Mikaíl se apresuraba en sus asuntos cuando una anciana mendiga se le acercó, y se quedó atónito al ver los pendientes en sus orejas.

Miguel corría entre los papeles de la oficina, cuando una anciana mendiga se acercó y, al verla, se quedó paralizado al descubrir los pendientes que colgaban de sus orejas.

Miguel ya llegaba con retraso a una reunión crucial. Aun poseyendo varios millones, era puntual y responsable; siempre había honrado sus compromisos y quería ser ejemplo para sus empleados. Pero aquel día todo se torció: su lujoso coche se apagó inesperadamente en medio de la carretera nevada y, como si fuera una mala jugada del destino, el móvil se quedó sin batería. Salió del vehículo, buscó a tientas un café o cualquier sitio donde cargar el teléfono. La situación era incómoda, incluso para un hombre adinerado.

A su alrededor reinaba una ventisca; la calle estaba desierta. No se veía ni una cafetería, sólo una vieja tienda de ultramarinos con un letrero que parecía sacado del siglo pasado. Miguel suspiró desanimado, encogió el cuello de su abrigo caro pero poco cálido y empezó a caminar despacio por la carretera, intentando resguardarse del frío. Rara vez llevaba ropa abrigada, pues la mayor parte del tiempo la pasaba en el confort de su coche.

De pronto, entre la nieve, apareció una anciana. Al principio Miguel no la notó, hasta que ella se acercó. La anciana examinaba con atención la pantalla de su pequeño teléfono, un modelo que parecía de los años noventa. A pesar de su impaciencia y fastidio, Miguel decidió dirigirse a ella:

Señora, ¿me podría ayudar? ¿Tal vez pueda llamar un taxi con su móvil? Mi coche se ha quedado sin vida y mi teléfono está muerto preguntó Miguel, con una ligera vacilación.

La anciana lo miró detenidamente. Miguel ya imaginaba que ella lo rechazaría o que sospecharía de algún fraude. Pero, inesperadamente, sonrió, sacó su móvil y se lo ofreció. Miguel tomó el aparato con alivio y marcó de inmediato el número del chofer que a veces reemplazaba a su propio conductor. Tras una breve conversación, devolvió el teléfono y, a modo de agradecimiento, le entregó varias notas de cien euros.

Gracias, señora. Esto es para su comida dijo, agradecido.

La anciana, agradecida, guardó el móvil y el dinero en su bolsita. De pronto, una ráfaga de viento arrancó la pañolera de su cabeza. Miguel la atrapó, pero al girarla notó unos pendientes extraños en sus orejas. Eran grandes piedras verdes, enmarcadas por delicadas alas de plata. Miguel se quedó helado. Aquellos pendientes le resultaban familiares, aunque no lograba ubicar el origen.

En ese instante, un coche se detuvo a su lado. De él salió Carlos, su chófer, que sin perder tiempo hizo entrar a su jefe en el cálido habitáculo.

¿Qué haces ahí parado con el frío? ¡Te vas a resfriar! gruñó Carlos, mientras se sentaba al volante.

Miguel dio la dirección de la reunión, pero seguía perdido en sus pensamientos. Los pendientes no salían de su cabeza. Intentó recordar dónde había visto una joya semejante. Mientras avanzaban hacia la oficina, su mente vagaba entre recuerdos difusos, sin lograr concretar nada. El trabajo lo absorbió rápidamente: una montaña de asuntos urgentes exigía su atención.

Agotado, llegó a casa al anochecer. Esa noche tuvo un sueño inquietante. Vio a su bisabuela la única que recordaba de viejas fotografías familiares sonriendo y mirándolo. Lo sorprendente era que llevaba los mismos pendientes verdes con alas en sus orejas. La anciana le susurró que aquella joya era una reliquia familiar, perdida antes de la guerra.

Miguel despertó empapado en sudor, sin entender del todo dónde estaba ni qué había sucedido. El sueño sobre los pendientes, que lo había perseguido unos días, casi se desvanecía. Sin embargo, una semana después volvió a soñarlo, dejándole una sensación de ansiedad y una presión inexplicable. No sabía por qué aquel sueño le parecía tan real ni por qué no podía librarse de él.

Al principio intentó ignorar la inquietud, culpándola al cansancio y al exceso de presión laboral. Pero los pensamientos sobre los pendientes se volvieron cada vez más insistentes. Decidió buscar respuestas. Revisó viejos álbumes familiares, con la esperanza de encontrar alguna pista. Al principio parecía inútil; entre los archivos no hallaba nada que explicara sus sueños. Finalmente, encontró una fotografía antigua en blanco y negro.

En la foto aparecía una joven de cabellos largos, recogidos detrás de las orejas. Al acercarse, Miguel quedó paralizado: la joven lucía los mismos pendientes verdes con alas que lo acosaban en sueños. Era su bisabuela, Angélica, rara vez mencionada en la familia. La foto, tomada antes de la guerra, mostraba que los pendientes eran su amuleto favorito. Un escalofrío recorrió a Miguel. ¿Cómo habían llegado esos pendientes a la anciana de la calle? ¿Era sólo una coincidencia extraordinaria?

Al día siguiente, Miguel volvió al mismo bulevar donde semanas atrás se encontró con la anciana. Esta vez, no dejó nada al azar. Condujo su coche por la zona, observando minuciosamente a los peatones. Al atardecer, la suerte le sonrió: la tormenta volvió a revelar a la misma anciana.

Miguel salió del coche a toda prisa y se acercó a ella. La saludó, agradecido de que lo reconociera. Ella le devolvió la sonrisa y escuchó con atención la historia de sus sueños y del hallazgo de los pendientes. Tras un momento de silencio, se quitó los pendientes y se los entregó.

No tiene idea de lo que soñé anoche murmuró la anciana. Apareció mi madre fallecida junto a su mejor amiga. Me dijeron que esos pendientes deben entregarse a la joven que los busque. Son tuyos.

Miguel quedó helado, sin poder creer lo que sus oídos escuchaban. Todo lo ocurrido parecía una historia surrealista.

La anciana sonrió tranquilamente y siguió su camino. Miguel, sin embargo, quiso recompensarla. En pocos días le compró un apartamento en el centro de Madrid, asegurándole una vida cómoda para los años venideros.

Los pendientes se convirtieron en el talismán de Miguel. Desde su aparición, su vida comenzó a girar en una nueva dirección. Finalmente encontró a su media naranja. Las joyas pasaron a ser símbolo de su buena fortuna: se los regaló a su esposa, y juntos criaron a dos gemelas, Almudena y Begoña. Sus nombres no fueron elegidos al azar: honraban a las mujeres que, a lo largo de décadas, habían vuelto a aparecer gracias a aquel misterioso adorno.

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Mikaíl se apresuraba en sus asuntos cuando una anciana mendiga se le acercó, y se quedó atónito al ver los pendientes en sus orejas.
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