El termo era viejo, de origen chino, con la bombilla de vidrio empañada y la superficie astillada por los lavados constantes. Lo había conservado desde los veranos en la casa de campo, cuando bajo el ardiente sol de agosto y el perfume del azúcar de la mermelada, toda la infancia del pueblo se reunía en la veranda a saborear los bizcochos de cereza de la madre. ¿Por qué un termo y no una cafetera? La madre aseguraba que el té se mantenía más caliente y que el calor duraba más tiempo. A los niños eso no les importaba; venían por los pastelitos.
Lidia giró con delicadeza la tapa de hojalata abollada, siguiendo los surcos de la rosca gastada, y llenó la taza hasta el borde con un leve mancha azul donde antes había un azul celeste. La taza, compañera del termo, y la cucharilla de níquel, arañada por el clavo con que la pequeña Lidia intentaba raspar la mugre, eran los puentes que la conectaban con su pasado. Desde la aldea de Arrieta, a cinco mil leguas, el recuerdo de la infancia parecía retroceder un siglo
Lidia empujó al pecho una caja de sobres recién entregados por el guardia de turno y empezó a rebuscar entre ellos hasta hallar el indicado. La letra conocida anunciaba: A Andrés Vázquez, (personal). Pero personal no era posible: primero el inspector de corresponsales, la señora Beltrán, debía revisar el contenido, y solo después el sobre llegaba a manos del destinatario. Lidia trabajaba como censora de cartas de la prisión.
Ese extraño oficio la había alcanzado con su tardío matrimonio. Su esposo, Nicolás Beltrán, director del penal, era un hombre serio y metódico, que no sabía cómo ocupar a su esposa, consumida por la nostalgia del hogar. En el pequeño pueblo, aparte del penal, sólo había una clínica rural y la oficina de correos. La escuela había cerrado; los hijos de los funcionarios se trasladaban al centro del municipio en bus. A Lidia le ofrecieron un puesto de maestra de castellano y un coche oficial, pero el temblor de los caminos le impedía aceptar. No tenían hijos. Tras medio año sin empleo, aceptó revisar composiciones, no escolares, sino penales. Al principio corregía por inercia, pero pronto aprendió a pasar de los errores. Leer cartas ajenas le resultaba incómodo, como observar a través de una rendija, pero la rutina le apagó la culpa. En los escritos de Beltrán buscaba temas prohibidos, códigos crípticos, planes delictivos y, a veces, vulgaridades que la propia legislación había prohibido, aunque la literatura las aceptara. Algunas partes tachaba, otras mostraba al psicólogo penitenciario, y lo sospechoso enviaba a la unidad de inteligencia. El trabajo se había convertido en una distracción de los pensamientos insistentes. Pero un día, una carta inusual llegó a sus manos.
***
Aquel amanecer, tras una discusión con su marido por el café derramado, borró el charco del quemador, llenó de nuevo el termo y, renunciando al coche, caminó hasta la cárcel.
El noviembre gris, sin nieve, arrastraba sobre la tierra helada hojas secas que crujían al viento. Al otro lado del ferrocarril, el bosque sin nieve parecía endurecido. Todo allí estaba congelado. Lidia sabía que, vista la ropa, el frío siempre ganaba. Por eso llevaba el termo.
Tras un asentimiento al guardia, Beltrán cruzó el control, subió la escalera resonante hasta el segundo piso, abrió con la llave el despacho enfriado de la noche y, tras el primer sorbo de té, se sumergió en su rutina. En una carta, la esposa de un interno llamado Teleche recriminaba a su marido por el dinero oculto. En otra, una hija denunciaba la avaricia del padrastro. En una tercera, una novia a distancia suplicaba a su conejito que esperara unos meses, sin saber que él ya tenía dos novias en otras ciudades. Los escritos de la prisión incluían inventarios de objetos enviados, sermones de familiares enfermos, demandas de divorcio, anuncios de embarazo, amenazas y promesas, planes de una nueva vida tras la libertad.
