¡No se preocupe, señora! La niña llegó un poco antes, pero está fuerte. Todo saldrá bien. Su hija y su nieta también estarán bien.

No te preocupes, mujer. La niña nació prematura, pero fuerte. Todo irá bien, tanto con tu hija como con tu nieta.
Que así sea respondió la mujer mientras la doctora se alejaba, y cuando ésta desapareció en el consultorio murmuró: ¡qué desgracia!

La desgracia llegó a la familia de Bárbara hacía medio año, cuando una vecina curiosa, una señora de lengua suelta y afanosa, entró a tomar el té con mermelada de manzana y, sin querer, soltó:
¿Ya esperas al niño? ¿Ya estás comprando pañales?
¿Qué niño? se sorprendió Bárbara.
¡Qué! La pequeña Claudia, la que está en la granja, la lavé dos veces la semana pasada. La vi salir del establo con el delantal metido en la boca.
Tal vez se ha comido algo raro intentó defenderse Bárbara.
Claro, nunca has sentido dolores, por eso no sabes de nada. Yo no soy una anciana experta en estos asuntos.

Esa tarde tía Bárbara interrogó a Claudia y luego lloró desconsolada, culpando al destino de una hija no nacida, de un bebé prematuro y de todo el linaje masculino que había quedado sin futuro.

La llegada de la pequeña y ronca Inés no trajo alegría, sólo preocupación, resentimiento y una profunda vergüenza. Claudia mostraba poco cariño ni ternura hacia el bebé: lo tomaba en brazos solo para alimentarlo o calmarlo, y nada más. Bárbara miraba a su nieta con indiferencia, sin amor alguno. Era la cuarta nieta, y ya no había motivo para celebrar. Además, la hija de Bárbara también había tenido una hija sin mucho futuro. Así, Inés llegó al mundo sin ser amada, arrastrándose con sus débiles patitas por la vida.

Al año, Claudia se mudó al pueblo trabajador de Salamanca buscando su propia felicidad. Inés quedó al cuidado de la tía Bárbara, su abuela biológica, aunque no era una extraña. La niña no necesitaba cuidados especiales, comía lo que le daban, se dormía a la hora y no enfermaba. La doctora había dicho que Inés estaba fuerte, aunque seguía sin ser querida.

Inés vivió con la abuela hasta los siete años. En ese tiempo Claudia aprendió el oficio de pintora, se casó y tuvo a su hijo Carlos. Entonces Claudia recordó a Inés, pensando que ya era una joven que podría ayudar a su madre. Viajó al pueblo para ver a la niña, pero Inés, que solo veía a su madre dos veces al año, no mostró gran entusiasmo. Claudia, con reproche, le dijo:
¡Ay, Inés! Eres como una extraña. La otra se alegraría, se abrazaría, y tú estás allí como si no pertenecieras

Al despedirla, tía Bárbara soltó una ligera lágrima, sintió nostalgia unos días, pero la siguiente sábado le trajeron dos nietas del hijo mayor, a las que adoraba, Lina y Olga. En medio de los quehaceres, Bárbara pronto olvidó a Inés. Inés, poco querida por la tía, apenas sentía pena por ella; lo que verdaderamente le entristeció fue la separación de los recién nacidos pollitos amarillos.

En el pueblo trabajador, Inés no se adaptó del todo, pero no tuvo elección. Con el tiempo hizo amistades, empezó la escuela, hacía los deberes, corría al almacén por pan y leche, pelaba patatas para su madre. Cuando creció, acompañaba a Carlos al jardín de infancia y, imitando a su madre, le decía al niño grande:
Cuida tus pasos, que yo no tengo suficiente fuerza.

Nunca escuchó palabras de cariño de Carlos, ni Inés de nadie, pues nunca esperó tal afecto. Sin embargo, escuchaba cómo las amigas llamaban a sus madres con apodos dulces, y su propia madre decía de Carlos que era mi sol o mi gatito. Inés, antes llamada Inés o Zinaida, creía sinceramente que nunca le tocaría ser sol.

En casa la trataban sin crueldad, nunca le negaban un trozo de pan. No la vestían de lujo ni la colmaban de manjares, pero tampoco la dejaban hambrienta. Era una niña sin mucho, pero tampoco sin vida.

A los quince años dejó la fría casa que había sido su hogar durante ocho años. Ingresó a un instituto en la ciudad, decidió estudiar pastelería. Soñaba con comer pasteles hasta el último bocado. En la residencia compartió habitación con tres compañeras y se volvió su propia jefa tras las clases.

Cuando conoció a Víctor, su vida cobró colores. Aquel noviembre gris se volvió brillante para Inés. Las compañeras salían al salón rojo a ver la tele, y Víctor, sin timidez, le susurraba palabras bonitas que le hacía temblar la cabeza.
Eres mi amor murmuraba, y la Inés, acostumbrada a la ausencia de cariño, se fundía en felicidad.

