En el portal juntos

En el portal número seis de un bloque de la calle de la Palma, en Madrid, donde siempre se percibe el perfume de los paraguas mojados y el hormigón viejo, la primavera se deja sentir con más fuerza. El aire está fresquito, pero por la tarde la luz se queda colgada parece que el día no tiene prisa en irse.

Los Martínez vuelven a casa: papá José, mamá Carmen y su hijo adolescente, Juan. Cada uno lleva bajo el brazo bolsas con verduras y pan, y sobresalen los tallos largos de la cebolla verde. En la entrada ya hay unas gotas de agua: alguien ha entrado sin sacudir el paraguas.

En las puertas y en los buzones cuelgan avisos recién impresos en una hoja blanca. En letras rojas y llamativas se lee: ¡Atención! Cambio urgente de contadores de agua. ¡Obligatorio antes de que acabe la semana! Multas. Teléfono de contacto al pie. El papel está ya algo ondulado por la humedad y la tinta se ha corrido en algunos rincones. La vecina de abajo, tía Lulú, está junto al ascensor intentando marcar un número, con una bolsa de papas en la otra mano.

Dicen que nos van a multar si no cambiamos comenta, preocupada, cuando los Martínez pasan. Yo llamé y un chico me explicó que la campaña es solo para nuestro edificio. ¿Será que ya toca?

José se encoge de hombros:

Qué urgencia, ¿eh? Nadie nos avisó antes. La administradora no dice nada ni cartas ni llamadas. Y eso de campaña suena muy a marketing.

En el piso la conversación continúa mientras cenan. Juan saca de su mochila otro papel, idéntico al anterior pero doblado al medio y metido entre la puerta. Carmen lo mira, pasa la mano por el borde y revisa la fecha de la última inspección del contador en la factura.

Nuestra inspección es dentro de un año. ¿Por qué apuran tanto? pregunta. Y, ¿por qué nadie de nosotros conoce a esa empresa?

José reflexiona:

Tendremos que preguntar a los vecinos quién más recibió ese aviso. Y, de paso, averiguar qué empresa es esa que reparte papeles por todas partes.

Al día siguiente el portal está más animado. Se oyen voces en los pasillos, alguien discute al teléfono en el piso de arriba, y en la zona del basurero la gente comenta las últimas noticias. Dos mujeres del tercer piso comparten sus temores:

Me dijeron que si no cambiamos el contador nos cortan el agua dice una, enfadada. ¡Y tengo niños pequeños!

En ese momento suena el timbre. Dos tipos con chaquetas idénticas y carpetas bajo el brazo recorren los pisos. Uno lleva una tablet, el otro una pila de papeles.

Buenas noches, vecinos. Cambio urgente de contadores de agua por orden oficial. ¡Quienes no tengan la inspección al día se enfrentan a multas de la administradora!

El tono del hombre es fuerte y seguro, pero suena demasiado ensayado. El segundo se dirige de inmediato a la puerta de enfrente y golpea con insistencia, como si quisiera pasar rápido de casa en casa.

Los Martínez se miran. José asoma la cabeza por la mirilla: caras desconocidas, sin identificaciones. Carmen susurra:

No los abras todavía. Que sigan con los demás.

Juan se acerca a la ventana y ve, en la entrada del patio, un coche sin matrícula, el conductor fumando y mirando el móvil. En el capó se reflejan las farolas y el asfalto mojado tras la lluvia reciente.

Un par de minutos después los tipos siguen subiendo, dejando huellas de agua en el suelo y una fila de gotas que se desliza por la alfombra de la puerta de tía Lulú.

Al caer la noche el portal zumba como una colmena. Algunos ya se han apuntado al cambio, otros llaman a la administradora y reciben respuestas vagas. En el grupo de WhatsApp del edificio discuten: ¿deberíamos dejar pasar a esos chicos? ¿Por qué con tanta prisa? Los Martínez deciden preguntar a los vecinos de arriba qué les han dicho los supuestos técnicos.

Tenían unas identificaciones raras comenta la vecina del piso 17. Solo una tarjeta plastificada sin sello. Cuando pregunté por la licencia, se fueron al instante.

Los Martínez se ponen más alerta. José propone:

Mañana los atrapamos de nuevo y les pedimos todos los documentos. Yo mismo llamaré a la administradora.

Carmen apoya la idea. Juan promete grabar la conversación en el móvil.

A la mañana siguiente los técnicos vuelven. Esta vez son tres, con las mismas chaquetas y carpetas. Recorren rápidamente los pisos, golpean puertas y convencen a la gente de inscribirse al instante.

José abre la puerta a medias, con la cadena tensa.

Muéstrennos los papeles. Queremos ver su licencia. Dígannos el número de solicitud que les dio la administradora, si es una obra programada.

El primero se pone nervioso, busca entre sus documentos y le pasa un papel con el logo de una empresa que ninguno reconoce. El segundo baja la vista y empieza a pasar la tablet de un lado a otro.

Tenemos contrato con vuestro edificio Aquí está el contrato

¿Contrato con quién? ¿Con nuestra administradora? Digan el nombre del responsable, el número de solicitud y el teléfono del despachador pregunta José con calma.

Los hombres se miran, balbucean algo sobre la urgencia y las multas. José entonces saca su móvil y marca directamente a la administradora allí mismo.