Lidia, tras vaciar la taza, abrió con la precisión de un cuchillo afilado otro sobre:
«Querido Andrés! Hijo mío! Te quiero y estoy orgullosa de ti escribió una madre desconocida. Sabes, has actuado como todo buen hombre. Tu padre habría hecho lo mismo. Todos estamos en manos del destino tu fuerza resultó fatal para el villano. Si hubieras pasado de largo, quizá aquella chica que defendiste habría muerto. Rezo por ti y pido a Dios que perdone tu pecado involuntario. Y tú reza, hijo».
Lidia se recostó en el respaldo de la silla; nunca había visto cartas así. La dirección era Arrieta, no lejos de su aldea. Continuó la lectura, pero de modo distinto al resto.
«Hijo, encontré tu cuaderno y estoy transcribiendo los primeros capítulos al ordenador. No me va rápido la vista me falla, las manos se torcen. Confundo los botones. Pero me adaptaré. Puedes enviarme los manuscritos por carta; está permitido. Yo los copiaré poco a poco. No te detengas, escribe. Este año pasará, la vida seguirá».
Lidia dejó la carta sobre la mesa. ¿Quién puede perdonar todos los pecados sin excepción, incluso los mortales? Sólo una madre que ama y Dios. Ella, ahora, ya no tenía a quien perdonar su madre había fallecido hacía tres años. Y ella misma no tenía a quién perdonar
Secó los ojos y marcó el número del psicólogo de la prisión.
Doctor Fabián, ¿tiene algo del interno Vázquez del tercer bloque?
Un momento, reviso se oía el clic del teclado. No, sólo la entrevista inicial. Andrés Vázquez, nacido en 1970, artículo 109, condenado a un año. Llegó hace dos semanas. ¿Algo raro en las cartas? la voz mostraba inquietud.
No, nada, solo titubeó Lidia, sin saber explicar su curiosidad. Hable más con Teleche, que dejó a su esposa sin dinero.
Entendido, Lidia.
Desde aquel día, esperó cartas. Pero los sobres volaban en una sola dirección. La madre de Vázquez relataba a su hijo a Sonia, su hija adulta, saludos de conocidos, pequeñas noticias de ancianos y, siempre al final: «Te espero, hijo. Rezo por ti». Esa frase la hacía llorar a Lidia, aun cuando la atribuía al cansancio.
***
Los últimos días de noviembre se alargaban sin nieve. Una noche, mientras cenaban, Lidia preguntó a su marido, medio ebrio por la cena:
Nico, ¿te arriesgarías a entrar a la cárcel por mí?
¿Cómo? dejó el tenedor. ¿Cometería un delito por mi mujer?
No, no. Imagina que alguien te ataca en la calle, ¿me defenderías?
¿A quién le sirvo, anciana? la palmó con condescendencia. ¿Y qué, te asaltan? preguntó serio.
Si tuviéramos una hija y la agredieran
¡Otra vez con lo tuyo! interrumpió. No tenemos hijos, relájate. ¿Qué tal si adoptamos un gato?
¿Qué tiene que ver el gato? se enfadó Lidia. Pregunto otra cosa: si alguien con el artículo 109 es condenado
Tenemos dos internos así. ¿Y qué?
Entonces la nobleza se castiga? ¿Proteger a los débiles puede llevarte a prisión?
Sólo los que su nobleza termina en muerte van a la cárcel dijo, levantando el dedo como quien imparte una lección. ¿Qué te interesa del código penal? ¿Buscas abogados? ¿Faltan instrucciones?
Ya basta replicó Lidia, recogiendo los platos. Pero, imagina que te sacrificas por mí y matas a alguien sin querer.
¡Eres una tonta, Lidia! Ni lo pienses. Ve a preparar el té se tiró al sofá y tomó el control remoto. ¿Qué miras? Usa una tetera de verdad, no ese anticuado termo.