Pronto empezó a sentirse enferma por las mañanas. Dejó pasar el momento de ir al médico y, a los dieciocho, tuvo que presentar certificados y acompañar a Víctor al registro civil. Así comenzó su vida conyugal, pero también terminó su breve romance. Los recién casados se mudaron a la casa del suegro. La madre y la suegra de Víctor no mostraron mucho afecto hacia Inés, aunque les dieron una habitación. No era la primera ni la última en vivir bajo esas condiciones, pero tal vez fuera lo mejor: pronto tendría un hijo y Víctor se calmaría.

Una amiga del pueblo le dijo:
¡Qué suerte la tuya! Vivirás en la ciudad.

Inés no la convencía. La vida en la ciudad no era solo un nombre elegante; la casa estaba en una zona privada con comodidades rurales, el agua se sacaba de una bomba al final de la calle. Inés aceptó, cargando baldes de agua, sintiendo el frío en los pies, y, con la misma agua, bañó a su futuro bebé. La suegra la regañó, pero Inés no lo hizo a propósito.

Víctor la mimó al principio, pero en uno o dos días se fue de juerga con sus amigos, dejando a Inés sola en el hogar. La madre y la suegra la dejaban vivir y ayudar, pero la relación no prosperó. Finalmente Víctor trajo a otra mujer, diciendo que nunca la había amado.

Inés, como siempre, se quedó sin amor y volvió a empacar sus cosas, obedeciendo al último mandato de la suegra, y cerró la puerta de aquella casa ajena. Se trasladó al dormitorio del sindicato del pueblo, donde la cantina y el club estaban cerca de la entrada. Allí la vida era más sencilla: trabajar, reír, ir al cine con las compañeras.

Poco frecuentaba la casa de su madre, su padrastro y su hermano; allí no la esperaban, y ella tampoco se imponía. Cuando la tía Bárbara falleció, Inés asistió al funeral, recorriendo los viejos lugares que una vez fueron su refugio. Bárbara dejó su casa a sus queridas nietas Lina y Olga. Inés no guardó rencor; esas niñas eran las favoritas, como las moras dulces de la abuela. Inés se sentía como un trozo recortado, una nieta no amada.

Si Inés no reclamó la herencia, los parientes peleaban por los euros que quedaban. La madre de Inés, Claudia, gritaba y se lamentaba porque su hijo Carlos no recibió la cuchara doblada que la abuela había dejado. «¿Cómo puede ser?», clamaba, sin recordar a su hija mayor.

Inés intentó varias veces organizar su vida sentimental, pero nada funcionó. En el registro civil nadie la quiso acompañar, y ella no se apresuró. Una vez se casó, pero el marido bebía y golpeaba; en otro intento, el esposo bebía sin control. Decidió que lo peor era seguir intentando con hombres que solo traían problemas. Así, tiró sus pertenencias a una maleta de tela y volvió a la cama del sindicato, donde sus amistades la esperaban.

Durante más de una década recorrió diferentes residencias, cansada de camas ajenas. Ya tenía casi treinta años, y como toda mujer, deseaba su propio rincón, su propia olla en su propia estantería. Las solteras rara vez reciben piso propio; las familias, en cambio, sí.

A veces visitaba a la tía Asunción, que trabajaba por las noches limpiando los suelos de la fábrica, y charlaban hasta la madrugada. Un día Asunción le propuso:
Hace un año que mi sobrina falleció al dar a luz. Su marido, Mateo, busca a alguien responsable. No es muy hablador, pero trata bien a los niños. Piensa que podrías ser su esposa.

Inés reflexionó y se mudó con Mateo. Pintó su habitación con flores blancas y azules, cosió cortinas verdes, y confeccionó vestidos amarillos y celestes para la pequeña que pronto nació, a quien llamaron Sofía. Mateo era un hombre tranquilo, pagaba su salario y no decía palabras de amor, pero Inés ya se había acostumbrado a vivir sin ellas.

Tres años después, Sofía, con un manojo de dientes de león, corrió a abrazar a Inés, la besó en la mejilla y susurró:
Mamá, te quiero. Te quiero más que a papá, más que a la tía Asunción, más que a la muñeca de Julieta.

Inés, entre lágrimas y risas, sintió por fin el calor de ser amada. Un año más tarde dio a luz a Íñigo. Mateo la cuidaba por la noche, cambiaba pañales y llevaba el cochecito del portal. La fábrica les concedió un amplio piso luminoso.

Con el tiempo criaron a sus hijos, recibieron nietos y, en la casa de campo de su familia, Inés preparaba compotas mientras los niños corrían alrededor.
Abuela, te quiero gritaba Olga.
Yo también te quiero respondía Daniel.
Te quiero mucho balbuceaba la pequeña Marta.
Todos amamos a la abuela, aunque a veces lo mostremos con una sonrisa escondida decía el abuelo Mateo.

Inés, secándose una lágrima que aún caía, comprendió que, aunque nació sin amor, la vida le había regalado una familia que la quiso de verdad. Aprendió que el amor propio y la resiliencia son los que, al final, construyen la verdadera felicidad.

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