Antonio García vuelve a casa por la noche y me encuentra a María Fernández en el comedor preparando la cena. Le agarro la mano, le pido que se siente conmigo un momento porque tengo que decirle algo importante: «Quiero pedir el divorcio». Ella se queda callada unos segundos y después me pregunta el motivo. No sé qué contestarle y el silencio la hace perder la cabeza: no llegan a cenar, empieza a gritar sin sentido, se calla y vuelve a gritar… Luego llora durante toda la noche. La entiendo, pero no puedo ofrecerle consuelo; ya no la amo y he empezado a sentir algo por otra mujer.
Con culpa le entrego un contrato para que firme, en el que le dejo el piso y el coche, pero ella lo rompe en pedazos y lo arroja por la ventana, y vuelve a llorar. Yo no siento nada más que remordimiento; la mujer con la que he compartido diez años se vuelve totalmente ajena para mí.
Me duele el tiempo que hemos vivido juntos y quiero deshacerme pronto de estos lazos para lanzarme a mi nuevo amor. A la mañana siguiente, sobre la mesita de noche, encuentro una carta con las condiciones del divorcio: María me pide que posponga la demanda un mes y que, durante ese tiempo, sigamos representando a una familia feliz. La razón son los exámenes que se avecinan para nuestro hijo Luis. Además el día de nuestra boda yo la llevé a casa en brazos, y ahora ella me solicita que, durante ese mes, cada mañana la lleve en brazos desde el dormitorio.
Desde que apareció la otra mujer, casi no hemos tenido contacto físico: desayunamos juntos, cenamos juntos y dormimos en extremos opuestos de la cama. Por eso, al levantarla en brazos por primera vez después de tanto tiempo, siento una extraña confusión interior. Los aplausos de Luis me devuelven a la realidad; el rostro de María muestra una sonrisa feliz, pero a mí… me duele algo inexplicable. Desde el dormitorio hasta el comedor hay diez metros, y mientras la llevo, ella cierra los ojos y me susurra al oído, casi sin voz: «No le cuentes a Luis nada del divorcio hasta la fecha acordada».
Al segundo día me resulta más fácil interpretar el papel de marido enamorado. María apoya su cabeza en mi hombro y me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado sin que apreciara esas pequeñas cosas que antes amaba, ya no son como hace diez años… En el cuarto día, al levantarla, pienso involuntariamente en los diez años que ella me ha regalado… En el quinto día, siento una punzada de vulnerabilidad al sentir su pequeño cuerpo aferrado a mi pecho. Cada día me resulta más sencillo llevarla del dormitorio al comedor.
Una mañana la descubro frente al armario sin saber qué ropa ponerse; se da cuenta de que, con el paso del tiempo, su ropa le queda enorme. Por fin noto lo delgada y cansada que está. Esa razón explica por qué mi carga se aligera día a día… Mi comprensión llega como un golpe al plexo solar. Sin pensar, paso la mano por su pelo. María llama a Luis y nos abraza los dos. Las lágrimas se acumulan en mi garganta, pero me doy la vuelta porque no quiero cambiar mi decisión. La vuelvo a levantar y la llevo fuera del dormitorio. Ella me rodea el cuello y yo la aprieto contra mi pecho, tal como el primer día de nuestra boda.
En los últimos días del plazo acordado, mi interior está convulsionado. Algo ha cambiado, se ha volteado, y no sé cómo describirlo… Voy a ver a la otra mujer y le digo que no voy a divorciarme de María. De camino a casa pienso que la rutina y la monotonía del matrimonio no aparecen porque el amor haya desaparecido, sino porque la gente olvida el valor que cada uno tiene para el otro. Cambio de ruta, paso por una floristería y compro un ramo con una tarjeta que dice: «Te llevaré en brazos hasta el último día de tu vida». Con el corazón acelerado, entro por la puerta. Recorro todo el piso y encuentro a María en el dormitorio. Está muerta. Durante los últimos meses, mientras yo, cegado por mi amor por la otra mujer, flotaba en una nube, ella luchaba en silencio contra una grave enfermedad. Sabiendo que le quedaba poco tiempo, hizo su último esfuerzo por proteger a Luis del estrés y preservar en sus ojos la imagen de un buen padre y un marido cariñoso.