***
A finales del invierno, una escarcha ligera como espuma cubrió el suelo. Sobre la mesa de Lidia reposó la respuesta de la madre de Vázquez. Al abrir el sobre, se cortó el dedo.
«Mamá, saludos escribe el interno. Perdona el largo silencio; no podía ordenar mis ideas. Tienes razón: el año pasa y la vida sigue, ¿pero cómo? Si alguien lee mis palabras, solo tú y yo lo hacemos. Sonia no los leerá. No le pidas que me escriba, le pesa. No te agotes frente al ordenador. Simplemente guarda las cartas, que yo vendré y las revisaré. Te envío dos capítulos, no puedo más; el sobre no cabe más. Aquí no se escribe».
Junto al sobre había una pila de hojas casi transparentes, llenas de pequeñas notas. ¿Debía revisarlas según el protocolo? Lidia vaciló, pero no preguntó y guardó las hojas en el sobre, que volvió a meter en su bolso, temerosa de que alguien notara el retraso.
Así, el interno Vázquez obtuvo su primer lector secreto.
Lidia leía de noche, bajo el rugido de un invierno inclemente, encerrada en la pequeña cocina con una lámpara de tela a cuadros. En la mesa el termo con té le servía de excusa para justificar al marido, siempre enfermo de garganta. Pero la garganta no era lo que dolía: era el alma, agitada por los manuscritos de un desconocido.
El manuscrito de Vázquez la consumía. Describía su vida, el accidente que lo llevó a la cárcel, un personaje llamado Pedro Vázquez Andreu, una sencilla permutación de nombres que reforzaba su autobiografía. El relato atrapaba la respiración, los silencios del autor resonaban en el corazón de Lidia, haciendo latir su sangre en los dedos. Las descripciones de la naturaleza eran tan vivas que parecía caminar junto a él por la vía del tren, al lado del bosque y de las casetas de la línea. Cuando el personaje volvía a su infancia, Lidia recordaba sus veranos de campo, la madre, el té en la veranda y los bizcochos
El estilo era claro, sin errores, y cada línea le recordaba su pasado como profesora. La hoja roja que siempre llevaba en la mano se quedaba suspendida sobre la línea, como un recordatorio de su vida docente. Al cerrar el cuaderno, notó una cicatriz en el dedo medio, señal de su época escolar y luego de su paso por la enseñanza.
«¿Se puede volver al pasado? preguntaba Pedro, meditando entre el barro de la celda y la ventana con rejas. ¡Qué pregunta más tonta! Entonces, ¿vale la pena pensar en ello? ¿Revisar los errores? ¿Culparnos por lo que no podemos cambiar?»
Lidia dejó el papel a un lado y reflexionó con el personaje. «Si nada se puede cambiar, ¿de dónde viene esa melancolía que nos oprime? ¿Por qué conservamos objetos del pasado, aferrándonos a ellos como si fueran la única prueba de que seguimos vivos?»
Miró el termo, la taza manchada y el té frío, y siguió leyendo.
Los capítulos se acumulaban, la primavera se insinuaba con los primeros cristales de hielo que goteaban de los muros de la prisión, y la historia brotaba como un joven manzano. En una de las partes apareció una nueva protagonista:
«Llegó a casa cansada. Se quitó el abrigo en el vestíbulo, metió los pies helados en pantuflas. La casa estaba vacía. Su alma también»
Lidia, ¿estás en casa? llamó Nicolás, rompiendo el silencio.
Sí.
¿Qué te pasa? Últimamente no eres tú la reprendió, masticando un bocadillo de jamón. Bueno, calienta la cena.
Llevo años sin ser yo misma respondió en voz baja, mientras él se marchaba.
El sonido del partido de fútbol se colaba por la ventana.
***
El pensamiento de escapar surgió el 20 de abril, aniversario de la muerte de su madre. Al alba, Lidia fue al centro municipal, primero a la iglesia y después al mercado. La llevaba su chofer personal, Víctor. Al mediodía volvieron al pueblo, pero al pasar por la carretera sonó el móvil: Víctor recordó una orden de Nicolás de recoger un paquete de cartas en la oficina de correos. Lidia sintió que la estaban descubriendo.
