En el vestíbulo, juntos

18 de abril

Hoy el portal del edificio número seis, ese que siempre huele a paraguas mojados y a cemento recién puesto, se ha convertido en mi pequeño escenario de reflexión primaveral. El aire se mantiene fresco, pero al anochecer la luz se queda colgada, como si el día se negara a marcharse deprisa.

Mi familia, los García, volvía a casa después del mercado: yo, mi padre José, mi madre María y mi hermano Carlos, de quince años. Cada uno llevaba bajo el brazo bolsas con verduras y una barra de pan, y sobresaliendo de los paquetes los tallos verdes de una cebolla fresca. En la entrada se acumulaban gotas: alguien había entrado sin sacudir el paraguas.

En los buzones y sobre las puertas colgaban avisos recién impresos en una hoja blanca. Con letras rojas llamativas se leía: «¡Atención! Cambio urgente de contadores de agua. Obligatorio antes del fin de semana. Multas. Teléfono para citación al pie». El papel ya mostraba el signo de la humedad, con la tinta corriendo en los bordes. Desde el bajo, mi tía Lourdes, que estaba junto al ascensor, intentaba marcar el número, con una bolsa de patatas bajo el brazo.

Dicen que habrá sanción si no lo cambiamos comentó preocupada cuando pasábamos . Llamé y me atendió un joven que dijo que era una campaña exclusiva para nuestro edificio. ¿Tal vez ya ha llegado la hora?

José, encogiéndose de hombros, replicó:

Parece muy precipitado. Nadie nos avisó con antelación. La empresa gestora está callada, sin cartas ni llamadas. Y esa palabra «campaña» suena demasiado teatral.

En el comedor la conversación continuó durante la cena. Carlos sacó del cuaderno otro aviso, idéntico, solo que doblado y metido por la rendija de la puerta. María lo examinó, mirando la fecha de la última inspección del contador en la factura.

Nuestra revisión es dentro de un año. ¿Por qué esta prisa? preguntó. ¿Y por qué nadie ha oído hablar de esa empresa?

José se quedó pensativo:

Deberíamos preguntar a los vecinos si también recibieron el mismo papel. Y, sobre todo, averiguar qué entidad es esa que reparte avisos por todas partes.

Al día siguiente el portal se llenó de voces. En las escaleras se oía a alguien discutir por teléfono, y en la plataforma del contenedor de basuras se comentaban las novedades. Dos mujeres del tercer piso compartían sus inquietudes:

Me han dicho que si no cambiamos el contador nos cortarán el agua exclamó una, visiblemente alterada. ¡Tengo niños pequeños!

En ese instante sonó el timbre: dos hombres con chaquetas idénticas y portafolios bajo el brazo recorrían los pisos. Uno sostenía una tablet, el otro una pila de documentos.

Buenas tardes, estimados residentes anunció con voz fuerte y demasiado entusiasta. Cambio de contadores de agua con orden de urgencia. Los que no tengan la inspección al día enfrentarán multas de la gestora.

El segundo, sin perder tiempo, golpeó con insistencia la puerta del vecino de enfrente, como si quisiera apurar la visita a todas las viviendas.

Los García nos miramos. José asomó la mirilla: caras desconocidas, sin gafetes ni credenciales. María susurró:

No los dejemos entrar todavía. Que sigan con los demás.

Carlos se acercó a la ventana y vio en el patio una furgoneta sin rotulación, el conductor mirando su móvil mientras exhalaba humo. En el capó se reflejaban las farolas y el asfalto mojado por la reciente llovizna.

A los pocos minutos los hombres siguieron su marcha, dejando huellas de agua en la alfombra de la entrada de tía Lourdes.

Al anochecer el portal bullía como una colmena. Algunos ya se habían apuntado a la supuesta sustitución, otros llamaban a la gestora y recibían respuestas confusas. En el grupo de WhatsApp del edificio debatíamos: ¿deberíamos dejar entrar a esos tipos? ¿Por qué tanta premura? Una vecina del número 17 comentó:

Ni siquiera tenían credenciales, solo una hoja plastificada sin sello. Pregunté por la licencia y se marcharon de inmediato.

El temor aumentó. José propuso:

Mañana intentemos atraparlos de nuevo y exigir todos los documentos. Yo llamaré directamente a la gestora.

María estuvo de acuerdo, y Carlos prometió grabar la conversación en su móvil.

A la mañana siguiente, tres hombres con las mismas chaquetas y carpetas aparecieron de nuevo en el portal. Avanzaron rápidamente, golpeando puertas y persuadiendo a los residentes a registrar su cambio en ese mismo momento.

José abrió la puerta a medio paso, manteniendo la cadena tensa.

Muéstrennos la documentación. Denos la licencia y el número de solicitud de la gestora, si es obra planificada.

El técnico se puso nervioso, rebuscó entre papeles y entregó una hoja con el logo de una empresa desconocida, pasándola por la rendija. El segundo hombre desvió la mirada y hojeó su tablet.

Trabajamos por contrato con su edificio Aquí tiene el contrato

¿Contrato con quién? ¿Con nuestra gestora? Díganos el nombre del responsable, el número de solicitud y el teléfono del despacho preguntó José con calma.

