Cuando nadie puede ayudar (relato místico)

¡Mateo, ya basta! la madre, Carmen, golpeó la mesa con los nudillos, el ruido resonó en la pequeña cocina del piso de alquiler, rebotando contra las paredes desnudas. Te dije que no empezaras esa conversación.

Pero, mamá

¡Ni «pero»! se levantó de un salto, casi derramando la taza de café a medio terminar que descansaba al borde del mostrador. Tengo mil problemas que me ahogan. ¿Crees que es fácil empezar la vida de cero? ¿Buscar curro? ¿Pagar el alquiler?

Mateo se encogió, mirando la tortilla a medio comer, decorada con esas flores de plástico baratas que compraron en el mercadillo. La yema se había esparcido como un charco de sol de otoño, triste y apagado, igual que el cielo gris que se asomaba por la ventana mientras lloviznaba. Los bloques de nueve pisos del barrio de Vallecas se desvanecían en la niebla y los peatones apurados parecían fantasmas.

Solo es el cole nuevo

¿El cole nuevo? interrumpió Carmen, arreglándose el pelo frente al espejo torcido que colgaba del frigorífico. ¿Otra vez no sabes relacionarte? ¡Siempre tan tímido! Anímate un poco y todo irá mejor.

Cogió su bolso de cuero gastado, ese tan estrecho que no cabían dos personas sin aplastarse, y se miró rápido en el espejo del pasillo. Era otro de los incómodos detalles del piso al que Mateo no lograba acostumbrarse.

Me toca al trabajo. Y por la noche, no esperes, que salgo con Iñigo.

La puerta se cerró de golpe, dejando a Mateo solo con el desayuno frío y una sensación de inutilidad. En el silencio del apartamento solo se escuchaba el ruido de los coches y, más arriba, el ladrido estridente de Luna, la perra del vecino. Mateo se levantó, se lavó los platos a medias, agarró la mochila. Ir al cole no le apetecía nada.

El nuevo instituto, un edificio de tres plantas de ladrillo rojo de los setentas, era una réplica exacta del anterior: miradas burlonas, susurros a tus espaldas, empujones en los pasillos estrechos donde olía a comida de cantina y a trapos sucios. Aquí, sin embargo, todo era peor: nadie lo conocía y nadie quería conocerlo. Se sentía una pelota de pinchos para los compañeros aburridos.

¡Eh, silencioso! le gritaban ¿Y tú, hijo de mamá?, ¡cuéntanos cómo te abandonó el papá! esas frases le acompañaron todo el día, resonando en las paredes pintadas de verde pálido y en el linóleo gastado bajo sus pies. En la última hora, la suerte le dio la espalda.

En el baño del primer piso, en aquel rincón oscuro donde la bombilla siempre estaba fundida, lo rodearon tres estudiantes de último curso. Uno de ellos, un rubio de gran estatura llamado Julio Tomate, con la cara enrojecida y pecas por la nariz, sonrió:

¿Qué tal, novato, suéltame una moneda.

No tengo murmuró Mateo, intentando escabullirse. El aire olía a lejía y el frío le calaba la espalda.

¿Cómo que no? le agarró del cuello un colega y Julio revisó los bolsillos. ¿Y esto?

Sacó una billete arrugado: diez euros para la compra de la comida después del cole.

Los últimos escupió Mateo, sintiendo que el sudor frío le caía por la espalda.

Ahora míos rió Julio, empujándolo contra la pared. Mateo se golpeó la espalda y volvió a recibir otro puñetazo en el estómago. Se dobló como un acordeón, inhalando polvo y humedad.

Ese día no asistió a clase. Al ver su reflejo en el espejo turbio del baño, donde el grifo goteaba sin cesar, tomó una decisión. Basta. No aguantaría más.

Subir al tejado le tomó menos de un minuto. La puerta de hierro estaba sin llave y se abrió con facilidad. El viento le despeinó el pelo mientras la ciudad rugía abajo: coches, perros ladrando, niños gritando en el parque. Mateo llegó al borde; el parapeto de hormigón era frío y rugoso bajo sus manos.

¡Alto! un grito le hizo temblar.

El guardia, un anciano enclenque con un suéter gris caído, fue sorprendentemente rápido. Lo agarró del abrigo y lo tiró de nuevo. Sus manos, cubiertas de manchas de la edad, resultaron más fuertes de lo que parecían.

Después vinieron los gritos. La directora, una mujer corpulenta con traje impecable, retorcía nerviosa una cadena de perlas. La psicóloga del cole, una joven de ojos amables, hablaba de «terapia obligatoria» y «trabajar la trauma». Carmen, llegando del curro, estaba desaliñada, con ojeras negras bajo los ojos. Sus palabras resonaban aún en los oídos de Mateo:

¿Estás loco? ¿Quieres avergonzarme? ¿Que ya tengo suficientes problemas?