Las cartas de Vázquez ahora llegaban dos veces por semana. El relato se acercaba al clímax. Lidia, una noche, dejó una pila de hojas sobre la mesa de la cocina. ¿Qué haría Nicolás al verlas? Pero la verdadera preocupación era más simple. Al cargar las bolsas del súper, un aroma a lirio alcanzó sus sentidos. Una brisa perfumada rozó su mejilla y, al mirar, vio el baño desordenado, las pantuflas al revés y el espejo empañado. Nicolás, recién salido del baño, le dio una sonrisa y, sin decir palabra, le entregó un paquete.
Me han llamado al Sempere, comentó mientras se ajustaba la corbata. Salimos.
Lidia, con la voz entrecortada, respondió:
Mamá tiene cuatro años y se quedó enmudecida.
Nicolás la besó en la mejilla con cariño y se fue.
El día se volvió una sucesión de gestos rutinarios, la cama cubierta con un edredón de seda, los cajones repletos de objetos masculinos, y una horquilla brillante atrapada en un hilo castaño.
Todo aquello estaba allí, como una tumba de matrimonio. Lidia abrió el cajón y encontró una pinza de pelo cubierta de polvo. Se preguntó si había estado viendo los rumores del personal, los miradas furtivas, mientras ella fingía no percibirlos.
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El día de la amnistía, el tablón de la colmena exhibió la lista de liberados. Entre los nombres, apareció Andrés Vázquez. Su pena se redujo a un tercio, y la fecha de salida quedó fijada para el 11 de junio. Lidia sintió que el final estaba a la vuelta de la esquina.
De vuelta a casa, con los nuevos capítulos bajo el brazo, caminó con la luz apagada por los pasillos de su apartamento, habitado durante nueve años. El tenue resplandor hacía que los muebles parecieran parte de una escenografía ajena. Abrió el armario y la ropa, como si fuera un ataúd de telas, se volvió gris bajo la tenue lámpara.
Cerró la puerta y se dirigió a la cocina a preparar la cena. No se marcharía hasta terminar el manuscrito.
El último sobre llegó un día antes de la liberación.
«Mamá, saludos. Anuncian amnistía; en tres días estaré en casa. Esta carta probablemente la lea yo mismo. No hace falta que me recibas» Lidia no terminó de leer. Guardó el sobre con los últimos capítulos.
El tiempo corría. El baúl bajo la cama ya estaba listo, con una maleta, ropa escasa, libros, el termo y la taza. El billete a Arrieta descansaba en su bolso, junto a los documentos y el salario de mayo. Lidia decidió escribir una nota para Nicolás, y dejarle la renuncia dentro de la misma carta; no quería crear más líos.
La noche se volvió interminable. Nicolás no volvió a casa, alegando una misión urgente en Barcelona. El destino de Lidia estaba sellado.
Solo quedaba terminar el manuscrito. Con manos temblorosas, desplegó las hojas, pero estaban en blanco. Sólo había papel puro, doblado al tamaño del sobre. Volvió a leer la carta de la madre de Vázquez, sin encontrar nada relevante. Entre la carta y el papel vacío, una nota surgió:
«¡Hola, lector mío!
Entiendo tu confusión al recibir una página en blanco al final. Pero esas puntos los puedes poner tú mismo. No habrá epílogo. Mañana, un solo día, puede cambiarlo todo. ¿Se puede volver al pasado? No. Pero sí al presente, si vale la pena. Sin cartones, sin frío, sin falsas ilusiones»
Lidia no cerró los ojos en toda la nocheCon el corazón latiendo al compás del último susurro del papel, Lidia tomó la llave de la puerta, salió al amanecer y dejó atrás la cárcel de su pasado, sabiendo que el futuro, aunque incierto, ya no le pertenece a nadie más que a ella.







