El Encantado

Cuando se derrumbó el granero, las vigas se partieron como palitos, y el explosivo de la artillería que había aniquilado a los Martínez dejó a su hijo, Fermín, en mitad del epicentro. Los ancianos del pueblo cuentan que los restos de la familia se recogieron con gran esfuerzo, pero Fermín quedó vivo, con la piel ennegrecida por el hollín y una pequeña cruz en el pecho, símbolo de su salvación. Tenía apenas cinco años cuando la tomó bajo su ala su tía abuela, Doña Cruz.

Diez años más tarde, ya lejos de la guerra, el pueblo de La Mancha sufrió un terrible incendio: un rayo fulminó la torre de la subestación eléctrica y las casas de la calle derecha se incendiaron como churros en aceite. La gente corría despavorida, mientras el ganado y las huertas se consumían en llamas. Los bomberos llegaron a tiempo para sofocar el fuego, pero la mitad de la calle quedó carbonizada. Al acomodar sus mangueras, el jefe se quedó mirando perplejo: ¿Cómo es que todas las casas ardieron menos la de Doña Cruz? ¿Será porque es bajita y el fuego la esquivó? Los vecinos no aceptaron la explicación; esa era la casa de la tía de Fermín, y pronto empezó el rumor de que él estaba hechizado.

Doña Cruz, mujer devota, introdujo al niño en la oración secreta que se rezaba tras los iconos cubiertos por cortinas. Era una plegaria rara, casi un susurro, que a los demás les resultaba incómoda. Ella horneaba roscones para la iglesia del pueblo vecino y llevaba a Fermín con ella. La paga de la parroquia apenas les alcanzaba; vivían con el sueldo y con una codorniz que criaban como mascota.

Fermín fue a la escuela, pero no duró mucho. Era un chico de cabello rubio y una melena en forma de torbellino que, según Doña Cruz, Dios vigila desde arriba. No hacía los deberes, no escuchaba al maestro y, sin embargo, se quedaba quieto en la última mesa, con los ojos muy abiertos, como si disfrutara del espectáculo.

Un día, durante la fiesta del río, un improvisado bote con cinco niños se soltó. Las madres gritaban mientras los hombres intentaban detener la embarcación. Doña Cruz corría también; en el bote estaba Fermín. ¡Ese idiota suelto el bote!, le escupió una madre. Cállate, Teresa, y reza, que Fermín está bajo la protección de Dios, le contestó Doña Cruz. El bote volcó y, al empezar a ahogarse, Fermín vio la figura de su madre, le sonrió y la agarró. Los niños fueron rescatados, pero Doña Cruz murió poco después.

Sin familia, Fermín se quedó en el pueblo. Primero trabajó como pastor y guardia, gastando su salario en dulces y pan para repartir entre los vecinos. Visitaba a los enfermos y ancianos, comprándoles lo que necesitaban y, a veces, dándose a sí mismo. Cuando le preguntaban qué comería, respondía: Que Dios me dé, no pasaré hambre. Y Dios, al parecer, le dio mucho.

Con el tiempo, el pago se volvió parcial; la contable le entregaba alimentos poco a poco, y Fermín seguía repartiendo. Trabajaba con ahínco; cuando se recostaba en el campo, cerraba los ojos al sol y veía nuevamente a su madre, que le decía: No serás ni muerto ni mutilado, serás alegría para la gente.

Al conocer su buen corazón, el señor de la obra de la hacienda local, Don Juan Carlos, lo contrató como peón. Le cargaban los trabajos más duros; Fermín se delgadeó, ennegreció y encorvó. Los demás vecinos se alarmaron, pero Juan Carlos sólo replicaba: Le pagaré después; él quiere trabajar. Entonces Fermín desapareció. Cuando la ancianita Nuria arrastró al jefe de la guardia a la casa de Juan Carlos, hallaron a Fermín muy enfermo; la ambulancia lo llevó al hospital.

Resultó que tenía una peritonitis; lo operaron y lo salvaron milagrosamente. Meses después, Juan Carlos intentó reparar una máquina sin apagarla y quedó atrapado en la cosechadora. Sobrevivió, pero quedó inválido de por vida.

Otro incidente: el borracho del pueblo, Paco, quiso animar a Fermín con una cerveza, diciendo que así lo curaría. Los villanos le advirtieron que no se debía molestar a un hombre tan entregado; el intento fue en vano y Paco, borracho, se ahogó.

Fermín siguió como guardia. En primavera, cuando los cultivos de invierno surgían verdes como un mar, impidió el paso de una delegación del distrito. Se enfadó, agitó su bastón, golpeó un tractor y estalló una discusión. El director del granero, enfadadísimo, exclamó: ¡Basta! Este tonto es un inútil, lo vamos a poner a concurso para guardia. La adjunta, Valentina, protestó: ¡Es un hechizado! Desde que empezó a vigilar los campos, la cosecha ha sido excelente. El director gritó: ¡Despídelo!. Fermín quedó sin trabajo y, esa misma noche, una helada inesperada arruinó los granos.

Los feligreses del pueblo contaron su historia al párroco de la aldea vecina, Padre Antonio. El cura, quien restauraba la iglesia medio demolida, invitó a Fermín a confesarse y, al ver su devoción, lo nombró ayudante. Pronto, quedó a cargo de la limpieza del templo: fregó los muros, pulió la escalera, abrillantó el altar hasta que el propio Padre Antonio no podía contener la alegría; jamás había visto tanta pureza desde la consagración.

Fermín rezaba con tal sinceridad que la gente lo miraba con ojos abiertos, susurrando oraciones mientras sus manos rápidas, como palomas, se movían en los sacramentos. Su fama se extendió: Ese hombre está bajo la protección de Dios, quien castiga a quien le haga daño. Tanto gente pobre como nobles acudían a la iglesia para tocar su mano, y algunos querían que les bautizara.

Los mecenas empezaron a donar; la iglesia se remodeló, se instalaron calefacción y luz, se creó una avenida ajardinada y hasta un aparcamiento. La parroquia ya no se reconocía.

Un día, un equipo de televisión local llegó a grabar. El Padre Antonio, agradecido, habló a cámara. La reportera le pidió al santo Fermín que dijera algo. ¿Santo? No, solo un hombre de Dios que no habla mucho. Pero la periodista insistió, y el equipo lo siguió hasta el jardín donde Fermín cavaba una florera. Le pusieron el micrófono y le preguntaron qué deseaba para la gente.

Fermín, sin perder la sonrisa, señaló la tierra y exclamó: ¡Aquí plantaré lirios; crecerán para alegrar a todos! Y volvió a su tarea, mientras la cámara se apagaba y la reportera parpadeaba perpleja.

Su madre, en la imaginación de Fermín, seguía diciendo: Serás, hijo, alegría para la gente. Y él, con su melena al viento, seguía cumpliendo esa promesa, sembrando esperanza y lirios por donde pasaba.

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