La «rebelión» de Mateo quedó anulada; sus problemas no eran de nadie más. Al día siguiente apenas se arrastró a la escuela. El edificio gris le pesaba como una sentencia. Ahora, además de los apodos habituales, escuchaba «psicópata», «suicida», «idiota». Los insultos rebotaban por los pasillos como ecos sin fin. Nada, Mateo encontrará la forma de acabar con todo, y esta vez nadie le impedirá.

Despreocupado, no notó que alguien se había detenido junto a su pupitre.

¿Puedo sentarme aquí? dijo una voz serena, con un toque de ironía, entre el alboroto de la clase.

Mateo alzó la vista. Un chico alto y delgado, con ojos grisáceos muy claros, llevaba vaqueros desteñidos, una sudadera y zapatillas gastadas.

Hay sitio libre murmuró Mateo, señalando los bancos vacíos.

Sí, pero me gusta esto.

Mateo se encogió de hombros. ¿Qué importa?

Soy Santiago extendió la mano, cálida y seca.

Mateo.

Para Mateo, Santiago se convirtió en su primer amigo de verdad.

¿Sabes cuál es tu problema? dijo Santiago una tarde en el patio del cole, mientras el sol otoñal se filtraba entre los árboles viejos, dibujando figuras en el suelo. Dejas que los demás decidan quién eres.

¿Cómo?

Te llamaron débil, lo aceptaste. Te dijeron que no valías nada, y tú te lo creíste. Ahora decide tú mismo quién eres.

Mateo rascó la tierra húmeda con la punta del zapato:

¿Y quién soy entonces?

Mira sonrió pícaro Santiago, sus ojos brillaban como hilos de plata bajo la luz. No te lo diré, lo tendrás que descubrir. Por cierto, vamos, encontré algo.

Ese «algo» era un pequeño gimnasio en el sótano de un edificio cercano al cole. Un cartel oxidado anunciaba: «Sección de boxeo».

Yo no podré empezó Mateo, mirando a los tipos entrenando.

Pruébalo le interrumpió Santiago.

Y Mateo lo intentó. Al principio fue duro: los músculos dolían, el cuerpo no obedecía. El sudor le cecaba los ojos y el entrenador, un hombre corpulento con canas y una cicatriz sobre la ceja, parecía un tirano. Pero nadie se burlaba de él allí. Poco a poco algo cambió, no solo el cuerpo, sino él mismo.

Santiago también venía al gimnasio, aunque nunca entrenaba; se quedaba en una banca vieja, observando.

Lo importante no es la fuerza del golpe decía mientras caminaban por las calles del barrio al caer la noche, con los faroles reflejándose en los charcos sino la seguridad en uno mismo, el derecho a ser quien eres.

Un día, cuando Julio Tomate volvió a intentar provocarle en el pasillo, Mateo lo miró a los ojos, tranquilo y seguro. El gigante retrocedió, murmurando algo bajo la respiración.

¿Lo ves? sonrió Santiago. Has cambiado.

Esa misma tarde, Mateo se armó de valor y habló con su madre. Carmen estaba en la cocina, cansada tras el turno, con una taza de té tibio en la mano.

Mamá, tenemos que hablar.

¿Otra vez vas a empezar? suspiró ella.

Sí, empiezo. Soy tu hijo, existo, y mis problemas no son caprichos.

Algo en la voz de Mateo la hizo detenerse y mirarlo de verdad.

Has cambiado dijo, como si por primera vez lo viera.

Sí. Y quiero que volvamos a ser familia.

Pasaron la noche hablando, escuchándose por fin. Carmen lloró, con el maquillaje corrido bajo los ojos, confesó sus miedos y lo duro que le resultaba esta nueva vida. Mateo contó su soledad, el acoso, la desesperación que lo llevó al tejado. Entre sorbos de té, encontraron una caja de galletas en el armario y, de repente, la cocina fría y extraña se volvió más cálida.

Al día siguiente, Santiago no apareció en el cole. Su pupitre quedó vacío y, curiosamente, nadie se dio cuenta. Mateo preguntó a los compañeros, a los profesores; todos lo miraban perplejos, como si nunca hubieran visto a ese chico que le ayudaba con álgebra y preparaba la exposición de biología.

En el gimnasio, al volver la noche, tampoco había rastro del alto de ojos claros que iba con él.

Esa tarde, mientras ordenaba su mochila en su habitación, donde ya empezaban a colgar los primeros pósteres y sobre la mesa había una foto del entrenamiento, encontró una hoja doblada. En ella solo estaban dos palabras: «Lo conseguirás». Mateo las miró durante un buen rato y, finalmente, sonrió. Su amigo había tenido razón él lo conseguiría.

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