Buenas, quisiera saber si hoy han enviado a gente para cambiar los contadores. Tenemos a unos desconocidos rondando los pisos

Al otro lado contestan sin rodeos: no hay obras programadas, no han enviado a nadie, y los verdaderos técnicos siempre avisan con antelación por escrito y con firma de los residentes.

Los técnicos intentan disculparse, diciendo que ha sido un error y que se han equivocado de edificio. Pero José ya había grabado todo con el móvil de Juan.

El día se vuelve tarde; el portal se sumerge en una penumbra. Por la ventana entreabierta entra un frío que golpea el marco. En el pasillo hay paraguas y zapatos empapados; la huella de las botas mojadas lleva al basurero. Detrás de las puertas se oyen voces de vecinos, comentando lo ocurrido.

La culminación llega casi como en cualquier otro día: los Martínez se dan cuenta de que se han topado con una estafa bajo el pretexto de una supuesta obligación de cambio de contadores. La solución surge sola: avisar al resto y actuar unidos.

En el portal ya está oscuro, pero los Martínez no pierden tiempo. Llaman a tía Lulú, a la vecina de la piso 17, y a los que suben del tercer piso. Se juntan en la zona del vestíbulo, donde huele a ropa húmeda y a pastel recién horneado alguien ha traído una bollería del supermercado. Juan enciende la grabación para que, si alguien no pudo venir, pueda escuchar lo que pasó.

Vamos a dejar claro: la administradora no ha programado nada dice José, mostrando la pantalla del móvil con la grabación. Estos tipos son impostores. No tienen licencia, ni solicitud, ni nada. Son estafadores.

¡Yo ya me apunté! exclama una vecina del tercer piso, sonrojándose. Hablaron con tanto convencimiento

No eres la única responde su madre, del mismo piso. Nos llamaron a nosotros también, pero si fuera realmente de la administradora nos habrían avisado con antelación y por escrito.

Los vecinos se agitan, preguntan por las multas, temen por sus datos que ya habían entregado. José los tranquiliza:

Lo principal es que no dejéis entrar a nadie mañana y no paguéis nada allí mismo. Si vuelven, pedid los documentos y llamad a la administradora al instante. Mejor ni abrir la puerta.

Juan saca una hoja con los requisitos de una inspección real: fechas en la factura, la empresa que debe aparecer en la llamada de la administradora, y que cualquier multa sin resolución judicial es solo intimidación.

Y redactemos una carta conjunta a la administradora, para que sepan que esos tipos han venido y avisen a los demás sugiere Carmen. Además, colguemos un aviso en la primera planta.

Los vecinos asienten. Alguien trae un bolígrafo y una carpeta vieja con papeles. Mientras redactan el escrito, se siente una extraña cohesión: nadie quiere ser engañado solo, y juntos se siente más seguro.

Desde la ventana del portal se ve cómo los transeúntes se apresuran a casa bajo una llovizna ligera; el patio brilla con charcos bajo la luz de las farolas.

El aviso queda simple: ¡Atención! Se han visto impostores que se hacen pasar por técnicos de cambio de contadores. La administradora confirma: no hay obras programadas. No abra la puerta a desconocidos. El papel se protege con una funda impermeable y se pega en la zona de los buzones con varias capas de cinta.

Casi todos los presentes firman la carta colectiva; la vecina del tercer piso se ofrece a llevarla a la administradora por la mañana. Los demás prometen contarle a los que están de guardia o se han marchado a casa de familiares.

Cuando cada uno vuelve a su piso, el ambiente ha cambiado: la desconfianza se ha transformado en una animada energía y hasta en alguna broma.

Ahora ya nadie nos va a engañar dice alguien. Deberíamos renombrar el grupo de WhatsApp a Antitécnicos.

José sonríe:

Lo importante es que ahora nos conocemos cara a cara. La próxima vez nos encontraremos sin pánico.

Al final de la noche solo quedan un par de paraguas en la calefacción y una bolsa de la compra olvidada. El pasillo se silencia; detrás de las puertas se escuchan voces apagadas, discutiendo detalles de la reunión o llamando a familiares.

La mañana trae cambios rápidos: el aviso de cambio urgente de contadores desaparece de todas las puertas y buzones tan de repente como había aparecido. No vuelve a verse a ningún técnico ni en el patio ni en la entrada. Solo el conserje nota bajo un arbusto una hoja arrugada con letras rojas y un trozo de cinta.

Los vecinos se encuentran en el ascensor con sonrisas de agradecimiento; ahora cada uno sabe un poco más de sus derechos y de los trucos ajenos. Tía Lulú lleva a los Martínez unos pasteles caseros por salvarnos de la tontería, y la vecina del piso de arriba deja una nota de ¡Gracias! en su puerta.

El patio sigue mojado tras la lluvia nocturna, pero las huellas de la confusión de ayer se van borrando con las últimas gotas bajo el sol de la mañana.

En la zona del vestíbulo vuelven a hablar de noticias: alguien presume de haber puesto un contador nuevo (de verdad, hace un año), otro bromea sobre los técnicos, y algunos simplemente disfrutan de la sensación de que ahora el edificio confía más entre sus moradores.

Los Martínez se dan cuenta de que la victoria tuvo su precio: una tarde de explicaciones y papeles, a alguien le ha costado pasar vergüenza frente a los vecinos, y a otros les ha tocado perder la confianza en los avisos pegados en las puertas. Pero ahora todo el portal está más atento a los extraños y, sobre todo, más unido.

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