Miguel corría despacio por la nieve de la Sierra de Guadarrama cuando una anciana mendiga se le acercó y, de pronto, sus orejas brillaron con unos pendientes que le dejaron helado.
Miguel ya llegaba tarde a una reunión crucial en la oficina del centro de Madrid. A pesar de que su patrimonio rondaba los dos millones de euros, nunca se le escapaba la puntualidad ni la responsabilidad; siempre había considerado sagrado cumplir sus promesas y dar buen ejemplo a sus empleados. Pero aquel día el destino se empeñó en trastornar su rutina: su coche deportivo se apagó repentinamente en medio de la carretera cubierta de nieve y, como una mala jugada del azar, el móvil se quedó sin batería. Salió del vehículo y, con la garganta helada, buscó a tientas cualquier cafetería o punto de carga. La situación era digna de una novela de García Márquez, pero él solo era un magnate atrapado en un escenario de hielo.
A su alrededor sólo se extendía la ventisca, y la única señal de vida era una vieja tienda de ultramarinos con un letrero de madera que recordaba los años veinte. Miguel suspiró, se ajustó el cuello del abrigo de cashmere que, aunque caro, le dejaba temblar, y empezó a caminar despacio por la carretera, intentando generar calor con el cuerpo. Rara vez vestía ropa gruesa, pues la mayor parte del tiempo la pasaba dentro del cómodo habitáculo de su coche.
De pronto, entre la niebla, la figura de una anciana apareció como sacada de un cuento. Al principio Miguel no la vio, hasta que se acercó un paso más. La mujer revisaba con atención la pantalla diminuta de un móvil que parecía haber sobrevivido a los años noventa. Aun con la irritación acumulada, Miguel decidió interpelarla:
Disculpe, señora, ¿podría ayudarme? Necesito que desde su móvil llame a un taxi, mi coche está muerto y mi móvil no tiene carga preguntó, con la voz temblorosa.
La anciana lo miró con ojos penetrantes. Miguel ya se imaginaba una negativa o una sospecha de estafa, pero la mujer, al contrario, sonrió y le extendió el móvil. Él tomó el auricular y marcó al conductor que a veces cubría sus desplazamientos. Tras una breve conversación, devolvió el aparato y le entregó a la anciana varios billetes de cien euros como agradecimiento.
Muchas gracias, señora. Esto es para su comida dijo, mientras ella metía el móvil y el dinero en su bolso de cuero gastado. Un fuerte viento arrancó la pañuelo que llevaba en la cabeza; Miguel lo agarró, pero al volver la vista a la anciana quedó atrapado por sus pendientes. Eran grandes piedras verdes enmarcadas por delicadas alas de plata. Miguel se quedó inmóvil; los pendientes le resultaban familiares, aunque no lograba ubicar su origen.
En ese instante, un coche se detuvo a un lado. De él saltó su chófer, Juan, que lo invitó a subir al vehículo cálido.
¿Qué haces ahí congelado? Te vas a encoger gruñó mientras ponía en marcha.
Miguel indicó la dirección de la reunión, pero su mente seguía atrapada en los pendientes. Mientras el coche cruzaba la autopista hacia la capital, intentó recordar dónde había visto esa joya, pero el recuerdo se desvanecía como vapor. Al llegar a la oficina, la avalancha de papeles y llamadas lo sumergió en la rutina.
Cansado, volvió a su casa al anochecer. Esa noche soñó con su bisabuela, la figura que solo conocía en fotografías amarillentas y viejas historias familiares. En el sueño ella sonreía, y en sus orejas relucían los mismos pendientes verdes con alas plateadas. La anciana le explicó que aquella pieza era una reliquia de la familia, perdida antes de la Guerra Civil.
Despertó sudoroso, sin comprender bien dónde estaba ni qué había ocurrido. El extraño sueño sobre los pendientes se había desvanecido, pero una semana después volvió a visitar su mente, dejando una sensación de inquietud. Se preguntaba por qué aquel sueño parecía tan real y por qué no lograba sacarse la imagen de la joya de la cabeza.
Al principio intentó ignorar la obsesión, culpando al cansancio y al exceso de trabajo. Pero los pensamientos sobre los pendientes se volvieron cada vez más insistentes, y decidió buscar respuestas. Recorrió los álbumes familiares con la esperanza de hallar alguna pista. Al principio todo parecía inútil; los archivos estaban vacíos de indicios. Finalmente, sin querer, descubrió una foto en blanco y negro.
En la imagen se veía a una joven de cabellos largos recogidos detrás de las orejas. Miguel fijó la mirada y quedó paralizado: en las orejas de la mujer brillaban los mismos pendientes verdes. La joven era su bisabuela, Doña Angelines, rara vez mencionada en las reuniones familiares. La foto había sido tomada antes de la Guerra, y los pendientes eran su tesoro favorito. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Miguel. ¿Cómo habían llegado a la anciana que había encontrado en la nieve? ¿Era solo una coincidencia absurda?
Al día siguiente, Miguel volvió a la misma calle donde había hallado a la anciana semanas atrás. Esta vez no dejó nada al azar. Pasó la mayor parte del día conduciendo por la zona, observando a los transeúntes con detenimiento. Al caer la tarde, la ventisca volvió a revelar a la misma mujer de la cara arrugada.
Miguel salió del coche y se acercó rápidamente. La anciana lo reconoció y le devolvió la sonrisa. Le contó, con voz suave, la historia de sus sueños: la noche anterior había soñado con su madre fallecida y su mejor amiga, quienes le habían pedido que entregara los pendientes a un joven que los buscara.
No tienes idea del sueño que tuve antes murmuró la anciana . Me llegó mi madre y su amiga, y me dijeron que estos pendientes deben ir a quien los pregunte. Son tuyos.
Miguel quedó paralizado de asombro. No podía creer lo que sus oídos le decían. Todo parecía una narración sacada de la imaginación más delirante.
La anciana sonrió tranquilamente y siguió su camino. Miguel, agradecido, decidió recompensarla. En pocos días le compró un piso en el centro de Madrid, asegurándole una vida digna durante muchos años.
Los pendientes se convirtieron en el amuleto de Miguel. Desde que los recibió, su vida tomó un giro inesperado. Finalmente conoció a su compañera de vida, y, como si la joya fuera una bendición, decidió entregar los pendientes a su amada. Juntos criaron gemelas, a quienes llamaron Begoña y Marisol, nombres elegidos en honor a las mujeres que, a través de la misteriosa joya, habían dejado su huella en la historia familiar.