Los hombres intercambiaron miradas y balbucearon algo sobre urgencia y multas. José sacó el teléfono y marcó a la gestora allí mismo.

Buenas, quisiera saber si hoy enviaron técnicos para cambiar contadores. Hay gente rondando por los pisos

Al otro lado, la respuesta fue clara: no había trabajos programados, no se había enviado a nadie, y los verdaderos técnicos siempre avisan con antelación mediante carta firmada por los propietarios.

Los hombres intentaron excusarse, diciendo que se trataba de un error, pero José ya había guardado la grabación en el móvil de Carlos.

Al caer la tarde, el portal quedó sumido en penumbras. El viento helado entraba por una ventana entreabierta, golpeando el marco del piso superior. En el pasillo se amontonaban paraguas y calzado; la pista húmeda de los botines conducía al contenedor de basura. Desde dentro se escuchaban voces de los vecinos, todavía comentando lo sucedido.

El punto álgido llegó de forma casi cotidiana: comprendimos que estábamos frente a una estafa bajo la apariencia de un cambio obligatorio de medidores. La decisión surgió sin más: avisar al resto y actuar unidos.

Aunque ya se hacía de noche, no esperábamos a que la alarma se disipara. Llamé a tía Lourdes y a la vecina del número 17, y se sumaron dos más del último piso, junto con madres y niños. En la plataforma del portal se percibía el olor a ropa mojada y a pastel recién horneado; alguien acababa de traer una rosquilla de la pastelería de la esquina. Carlos activó el grabador para que, en caso necesario, pudiese reproducir la conversación a los que no pudieron estar presentes.

Nadie de la gestora tenía previsto este trabajo dijo José, mostrando la pantalla del móvil con la grabación. Son estafadores, sin licencia ni solicitud. No paguen nada in situ. Si vuelven, exijan documentos y llamen a la gestora al instante. Mejor, no abran la puerta.

Carlos mostró una hoja con los indicadores de una inspección legítima: los plazos aparecen en la factura, la empresa se verifica mediante la gestora y cualquier multa sin resolución judicial es solo intimidación.

Redactemos una carta colectiva a la gestora para que informe a todos de la visita de estos individuos propuso María. Y colguemos un anuncio en la primera planta.

Todos asintieron. Alguien sacó un bolígrafo y una carpeta vieja con papeles. Mientras redactábamos el escrito, el portal se llenó de una extraña camaradería: descubrimos que nadie quiere ser engañado solo, pero juntos la molestia se vuelve más llevadera.

Desde la ventana se veía a los transeúntes apresurándose a casa bajo una ligera llovizna; el patio brillaba con charcos bajo la luz de los faroles.

El anuncio quedó simple: «¡Atención! En el portal se detectaron estafadores que se hacen pasar por técnicos de cambio de contadores. La gestora confirma que no hay trabajos programados. No abra la puerta a desconocidos». Lo protegimos con una bolsa de plastico y lo pegamos con cinta sobre el buzón.

Casi todos los presentes firmaron la solicitud; la vecina del tercer piso se ofreció a entregarla a la gestora por la mañana. Los demás prometieron difundir la información a los que estaban de guardia o de visita.

Cuando nos despedimos, la atmósfera había cambiado: la desconfianza dio paso a una energía de colaboración y hasta a alguna broma.

¡Ahora nadie nos engañará! dijo alguien, sugiriendo renombrar el grupo de WhatsApp a Antiestafas.

José sonrió:

Lo importante es que ahora nos conocemos cara a cara. La próxima vez no será sólo por el susto.

Al final de la noche, solo quedaron un par de paraguas sobre el radiador y una bolsa de la compra olvidada. En la plataforma del portal el silencio volvió, mientras entre puertas se oían voces apagadas discutiendo detalles de la reunión o llamando a familiares.

A la mañana siguiente, el aviso de cambio de contadores había desaparecido de todas las puertas y buzones tan rápido como había aparecido. Ningún técnico volvió a asomar en el patio ni en el portal. El conserje encontró bajo un arbusto un papel arrugado con letras rojas y un trozo de cinta.

Los vecinos se cruzaron en el ascensor con sonrisas agradecidas; ahora cada uno sabía un poco más de sus derechos y de los trucos ajenos. Tía Lourdes llevó a los García unos pastelitos de crema como agradecimiento, y la vecina del último piso dejó una nota de ¡Gracias! en nuestra puerta.

El patio seguía mojado tras la lluvia nocturna, pero las huellas de la algarabía de ayer desaparecían con los últimos rayos del sol matutino.

En la plataforma volvieron las conversaciones cotidianas: alguien mostraba su nuevo medidor instalado de verdad hace un año, otro bromeaba sobre los técnicos, y el resto se contentaba simplemente con la sensación de que, al fin, el edificio había ganado más confianza entre sus habitantes.

Hoy entiendo que la victoria tuvo su precio: una tarde de explicaciones y papelitos, la incomodidad de exponerse ante los vecinos y la pérdida de la ingenuidad ante los avisos en la puerta. Pero ahora todo el portal está más alerta frente a desconocidos y, sobre todo, más unido.

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