Me llamo Víctor, tengo treinta y siete otoños. Aun con todo lo que había conseguido un despacho con vista a la Gran Vía, un sueldo de veinte mil euros al mes sentía que faltaba una pieza: la familia. Desde que mi padre falleció hace seis años, compartía un apartamento de dos habitaciones con mi madre, Doña Carmen, en el corazón de Madrid. No quería romperle el corazón a mi madre, así que terminé mis estudios con una buena especialidad, conseguí un trabajo estable y cumplí sus expectativas. Ella esperaba con impaciencia el día en que le anunciara que había encontrado a la mitad que me faltaba, para poder hacerse la nana de mis futuros nietos.
Un día, en una feria de libros del Retiro, conocí a Angélica, una joven que había venido del pueblo de Cuenca y que aún estudiaba arquitectura. Su familia no tenía riquezas, pero eso no importaba. Mi madre, sin embargo, fruncía el ceño y decía que Angélica no era adecuada para mí. Decidí seguir el latido de mi corazón y comencé a salir con ella. Meses después la llevé a casa y le confesé que viviríamos juntos y que estaba esperando mi hijo. Doña Carmen sospechó que Angélica había decidido quedarse en la ciudad con algún truco.
A pesar de la desaprobación materna, Angélica se mudó con nosotros; mi madre la recibió a regañadientes, como quien abre una ventana en medio de una tormenta. Con el tiempo, la mujer aprendió a preparar paellas que perfumaban el salón y la casa se volvió más cálida, aunque mi madre todavía buscaba alguna grieta para sembrar discordia.
Entonces nació una niña a la que llamamos Cayetana. Doña Carmen, con los ojos como faroles, solicitó una prueba de paternidad. Aceptamos, aunque nunca dudé que Cayetana era mi hija. El análisis confirmó que yo era el padre, pero mi madre siguió rehusándose a aceptar a Angélica en la familia y, como una sombra persistente, me pidió que la dejara y que me quedara solo con mi hija.
Encolerizado, abandoné el nido de mi madre, tomando a Angélica y a Cayetana bajo el brazo, como si escapáramos de un cuadro que se deshacía en colores. Desde entonces apenas hablo con Doña Carmen; la veo como una figura egoísta que no supo abrazar a Angélica como parte de nuestro hogar. Lamento que no haya podido aceptar a la mujer que elegí, pero no pienso reconciliarme con su actitud. El recuerdo de esas paredes que cantaban y del techo que se fundía en nubes me acompaña, como un sueño que no quiere terminar.







