El hombre necesita a otro hombre

El teléfono tembló con el primer timbre tímido y, de inmediato, se llenó de una insistente y eterna melodía. «¿Otra vez?»

El sonido partió el silencio de la habitación como un cristal. Sergio cerró los ojos. Era ella otra vez. La misma, con un nombre sacado de novelas románticas Alba. Con la que se había cruzado apenas un par de veces y, por una tontería o una debilidad momentánea, había intercambiado números. ¿Quién más podía estar llamando? En los últimos días nadie le había marcado. El mundo parecía haberlo borrado de su lista de contactos activos, dejándolo solo con esa melodía invasiva y sus propios pensamientos.

Apretó la cabeza contra el colchón, intentando ahogar el sonido molesto. Le picaba la mente arrojar el móvil por la ventana, romperlo contra el pavimento para que solo quedaran fragmentos de vidrio y plástico. Si no podía arreglar su vida, al menos podía destruir aquello que la ataba al mundo exterior.

Pero el móvil no cesó.

Sergio se levantó de la cama y siguió el ruido. El aparato, como si percibiera su acercamiento, resonó con más fuerza, desafiándolo. «Vamos, contesta», parecía decir. Y, obedeciendo a un instinto ancestral, tomó el auricular.

¿Hola?

¡Soy yo! exclamó una voz joven y alegre, cortante en su despreocupación. ¿Por qué tardas tanto?

Estoy ocupado gorgoteó Sergio.

¿Y entonces por qué te acercas? preguntó Alba, y Sergio sintió que ella sonreía con picardía.

¡Porque no tengo nervios de acero! rugió casi, con los dientes apretados. ¿Qué hay de tan complicado? ¡Me fastidias con tus llamadas!

Yo siento que estás en casa y que te sientes mal.

¿Y qué más sientes? su voz se torció en una burla ácida.

Que esperabas mi llamada.

¿Yo? ¿Esperarla? bufó.

Le picó tirar del auricular, escupir las palabras más sucias. Esas tres semanas de llamadas diarias de Alba coincidieron con el fondo de su existencia, cuando nada le apetecía: trabajar, holgazanear, comer o beber. Solo una cosa deseaba: desaparecer. Desvanecerse. Dejar de ser una mota de polvo en la inmensa trituradora indiferente de la vida.

Escucha su voz se apagó, quedó plana y cansada. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué?

Un breve silencio quedó suspendido en la línea.

Nada. Me parece que necesitas ayuda.

Deja de pensar por mí. No necesito tu ayuda. En absoluto.

¡Pero lo siento!

¡Pues no sientas! explotó su paciencia. ¿Quién eres para sentir? ¿Una santa? ¿La salvadora de almas perdidas? Mejor ayuda a las ancianas a cruzar la calle, alimenta a los gatitos callejeros. Y de mí… aléjate. ¿Entiendes? Déjame en paz.

El silencio del auricular se volvió denso, pesado. Luego, unos pitidos breves. Alba colgó.

«Perfecto», pasó por su cabeza. «Se metió donde no la llamaban».

Ese día no volvió a sonar. Tampoco al día siguiente. Alba no llamó ni al cabo de dos días ni en una semana.

Y el silencio, tan ansiado, empezó a apretar sus oídos. Se volvió estridente, absoluto, insoportable. No había salvación en él, solo soledad. Sergio se descubría mirando el móvil al anochecer, atrapado en una espera inútil. En su interior crecía una esperanza ridícula y humillante: «Ahora ahora mismo»

Dejó de salir por la noche, temiendo perder una posible llamada. «Y si ella llama y no oigo? Pensará que la ignoro y se enfadará para siempre». La palabra «para siempre» le aterrorizaba más que los perros callejeros que ladraban a la vuelta de la esquina, como si percibieran su vulnerabilidad.

Llegó entonces una nueva necesidad: desahogarse. Vaciar esa masa negra y pegajosa que se acumulaba dentro. ¿Con quién? ¿Con el vecino? Ese vivía en un mundo sencillo de sueldo, fútbol y mujeres. Un hombre feliz.

Así, Sergio empezó a hablar consigo mismo, en voz alta. En su vacío apartamento, su voz resonaba grave e incómoda.

¿Por qué no llama? se preguntaba frente a su reflejo en la ventana oscura.

Porque la echaste. De forma brusca y sin ceremonia.

¡Pero ella llamaba todos los días! ¡Con insistencia! Entonces, ¿no le importaba nada?

Le dijiste que no necesitaba su presencia. Rechazaste la mano que te tendió en el momento más oscuro.

Discutió, se defendió, se enfureció contra sí mismo. Al final, su propio «yo» interior triunfó, obligándole a reconocer una cruda verdad: esas llamadas le eran necesarias. Como un sorbo de aire para un ahogado. Como prueba de que aún existía para alguien en este mundo. Que no era un fantasma.

