. Necesito sentirme amada y importante, no solo como quien lava camisas manchadas de labial ajeno.

¡Otra vez lo mismo! exclama Miguel. No ha pasado nada.

Importa o no lo que pasó, lo que importa es que ahora somos extraños. Vives como si yo no existiera, y ya no puedo seguir así.

Espera tira de su cabello, alterado. ¿De verdad vas a irte? ¿Y el piso? ¿Las cosas?

No necesito mucho. Solo llevaré lo mío. El piso puede quedarte. Lo que busco es paz interior.

¿Y a dónde vas? ¿A casa de tu hija? ¿Crees que necesita a su suegra?

Natalia me ha llamado, lo sabes. La ayudaré con el bebé y quizá encuentre trabajo allí. La ciudad es grande, hay oportunidades.

¿Y yo? ¿Quién va a cocinar, lavar, limpiar?

María del Carmen sonríe tristemente, dándose cuenta de que esa es la respuesta.

Eres un hombre adulto, Miguel. Te las arreglarás. O buscarás a alguien más joven y guapo que aguante tus desvaríos.

Durante los dos días siguientes Miguel actúa como si no creyera en la seriedad de su decisión. A veces finge que nada pasa, otras se lanza a halagarla torpemente y a prometer cambios.

Carmen, olvidemos todo le dice una noche antes de su partida. Haré lo posible, lo juro. Iremos al teatro, a restaurantes. ¿Te apetece ir al mar el próximo verano?

Pero ella ya ha tomado su decisión. Empaca en silencio, guardando en la maleta lo esencial. El resto lo podrá recoger después, si es necesario.

A la mañana siguiente llega un taxi. Miguel está en la puerta, moviéndose nervioso.

¿Quizá te quedas? le pregunta cuando ella ya está a punto de bajar. Piénsalo. Treinta años no es cualquier cosa. No puedes tirarlo todo así.

Adiós, Miguel dice ella, rozando su hombro con suavidad. Cuídate.

No discute ni busca más explicaciones. Simplemente se va.

En el taxi, mirando por la ventana las calles familiares de Madrid, siente por primera vez en años una libertad real. El futuro es incierto, pero no le asusta. Al contrario, quiere creer que en esa nueva vida le espera algo mejor.

En la estación la recibe su hija con el pequeño Diego en brazos. El niño se aferra a su abuela y ella lo sostiene, con lágrimas que no son de tristeza sino de alivio.

¿Mamá, estás llorando? pregunta Natalia, alarmada. ¿Qué ha pasado? ¿Se han pelearon tú y papá?

No, cariño niega, besando la mejilla del nieto. No nos hemos peleado. Simplemente he comprendido que a veces hay que saber irse a tiempo.

Seis meses después, María del Carmen trabaja en una guardería, ha alquilado un modesto piso cerca de Natalia y se siente más feliz que nunca en los últimos años.

Miguel llama de vez en cuando, pidiendo que vuelva, pero su voz ya no lleva un arrepentimiento sincero, solo el deseo egoísta de recuperar su comodidad.

Una tarde, al regresar del trabajo, se cruza con la pareja mayor que había visto en la cafetería. Siguen caminando tomados del brazo, conversando en voz baja. Al pasar, la mujer le dirige una sonrisa a María del Carmen, y ella le devuelve la mirada.

Así debe ser el amor verdadero piensa. Cuando, aun después de muchos años, se mira al otro con ternura y no con irritación.

De vuelta a casa, prepara una infusión, se acomoda en su sillón y abre un libro. Afuera cae una ligera lluvia primaveral, pero su interior está cálido y tranquilo. No se arrepiente de su decisión. A veces solo hay que irse para comenzar una nueva vida, sin discusiones ni peleas, cerrando una puerta para abrir otra.

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Ella no discutió. Simplemente se marchó.
*»He Married You, But His Heart Belongs to Me,» Whispered My Friend Without Meeting My Eyes*