Alba no llamaba.

Sergio, cada noche, se quedaba mirando el teléfono. Dentro, todo se comprimía en un grito mudo. «Por favor, llama» susurraba.

El móvil guardaba silencio.

Se desplomó en la cama mucho después de la medianoche, sin haber visto el milagro. Se hundía en un sueño intranquilo, y le pareció oír de nuevo ese timbre.

Abrió los ojos de golpe. No estaba soñando. El teléfono sonaba de verdad, ese mismo timbre persistente y vivo. Agarró el auricular.

¿Aló? su voz temblaba.

Hola se oyó la voz que había quedado en el olvido. ¿Me llamaste?

Sergio cerró los ojos. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, la primera en semanas: amarga, cansada, pero liberadora.

Sí exhaló. Creo que sí.

Hubo una pausa, distinta a la anterior: ya no era pesada, llena de reproches. Era viva, tensa como una cuerda, pero sin guerra. Sergio escuchó su respiración tranquila y el latido de su propio corazón, fuerte y desordenado.

Yo tartamudeó, buscando palabras que no fueran excusas ni nuevas puñaladas. Solo la verdad. Esperé. Cada noche.

Lo sabía respondió Alba, su voz firme pero sin orgullo. Yo también estaba mal. Pero decidí que ya no podía ser yo quien marcara primero. Tenía que ser tu decisión.

Se imaginó a ella, tal vez también con el móvil en la mano, luchando contra la urgencia de marcar su número. Esa imagen le pareció increíblemente conmovedora.

Perdóname exhaló Sergio. Esa fue la palabra más dura de pronunciar, quemándole la garganta como una brasa, pero era necesario decirla por haberme comportado como un cerdo.

Aceptado en su voz se escuchó una sonrisa ligera, perdonadora. Aunque sí, estuvo bastante brusco. Casi rompo la tetera de la frustración.

Rió sin querer, brevemente, aliviado. Ese detalle cotidiano, tan vivo y absurdo, lo devolvió a la realidad.

¿Estás bien? preguntó, ya más serio.

Sí. Ahora lo cuidaré como el ojo de la cara.

Se quedó otro silencio. Pero ahora era mutuo, compartido. Escuchaban el uno al otro.

Sergio su voz tomó tono serio. ¿Qué pasa? Dime la verdad.

Antes, esa pregunta habría encendido su ira. Ahora sólo sintió una extraña debilidad, un deseo de desahogarse finalmente.

Todo. Y nada dijo, deslizándose al suelo y apoyándose contra el sofá. Un trabajo que se volvió un infierno. Deudas que crecen como una bola de nieve. Siento que corro al borde del abismo y voy a caer. Un vacío total, como si me hubiera quemado por dentro. No quiero nada. Nadie.

Habló largo y sin parar, entrecortado, como un médico que dicta diagnóstico. Por primera vez en meses, alguien lo escuchaba. Sin interrupciones, sin consejos. Sin frases como «date prisa» o «todo mejorará». Sólo escuchaba.

Cuando acabó, el único sonido en la línea era su respiración.

Gracias dijo Alba al fin. ¿Qué me decías?

¿Ahora entiendes por qué estaba fuera de mí? replicó él, con una amarga sonrisa.

Lo entiendo. Pero eso no excusa la grosería su voz volvió firme. Al menos ahora sé con qué me estoy enfrentando. Eso es mejor que adivinar.

¿Y qué harás con eso? preguntó él, intrigado.

Primero dijo ella decidida, vas a la cocina y pones la tetera a calentar. Mientras hierve, abre la ventana, aunque sea cinco minutos. Aire fresco le hace falta al cerebro, y a ti parece que te falta mucho.

Sergio se levantó obediente del suelo.

Voy informó.

Bien. Mientras lo haces, estaré al otro lado del cable. Después después resolveremos lo del trabajo, las deudas, ese abismo tuyo.

En su voz no había lástima ni dulzura infantil; había seguridad, firme como una roca. Y en esa seguridad encontró la fuerza que tanto le había faltado.

Caminó a la cocina, sujetando el móvil contra la oreja. Cumplió las indicaciones: la tetera empezó a silbar, forzó la ventana atascada y dejó entrar un aire frío, con aroma a lluvia y asfalto. Dio los primeros pequeños pasos hacia la vida.

Comprendió entonces que era solo el comienzo de una larga y dura conversación. Quizá incluso de un encuentro. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo en su fortaleza derruida. Alguien le tendía la mano desde fuera. Y él, por fin, estaba listo para aceptarla.

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El hombre necesita a otro hombre
Lived for Him: What a Waste